La pureza del querer A veces, el corazón clama con tal fervor que parece que los ángeles guardianes escuchan. Y en ese preciso instante, bien podría haber sido el caso. Verónica paseaba inquieta, agitada por las noticias de su prima, mientras Antonio, ajeno a su tormento, se afanaba en su estudio, organizando documentos antes de emprender un viaje para atender asuntos personales. En el jardín, Verónica meditaba sobre cómo eludir discretamente a su prima, evitando levantar sospechas sobre la violencia y el abuso que sufría a manos de Antonio. Dorothea la contemplaba, incapaz de apaciguar su ansiedad, y tomó sus manos, buscando su mirada antes de que otro arrebato nervioso se apoderara de ella. —Tranquila, mi niña, encontraremos la manera de protegerte de Elisa —susurró Dorothea, con una

