Adrián sale al pasillo y cierra la puerta detrás de él. El gesto serio borra por completo la sonrisa burlona que llevaba minutos antes. Apenas da unos pasos cuando se encuentra con Felicity y Osmar, que lo esperan a unos metros.
—Esto es todo lo que pudimos recabar, señor —dice Felicity, entregándole una carpeta gruesa.
Adrián asiente mirando de reojo la puerta de la habitación donde está Lucía.
—Vamos al estudio.
Los tres avanzan por el pasillo silencioso. Las luces cálidas apenas iluminan el suelo, y el sonido de sus pasos se mezcla con el leve crujido de la madera. Llegan al estudio, una habitación amplia y oscura, donde todo parece estar exactamente en su lugar. Adrián deja la carpeta sobre el escritorio, se sienta y la abre.
Empieza a hojear los documentos con atención. Fotografías, informes, transcripciones de entrevistas. Todo parece correcto, pero hay algo que no encaja. Su ceño se frunce.
—Siento que hay algo más que no estamos tomando en cuenta —dice, casi para sí mismo. Levanta la mirada hacia Felicity—. Busca más información, hasta debajo de las piedras si es necesario. Tiene que haber algo más sobre ella que no esté en estos papeles.
Felicity asiente sin titubear.
—De acuerdo, señor.
Ella lanza una mirada a Osmar, el jefe de guardia de la mansión, quien inmediatamente saca su teléfono y realiza una llamada en voz baja, mientras se aleja unos pasos.
Adrián se reclina en la silla, cruzando los brazos. Observa una foto en particular: Lucía, vestida sencillamente, junto a una anciana, su abuela adoptiva. Sus ojos, grandes y claros, parecen demasiado expresivos para alguien que supuestamente vivió una vida sin brillo y llena de carencias.
—Su madre —dice, más pensativo que molesto—. Era una de las mejores diseñadoras de joyas a nivel mundial. Una mujer brillante, con educación impecable, elegancia y talento. Su desaparición, y la de su hija, nunca fueron del todo claras.
Pasa la hoja lentamente, observando las imágenes de la madre, recortes de revistas, menciones de premios y colaboraciones con casas de lujo internacionales.
—No puedo creer que se haya ido solo por un malentendido menor —continúa, hablando en tono bajo—. También dudo que no haya inculcado algo de su talento a Lucía. ¿De verdad creen que alguien como ella se resignaría a que su hija termine recogiendo algodón toda su vida?
Felicity lo mira con respeto.
—También lo creo, señor. Nuestros investigadores no pudieron obtener mucho. Los vecinos dijeron poco o nada. Pero haremos todo lo posible por encontrar más. Pienso exactamente lo mismo: Lucía está ocultando algo.
Adrián asiente, sin apartar la vista de la foto. Su mirada se suaviza un instante. Luego cierra la carpeta de golpe.
—Encuéntrenlo. Quiero saber quién es realmente Lucía Montclair.
Felicity asiente y se retira junto a Osmar. Cuando la puerta se cierra, Adrián se queda solo. Apoya los codos sobre el escritorio y se lleva las manos al rostro. La sensación de que algo se le escapa le resulta incómoda. Lucía no encaja en el perfil que él esperaba. Y eso, más que inquietarlo, le interesa.
(...)
A la mañana siguiente, Lucía despierta sobresaltada después de un sueño confuso. El sol entra por las cortinas entreabiertas. Por un momento no recuerda dónde está. Luego reconoce la habitación: la de Alexander.
Suspira. El silencio es abrumador. Nadie la llamó, nadie vino. Él nunca apareció. Se pregunta para qué la trajo hasta aquí si iba a dejarla plantada desde la primera noche.
Se sienta en el sofá, con el cuerpo adolorido y la mente llena de preguntas. Se levanta despacio y va hasta la habitación que Felicity le dijo que sería suya. Una vez adentro, se quita el vestido y se da una ducha rápida. El agua tibia le ayuda a despejarse.
Cuando termina, busca sus cosas. Abre una puerta que parece ser el armario. Efectivamente, allí están sus pocas pertenencias: una pequeña maleta y tres cajas con sus cosas.
Se viste con ropa sencilla y se recoge el cabello. No sabe qué esperar del día, pero no piensa quedarse encerrada.
Baja las escaleras con paso lento, mirando con atención los cuadros en las paredes y los altos ventanales. La casa es tan grande que teme perderse.
Osmar, el guardia personal, está cerca de la escalera. Endereza la espalda al verla.
—Señora —dice con voz grave—, mi nombre es Osmar. Trabajo para el señor Alexander desde hace diez años. Si necesita algo, puede decírmelo. El desayuno está servido.
Lucía le agradece con una sonrisa amable.
—El doctor Vale la espera para desayunar con usted —añade él.
Lucía se detiene un instante, sorprendida.
«¿El doctor Vale otra vez? ¿Ese hombre no tiene casa propia?», piensa con fastidio. Pero no lo dice en voz alta.
Solo asiente y sigue a Osmar por el pasillo.
Cuando Osmar abre la puerta del comedor, Lucía se detiene un segundo en el umbral. No esperaba aquello. La mesa es inmensa, al menos de veinte puestos, cubierta con manteles blancos y una vajilla que parece demasiado costosa para un desayuno cualquiera.
«¿Para qué tanto?», se pregunta.
Adrián la espera con la misma calma con la que la enfrentó anoche. Solo que esta vez, la sonrisa que lleva en el rostro tiene otro significado.
—Buenos días —saluda, sentado al otro extremo de la mesa.
Lucía se sobresalta apenas lo ve. Su instinto le dice que ignore su presencia, pero sabe que no sería prudente. Asiente apenas, evitando su mirada.
Él sonríe, como si disfrutara de su incomodidad.
—Come. Debes estar hambrienta. Al menos aquí hay suficiente comida —dice, señalando los platos frente a ella. Su tono no suena amable; suena como una advertencia envuelta en cortesía.
Lucía se sienta despacio. No tiene hambre. Su estómago está hecho un nudo desde anoche.
Adrián la observa detenidamente. Su ceño se frunce al verla. El cabello recogido de cualquier manera, la cara sin maquillaje, un suéter demasiado grande, jeans gastados. Todo en ella contradice lo que él espera de la esposa de Alexander Corvinus.
«No tiene sentido de la estética», piensa, con una mezcla de irritación y curiosidad.
—Gracias, doctor Vale, pero solo beberé café —dice Lucía con educación tensa.
Una de las empleadas se acerca, le sirve una taza, y Lucía la sostiene con ambas manos, buscando algo de calor. No dirige la mirada a Adrián ni una sola vez. Él tampoco habla más. Solo la observa, en silencio, analizando cada gesto, cada pausa.
Cuando termina el café, se levanta con una breve inclinación de cabeza.
—Gracias —dice, y sale del comedor con pasos rápidos.
Osmar, apostado junto a la puerta, la sigue con la mirada, pero no dice nada. Lucía sube las escaleras de prisa. Su corazón late con fuerza. No entiende por qué ese hombre la altera tanto. Es demasiado controlador, demasiado observador. La forma en que la mira le da la impresión de que puede ver más de lo que debería.
Decide que necesita hablar con Felicity cuanto antes. Quiere saber si ese doctor vive allí o solo está de paso. No se siente tranquila con él cerca. Anoche fue grosero, la juzgó sin conocerla, y hoy actúa como si tuviera derecho a supervisar cada uno de sus movimientos.
Mientras recoge su bolso, se convence de algo: tiene que salir, al menos unas horas. Necesita respirar, ver el cielo sin techos de mármol encima.
Cruza el pasillo con determinación y baja las escaleras. Pero cuando está a punto de alcanzar la puerta principal, una voz detrás de ella la detiene.
—¿A dónde vas? —pregunta Adrián.
Lucía se vuelve lentamente. Lo encuentra de pie, con las manos en los bolsillos y la misma expresión de calma que le resulta tan irritante.
—Voy a casa de una amiga —responde sin dudar.
Él la mira unos segundos, en silencio. No parece creerle.
Lucía saca el teléfono del bolso y busca una aplicación para pedir un taxi, pero antes de que pueda hacerlo, él da un paso adelante y se lo arrebata con rapidez.
—No hace falta —dice él, sin alterarse.
—¿Qué estás haciendo? —exclama, tratando de recuperarlo.
—Sube —ordena con voz firme.
Lucía frunce el ceño.
—No pienso hacerlo.
Osmar, que estaba junto a la puerta, ya tiene el auto preparado. Mantiene la puerta abierta, esperando instrucciones.
—Iremos a la ciudad —añade Adrián, sin darle opción—. Te llevaremos.
Lucía lo observa con incredulidad.
—No hace falta —repite, más molesta—. Puedo ir sola.
Pero él no parece escucharla. Da un paso a su lado y le toma el codo, guiándola hacia el auto con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo.
—Sube.
Antes de que pueda replicar, Osmar ya cierra la puerta detrás de ella. El vehículo arranca en cuanto él se sienta a su lado.
Lucía cruza los brazos, apretando los labios. No puede creer que otra vez alguien que ni siquiera es su marido esté tomando decisiones por ella. No es libre ni en su propia vida.
Adrián se acomoda en el asiento a su lado, tranquilo.
—Será mejor que te acostumbres a tener mi compañía —comenta, sin mirarla—. Alexander me pidió que te cuide. Mientras él esté indispuesto, estarás bajo mi responsabilidad.
Ella lo mira con rabia contenida.
—No necesito que nadie me cuide. Soy una mujer adulta y funcional.
Él sonríe apenas.
—Si supieras tu posición, no pensarías lo mismo.
Lucía desvía la mirada, sin saber si lo que siente es miedo o furia. ¿Qué quiere decir con “su posición”? ¿Acaso está en peligro?
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