Capítulo 2: Te ofrezco un trato

1743 Palabras
CHRISTIAN Una hora antes… Cruzo el jardín de la mansión Sinclair, esperando encontrarme a alguno de mis hermanos por aquí cerca. Pero no hay ni rastro de ellos. —Media hora de retraso… —refunfuño al mirar mi reloj. ¿Dónde estarán ese par? Como odio la impuntualidad. Si buscan sacarme de quicio, lo están logrando. En eso, escucho un estruendo proveniente del salón principal. Y como ya lo suponía, es mi hermano Nathaniel, que está corriendo de… ¿de quién? Me acerco a él con una sonrisa, siempre es un placer verlo. —Dime por favor que no te metiste en problemas. —Lo abrazo y le doy una palmada en la espalda. —Bueno, tropecé con una mesa y rompí un florero. Las empleadas casi me matan —dice entre risas. Ruedo los ojos, es tan típico de él. —¿Y Dominic dónde está? —pregunta mientras observa los alrededores. Observo el viñedo a lo lejos. Conozco a Dom como la palma de mi mano, no solo porque fue el segundo en llegar después de mí, sino porque, aunque para él no signifique nada, es mi hermano del alma. Entonces, seguramente, está bebiendo vino mientras acaricia un caballo. Con eso en mente, le pido a una empleada, que se acerca corriendo cuando la llamo, que lo busque. —¿Sabes para qué papá nos pidió que viniéramos? —duda Nate. —Ni idea. Supongo que querrá darnos la misma plática de siempre: No deberíamos alejarnos mucho, porque cuando él muera, seremos nosotros los únicos que podremos apoyarnos unos a otros. “Un hermano es para toda la vida” Repetimos al unísono él y yo. Nuestro padre nos lo repite cada vez que puede, tanto que se nos ha quedado grabado. Decidimos subir a su habitación. Pasamos por el gran salón amaderado hasta llegar a las escaleras con barandales hechos en oro. Al llegar al tercer nivel, al fondo de un largo pasillo decorado con los cuadros de la familia, se encuentra la habitación principal. Espero que su estado no haya empeorado porque me dolería perderlo a él también. No sé con qué me voy a encontrar al abrir la puerta. Pero siento que no estoy preparado. Tomo aire y abro la puerta. Dejo que Nathaniel entre primero y su cara me lo dice todo. Mi padre, está postrado en la cama, en el medio de almohadas y edredones acolchados. Se ve tan pequeño comparado al hombre imponente que nos crió toda su vida. Sabía que su situación era delicada, pero no pensaba que fuera a tal punto. Nate se acerca devastado y se arrodilla a su lado. —Papá… —su voz se rompe. Incluso parece que va a llorar. La escena me devasta por completo. —Hijos míos… ¿Cómo va su día? —esboza una débil sonrisa. Un melancólico recuerdo me inunda: Cuando éramos niños, siempre que llegábamos de la escuela, iniciaba la conversación de esa manera. Nos hacía contarle todo lo que hicimos en el día, hasta que terminábamos peleando por quién había sido el mejor en clase. ¿Cómo es la vida de traicionera? Un día lo dice en plena luz de nuestra juventud, cuando creíamos que nuestros padres eran inmortales; y al otro, cuando ya suena a despedida. La muerte siempre ha estado acechado tras nosotros, esperando pacientemente el tiempo perfecto para llevarnos. Ya lo hizo un tiempo atrás, y ahora, mi padre también se irá con ella. Me he perdido en mis lamentos, tanto así, que no escuché la conversación entre mi hermano y mi padre. También ignoré el hecho de que Dominic ha llegado. ¿Cuánto tiempo lleva en el umbral? —Hermano —hablo en un intento de saludo. —Christian —lo devuelve en su habitual tono cortante. Ambos caminamos hacia la cama. Nataniel se pone de pie mientras le doy unas palmadas de aliento en la espalda. El corazón también se me apachurra, pero es mi deber como hermano mayor, mantenerme fuerte ante estas circunstancias. —Que ironía, ¿no? —empieza mi padre. Respirando pesadamente, conectado a la máquina de oxígeno—. Tuve que estar en mi lecho de muerte para reunirlos a los tres y que dejen sus diferencias a un lado. Al menos por un día. Todos nos vemos de reojo. Dominic, por supuesto, me lanza una mirada de desprecio. Nathaniel, por su lado, nos mira con pesar. Y yo… Bueno, hago lo que puedo para mantenerme neutral. —Ya que parece que un gato les comió la lengua, iré al grano. Los he citado aquí porque estoy muriendo —suelta sin ningún tapujo. Abro los ojos al mismo tiempo que mis hermanos. Ninguno dice ni una palabra. Hasta parece que el ambiente se ha vuelto pesado y un silencio sepulcral se instala entre nosotros. —No se hagan los sorprendido por favor. Ya sabíamos que iba a pasar, y estoy preparado. —hace una pausa para toser—. El problema ahora es lo que haré con mis bienes. —¿A qué te refieres? —pregunto, confundido. —Es obvio. Va a repartir la herencia —responde Dominic en su lugar. Nate lo mira con estupefacción. ¿Por