RACHEL
Julia regresó a casa, y en ese momento, hubo un incómodo silencio entre el señor Harris y yo debido a lo que había ocurrido unos días atrás, cuando habíamos tenido una extraña conversación sobre nuestras preferencias sexuales, algo que no debería discutirse con el jefe.
Desde entonces, ambos nos mirábamos con curiosidad e inquietud, pero tratamos de actuar como si nada hubiera sucedido.
— ¿Y cómo se volvió tan bueno en el tiro al blanco? — pregunté para romper el hielo, mientras caminábamos por el parque donde se celebraba la feria.
Anton: — Lo practicaba cuando era niño, principalmente para distraerme cuando mis padres discutían. Me ponía loa audífonos con la música a todo volumen y tiraba dardos a la diana
— La historia tiene una parte mala, pero resultó tener muy buenos resultados
Anton: — Ajá
— Oiga, pero no se vale — dije desconcertada.
Anton: — ¿El qué?
— Que no se vale lo de antes.
Usted ya sabía cómo tirar los dardos y yo no y en eso me tuvo muchísima ventaja y no se vale — expliqué y él rio de esa manera tan peculiar, revelando una sonrisa tierna con hoyuelos que le quitaban lo machote que se veía, ya que se veía muy tierno.
Anton: — No es mi culpa que me hayas desafiado
— ¿Y yo qué sabía?
Anton: — ¿Y qué quieres hacer para la revancha, perdedora? — preguntó desafiante y entrecerré los ojos mientras le veía, mostrándole rivalidad.
— Juguemos a otro juego
Anton: — ¿A cuál?
Miramos hacia todos lados, a todos los puestos, con muchos juegos, hasta que por fin encontré el indicado y al que estaba clarísimo que no perdería, si tenía suerte, claro.
— A ese
Nos acercamos al puesto y el señor Harris se sorprendió.
Anton: — ¿En serio? ¿Quieres perder otra vez?
— Eso lo veremos — dije y le guiñé el ojo.
Señor: — Vale, les explico en qué consiste el juego. Tenéis que disparar al pato y la dificultad es que con cada disparo que le dé a uno, este irá más rápido.
Se tiene que disparar durante el minuto del cronómetro y quien mate más patos gana.
Usted señorita disparará en este lado derecho y el señor en aquel lado de allá, en el izquierdo
— Entendido
Señor: — ¿Preparados?
Asentí a su pregunta, tomé el arma de juguete y apunté. Mientras tanto, miré al señor Harris que estaba al lado mío.
Anton: — Vas a perder
— Esto es pan comido para mí
El juego inició y los patos empezaron a salir uno tras otro.
¡Bam! Le di al primer pato y como había dicho el señor encargado de dirigir el juego, la máquina aumentó la velocidad y los patos iban más rápido.
El segundo tiro dio en el centro color rojo que tenía el pato, en el objetivo. Así pues, ya solo quedaban cinco segundos del minuto que contaba el cronómetro y aproveché ese tiempo para darle a unos cuantos patos más que salían.
Mientras me concentraba en mis disparos, no tenía idea de cómo le iba al señor Harris, pero al finalizar el juego, descubrí al ganador.
Señor: — ¡Vaya, tenemos ganadora!
¡Era yo! ¡Gané!
Salté de emoción y en cuanto al señor Harris solo me miró, negando con la cabeza y sonriendo.
— Es un regalo, tenga — insistí, y aunque al principio se negó a tomarlo, finalmente lo aceptó.
— Claro, es un regalo de perdedor
— susurré, y él me golpeó suavemente con el peluche en el brazo, ambos riendo.
— ¿Qué le apetece hacer ahora?
Anton: — ¿Le tienes miedo a las alturas?
— No que yo sepa
Anton: — Entonces subamos a esto
— propuso mientras nos dirigíamos hacia la noria.
En el momento en que nos subimos, no sentí miedo, pero cuando comenzó a moverse y a elevarse, un fuerte temor me invadió. Así que me aferré a mi peluche de koala y el señor Harris lo notó.
Anton: — Dijiste que no tenías miedo
— Pero…
Me quedé a medias mientras un mareo se apoderaba de mí debido a lo alto que estábamos subiendo. Y eso que aún no habíamos alcanzado el punto más alto.
— No sabía que era tan alto — dije por fin y de tanto que se movía la cabina en forma de hexágono, además de que sonaba como si estuviera crujiendo, me agarré del asiento para sentirme más segura.
Entonces, la Noria se detuvo cuando llegó a lo más alto y eso me dio aún más temor.
Anton: — Mira las vistas
— No puedo — respondí con los ojos cerrados, aferrándome con fuerza al asiento y a mi peluche de Koala. En consecuencia, pude escuchar la risa del señor Harris, seguramente porque me veía en ese estado.
Anton: — Abre los ojos, no te pasará nada
— No
Anton: — Entonces moveré la cabina
— dijo y comenzó a balancearla lateralmente, lo que hizo que me agarrara con más fuerza.
— ¡Señor, pare, no lo haga! — grité, y él rio. — Está bien, los abriré, pero detenga esto de una vez
La cabina se detuvo, y vi al señor Harris con una gran sonrisa en el rostro.
— ¿De verdad le divierte verme gritar y sufrir?
Anton: — En esto sí, pero tengo que averiguar en otros aspectos — dijo, sin apartar la mirada de mí.
Estaba sentado con los brazos abiertos, extendidos a lo largo del asiento, y las piernas abiertas, creando un espacio ideal para meterse dentro de ellas, que me tomara por la cintura mientras me besaba…
¡Uf! De solo pensarlo se me ponía la piel de gallina.
— ¿Es muy bonita la ciudad, verdad?
— pregunté, desviando la mirada hacia las ventanas para cambiar de tema.
La tensión entre nosotros era palpable, y si continuábamos mirándonos de esa manera, probablemente terminaríamos haciendo el amor en las alturas. Aunque no hubiera estado mal sumar esa locura a mi lista de experiencias.
Para mi pesar, el señor Harris seguía observándome, lo que me ponía aún más nerviosa y no podía verle a los ojos. Quería evitar mirarle fijamente.
Luego, la Noria comenzó a moverse nuevamente, esta vez bajando y subiendo varias veces, siete para ser exactos, ya que eso era lo que ofrecía el boleto de entrada. Finalmente, descendimos, y afortunadamente no sentí la necesidad de vomitar, aunque tuve un ligero mareo.
— ¿Le gustaría tomar algo? Muero de sed — comenté, y compramos una cerveza. No lo hice porque fuera lo único disponible, sino porque esperaba que el alcohol redujera la presencia de mis oscuros pensamientos y deseos por el señor Harris, que seguían rondándome.
Si no, quién sabía cómo acabaríamos la noche.
Anton: — ¿Cómo es que eres tan buena disparando y tienes una puntería tan precisa?
— Por mi padrastro. Solíamos ir de caza cuando tenía tiempo libre y desarrollé mi habilidad en la puntería gracias a eso — expliqué mientras tomaba un sorbo de mi cerveza.
— ¿Qué le parece si hacemos algo más? ¿Le gustan las cosas de terror?
Anton: — No me disgustan, pero tampoco me gustan
— Entonces vamos
Terminamos nuestras cervezas y entramos a un juego que parecía ser una pequeña casa de terror. El objetivo era recorrer pasillos oscuros, entrar en habitaciones y encontrar dos calaveras. Estaba claro que no sería fácil, ya que nos habían advertido que el interior estaría a oscuras, con poca luz, y habría personas disfrazadas asustando a los participantes.
Como este juego requería parejas, el señor Harris y yo entramos y nos enfrentamos a otra pareja. Además, había un límite de tiempo de diez minutos para encontrar los objetos, lo que lo hacía aún más desafiante.
— ¡Aaa! — grité de terror al sentir una mano tocar mi tobillo.
— ¿Ha sido usted?
Antonio: — ¡¿Cómo voy a ser yo!?
Avancé un poco más, adentrándome en una de las habitaciones oscuras hasta llegar a una mesa llena de objetos.
— ¿Ha encontrado algo?
Anton: — ¡Sí, una mierda! ¡Ah!
¡Joder! — gritó y su reacción me hizo reír, seguramente porque alguien más lo había asustado, al igual que me habían asustado a mí hace un momento.
— Creo que he encontrado algo — dije mientras palpaba los objetos, finalmente tocando lo que parecía ser una calavera. — ¡La tengo!
Anton: — Vale, espera, creo que tengo la otra. ¡Joder! ¿¡Puedes dejar de tocarme!?
— ¡Qué quejica es por Dios!
¡Aaaaa! ¡Déjame de tocarme! — grité y eso sí que me asustó porque antes parecía que era una mano, pero ahora no sé qué fue porque era suave, como si fuera un plumero o algo así.
— Salgamos de aquí
Anton: — ¿Cuánto tiempo queda?
— Mmm
Miré el cronómetro en la pared y vi que solo quedaba un minuto, así que necesitábamos salir rápido.
— ¡Maldición! ¡Solo dos minutos!
— exclamé.
Anton: — Pues vamos
Ambos intentamos encontrar la salida de la habitación y finalmente la encontramos. Ahora solo teníamos que encontrar la salida principal para ganar el juego.
— ¿Señor Harris? — pregunté cuando sentí que alguien me tocó el hombro, pero no hubo respuesta. La oscuridad era total, y eso me asustó de verdad.
Anton: — ¡Boo!
— ¡Aaaaa! — grité de susto, saltando y dando un golpe al aire con el pie, pero por accidente golpeé a Anton.
Anton: — ¡Auch!
— Lo siento, no quería pegarle, ¿está bien?
No me respondió y no entendí el porqué hasta que me di cuenta de que posiblemente le di en la parte de su cuerpo menos pensada, ya que si hubiera sido en otro lugar no hubiera sido tanto.
Anton: — Si querías tocarme ahí no hacía falta pegarme, con decirme que querías tocarlo era suficiente — dijo y me quedé en shock.
¿¡Qué!?
Me quedé en shock por un momento ante su respuesta inesperada. No podía ver su rostro debido a la oscuridad, pero podía sentir su respiración cerca de mi frente, lo que me hizo sentir nerviosa, no solo por eso sino por lo que había dicho antes.
Carraspeé la garganta y continué hablando.
— ¿Buscamos la salida?