1. El reformatorio.
Debo admitir que no era la primera vez que hacía algo tan estúpido, de hecho, había hecho cosas mucho más estúpidas a lo largo de mis 17 años de vida, tenía un historial una poco preocupante, había lanzado huevos a la casa de mi exnovio junto con mi mejor amiga Mili, había manejado con los pies el volante del auto de mis papás mientras iba borracha a más de 80 kilómetros por hora, había robado ropa de una tienda…
Lo admitía, tenía un historial criminal, pero no me consideraba una criminal, solo un peligro para la sociedad.
Mis padres estaban tan furiosos que no me fueron a recoger a la estación policial, por lo que tuve que pasar 24 horas sola, evidentemente ni siquiera mi grupo de amigos se asomó, ninguno quería que lo metieran preso por ser cómplices. Después que me soltaron, caminé a mi casa porque no tenía tampoco dinero para el pasaje de autobús.
Sí, mi vida era patética.
Apenas entré a mi casa, lo primero que vi fueron las maletas en la puerta, no cualquier maleta; unas maletas nuevas y grandes, escuché pasos y alcé la vista hacia mis padres, ambos mirándome sin ninguna expresión, ya conocía esa cara, estaban jodidamente enfadados conmigo.
—Fue un accidente… —comencé a decir intentando justificar todo lo que ocurrió a sabiendas de que probablemente iban a echarme de la casa.
—No —dijo mi padre tomando las maletas y me eché un lado cuando salió de la casa casi azotándome con el aire para meter las maletas en el auto.
—¿Van a viajar? —murmuré sin comprender, mi madre también salió de la casa cerrando la puerta a sus espaldas pasándole llave.
—Vas a ir a un reformatorio —soltó mi madre tomándome del brazo para llevarme al auto.
Mierda.
Frené mis pies negando a que me siguiera arrastrando con ella al carro.
—¡No mamá por favor! —dije, las lágrimas falsas de cocodrilo salieron solas de mis ojos escurriéndose por mis mejillas con facilidad— ¡Voy a portarme bien esta vez!
Como siempre mi madre se volteó mirando mi expresión de niña arrepentida, siempre funcionaba para manipularlos, casi pude ver como pareció compadecerse un poco, sin embargo, mi padre se acercó a mi dándome una bofetada que me pinchó la cara.
Joder, eso había dolido.
—¡Ya no hay excusas, Jenny! —dijo mi padre con voz fuerte— tu comportamiento está fuera de control, ¡¿Por qué mierda se te ocurrió pintar un cuadro a las 2 de la madrugada en la escuela?!
Me quedé callada, cuando mi padre se enfadaba era mejor no llevarle la contraria, pero realmente nunca lo había visto tan decidido en llevarme a un reformatorio.
—¿Sabes lo mal que me deja esto como figura pública? —continuó— ¡¿Cómo el maldito alcalde de esta puta ciudad?!
Claro, siendo alcalde le preocupaba muchísimo más su imagen que la mía.
—Lo siento —lo miré bajo mis pestañas dejando que las lágrimas siguieran escurriéndose por mis ojos.
Casi lo vi botar humo por las orejas, agarrándome del brazo y metiéndome a la camioneta para cerrar la puerta, al parecer esta vez no iba a funcionar la manipulación, mi corazón estaba desenfrenado, ahora realmente sabía que estaba en problemas.
El viaje fue un sinfín de reproches, por parte de mi padre quejándose de todo lo mal que había hecho desde que entré a ese instituto de ricachones hacía 2 años, pero realmente no había sido mi decisión, él me había metido ahí desde que ganó las elecciones porque era el mejor instituto de la ciudad, pero fue cuando comencé a meterme en problemas con la ley.
Si al caso íbamos, fue su culpa por cambiarme de instituto cuando yo estaba bastante a gusto en mi instituto antiguo.
—No entiendo tu comportamiento —dijo mi madre negando con la cabeza—, nunca te faltó nada Jenny, te lo dimos todo para que nos pagues así.
—¿Así como? Solo fue… —comencé a intentar justificarme, pero mi padre me interrumpió diciendo:
—Una vergüenza, eres una vergüenza para la familia.
—¿Por eso me van a meter en ese reformatorio? —dije— ¿para deshacerse de mí?
No dijeron nada, pero sabía que era cierto, muchas veces los policías le habían dicho a mi padre que me dejaran unos meses en el reformatorio que parecía ser una cárcel, así aprendería una gran lección, pero evidentemente creí que nunca les harían caso.
Hasta ahora que rodeábamos la zona del reformatorio para mujeres, no quité mi cara de horror al ver que parecía ser toda una cárcel con policías armados, alambrado de púas y todo un sistema parecido a una cárcel real.
«Dios mío, mátame ahora».
Al llegar al sitio sentía que iba a vomitar, mi padre saludaba a todos y como de costumbre la mayoría le lamía los pies mirándolo con adoración, siempre fue una persona imponente sumergida en el mundo de política, casi nunca estuvo en casa, mi madre siempre lo acompañaba pareciendo su mejor accesorio para las fotos luciendo siempre bonita y vistiendo la mejor ropa, después detrás de la ambulancia, estaba yo; siendo la mancha oscura de la familia siempre dando de qué hablar a los medios.
Que patética me sentía.
Mi padre me bajó las maletas y entramos guiados por los policías a la oficina principal, mi papá y mi mamá fueron los primeros en entrar, tomé una profunda respiración, casi sentía que quería salir corriendo, pero los policías nos escoltaban de cerca, así que no tenía opción.
«No puede ser tan malo».
Aún recuerdo ese día claro en mi mente cuando pasé a la oficina principal y mis ojos se cruzaron por primera vez con el hombre que estaba en la esquina de la habitación…
No sabía que, desde ese instante, mi vida cambiaría por completo.