qué siempre tiene que ser tan frío? Ni siquiera piensa en que sus palabras hieren más de lo que parece. Nunca he entendido el problema que tiene con papá, pero desde que sucedió la mayor tragedia en nuestra familia, Dominic cambió por completo. Se encerró en él mismo y cerró todas las puertas. Incluso diría, que es aún más cerrado que yo. Y eso es decir mucho. —Así es —asegura el hombre pálido y arrugado que nos estudia desde su cama—. Pero no será tan fácil. Tengo una condición. Oh no, acá va nuevamente con sus juegos. Dominic gruñe con exasperación y Nate se tensa a mi lado. En cambio, yo ya me lo esperaba. —Saben que, para mí, lo más importante siempre ha sido la familia. Así que, el primero que logre traerme una esposa, se quedará con Sinclair Enterprise; la compañía principal de la familia. Para los otros dos, quedarán las otras dos entidades sobrantes. Son más pequeñas, pero de todas formas están capacitados para manejarlas. —¿¡Qué!? —elevo la voz. —Estupendo… —rezonga Dominic. —¿Por qué debemos casarnos para obtener la empresa, padre? ¿Qué tiene que ver una esposa con dirigir una corporación? —protesta Nate. Estoy de acuerdo. ¿Qué importa una esposa? Como si la necesitara. Nunca he requerido una mujer para nada, y ahora la necesito para quedarme al frente de la compañía. ¡Menuda suerte la mía! —Parece que no son mis hijos —lanza un manotazo al aire, intentando golpearnos. Sin éxito, continúa—. Una esposa es la base de un hogar. Siempre he pensado que un hombre no es nada sin una mujer a su lado. Se cree que es al revés, pero no es así, muchachos. ¿Qué karma estaré pagando para tener que casarme por obligación, cuando lo último que deseo en la vida es una esposa que me joda la vida? —¿Estás diciendo que debemos competir para conseguir Sinclair Enterprise? —pronuncia Dominic, incrédulo. Nuestro padre asiente con algo de dificultad. Sus ojos están empezando a cerrarse debido a los sedantes. Supongo que esa es nuestra señal de irnos. Cada uno toma su camino. Dom, me lanza una mirada asesina, llena de desafío. En cambio, Nate me evita. Siempre es el mediador entre ambos, lo cual me sorprende porque es el menor de nosotros. No dudo ni un segundo en bajar las escaleras corriendo, esquivando a las empleadas que se atraviesan en mi camino. ¿Quiere que compitamos? Él que se case primero gana. Y yo jamás pierdo. Entonces me subo al volante de mi Mercedes Benz, saco mi teléfono del bolsillo del traje y empiezo a bajar por mis contactos buscando el perfil perfecto. Busco a una mujer adecuada, pero lastimosamente todas con las que he estado son fáciles, mujeres hermosas que se mueren por mí. Y no quiero eso. Sí, tal vez estoy siendo un poco exigente, pero todas ahí son personas vacías, que tienen más cabello que cerebro. Ninguna se merece el término de la esposa de un Sinclair. Arranco el auto a toda velocidad. ¿Qué mierda voy a hacer? Me quedo sin tiempo y estoy seguro de que mis hermanos van a hacer una jugarreta y se quedarán con la empresa. Primero muerto antes que dejar que ganen. Aprieto el volante con fuerza y piso el acelerador a fondo. Me propongo a mí mismo, casarme con la primera mujer que encuentre en el camino. Quién sea, no me importa. Circunstancias desesperadas requieren medidas desesperadas. Puedo estar urgido, pero tampoco soy estúpido. Decido rodear todo el condominio cerca a la mansión Sinclair. Una mujer de buena familia y que tenga un parecido al estilo de vida que llevo, no estaría nada mal. A lo lejos, veo una mujer con dos maletas que parecen pesar más de lo que puede cargar. Camina chueco y está hecha un desastre. Oh por favor, no, esa loca que va por el medio de la carretera no. Bueno, al fin y al cabo, son mis reglas, así que voy a hacer la vista gorda. Siempre habrá una mejor candidata más adelante. Entonces ni me tomo el tiempo de frenar, tendrá que quitarse sí no quiere morir aplastada. Y eso es justo lo que hace en un movimiento rápido. Se lanza hacía el asfalto, aterrada, antes de que las ruedas le pasen por encima. —Que loca —digo entre carcajadas. Le echo un vistazo por el retrovisor. Y en un segundo, la mujer me hace una seña obscena con la mano y grita algo que no alcanzo a escuchar. No sé por qué, pero mis pies me obligan a frenar de golpe y retroceder el auto. Creo que ha sido su osadía de atreverse a insultarme, pero decido que es la elegida. Ya de pie, camino hacia ella ajustándome el traje, y le digo lo siguiente directo al grano: —Te ofrezco un trato. La mujer me mira como si estuviera loco. —¿¡Qué!? —pregunta llena de enojo—. ¡Casi me arrollas, idiota! La miro a los ojos marrones, estudiándola. Va a ser todo un desafío, pero a mí nada me queda grande.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR