Capítulo 30

2820 Palabras
RACHEL Una semana después Jueves, 14:33 pm. Estaba en el patio, cuidando de las rosas y otras flores que teníamos. Julia se había quedado en la sala, pasando tiempo con la pequeña, y no podía negarme eso; después de todo, era su nieta. En cuanto al señor Harris, después de lo que me dijo, no volví a hablarle ni a mirarle. Realmente se había puesto celoso, y no entendía por qué, ya que no parecía importarle antes. ¿Era solo porque pensó que desde el día en el que nos acostamos iba a ser suya? Pues si pensaba eso estaba equivocado porque yo no lo haría, bueno, tal vez sí, pero si seguía con esas actitudes no lo haría. A decir verdad, después de que él me estuviera reclamando lo que hice, me puse a llorar en mi habitación, ya que mientras discutíamos pensé en decirle que el único que me interesaba era él, pero no, no podía perder la dignidad de esa manera porque solo le subiría el ego si se lo decía. Mientras regaba las plantas, tomé una para plantarla y noté que alguien se acercó. Creí que era Julia, pero al mirar, me di cuenta de que era Anton. Anton: — Julia me dijo que estabas aquí — Ella quería quedarse con la pequeña, así que decidí plantar esto — dije sin mirarle, y él se sentó en la hierba a mi lado. Anton: — Te estaba buscando para hablar — Usted y yo no tenemos nada de que hablar Anton: — Te equivocas — mencionó, pero no le presté atención. — ¿Y qué quiere decirme? — pregunté y finalmente le miré a esos bellos ojos cafés que no dejaban de mirarme. Anton: — Quería pedirte disculpas ¿En serio? ¿El señor Harris estaba disculpándose? Anton: — No tenía razón para actuar de esa manera, sé que fui grosero. No es la primera vez que lo soy contigo, pero en este caso, siento haberlo hecho — No tiene por qué disculparse Anton: — Sí, lo tengo. No sé qué me pasó. Solo quiero que me perdones, no soporto verte enfadada conmigo — ¿Le importa tanto? — pregunté mirándole de nuevo, y él me miró fijamente. Anton: — Sí — respondió, y bajé la mirada hacia el suelo. — Yo también tengo culpa. Debería haberle dicho que iría con Josh Anton: — Eso no importa — Igualmente — dije, y él suspiró. — Bueno, ¿cambiamos de tema? Anton: — Dime una cosa — ¿Qué? Anton: — ¿Te gusta Josh? — ¡No! Es solo mi amigo Anton: — ¿Estás segura? — ¡Claro! Es un buen chico, pero no es mi tipo Anton: — ¿Y qué tipos te gusta a ti? — preguntó, y me concentré en seguir plantando la planta. — No lo sé Claro que lo sabía. Era el tipo de hombre que era él, pero no podía decírselo. Anton: — ¿Quieres que te lo vuelva a meter? — preguntó casualmente, y lo miré de inmediato. Pero no era lo que pensaba, ya que él tomó mi teléfono móvil del suelo, del que ni siquiera me había dado cuenta de que se había caído. — ¡Ah! Anton: — ¿Lo meto en tu bolsillo? — Sí, gracias — respondí, sintiéndome avergonzada por pensar en otras cosas que no eran. Anton: — Sé lo que pensaste y tu pensamiento se podría volver realidad si deseas — mencionó mirándome desde una distancia en la que podía sentir hasta su respiración de lo cerca que estaba de mí, por lo que desvíe mi mirada hacia sus labios y después otra vez a sus ojos. — Es mejor que no vuelva a suceder lo que pasó hace días Anton: — ¿Por qué no? Sé que tú también quieres que se vuelva a repetir — Pero ya no solo es que quiera, sino que no puedo Anton: — Entonces te puedo enseñar que he cambiado, que ya no soy un mujeriego. ¿Tienes la noche libre? — Tengo que cuidar a la pequeña Anton: — Déjala con Julia. Quiero invitarte a cenar. ¿A las siete te va bien? — preguntó y asentí. — Entonces nos vemos por la noche Se levantó del suelo y entró a la casa. Mientras tanto, yo pensaba en lo que me había dicho. ¡El señor Harris me había invitado a una cita! ¡Ay, Dios mío! Más tarde, cuando terminé de plantar y regar las plantas y flores, entré a la casa y fui donde estaba Julia, quien estaba meciendo a la pequeña en una mecedora. — ¿Está dormida? Julia: — Sí — Por cierto, ¿te podrías quedar con ella esta noche? Julia: — Claro, ¿qué harás? — preguntó y sonreí. — Estaré ocupada Julia: — Está bien, pero recuerda que mañana tengo que salir por la mañana porque tengo una cita médica, así que te la dejaré alrededor de las seis — Vale, seguramente ya estaré de vuelta. Solo será por esta noche Julia: — Perfecto. Pásatelo bien — Gracias. Adiós, pequeña, mañana nos veremos — dije y le di un beso en la frente. — Adiós, Julia Julia: — Adiós 18:56 pm. Ya estaba lista. Me puse un vestido azul marino que llegaba hasta las rodillas y me coloqué un moño. No me arreglé de manera muy elegante, ya que no sabía a dónde íbamos, pero considerando que el señor Harris podría llevarme a un restaurante caro, era mejor vestirse adecuadamente. Luego, salí de la casa y ahí estaba Anton, vestido con un traje que le quedaba muy bien. Su mirada recorrió todo mi cuerpo, desde los pies hasta el rostro, y por su expresión, supuse que le gustaba lo que veía. Procedimos a subir al coche y tardamos unos veinte minutos en llegar a un restaurante. Era bastante grande, elegante y moderno, aunque había poca gente, todos parecían adinerados. Pedimos una mesa y nos llevaron a una que estaba al final, junto a la pared, como el señor Harris había solicitado. ANTON — Una botella de champán, por favor Mesero: — Por supuesto. ¿Desean algo más por ahora? — Todavía no Mesero: — Muy bien —respondió y se retiró. Miré a Rachel, quien estaba examinando el menú, pero luego lo dejó sobre la mesa y me miró. Lucía impresionante con ese vestido azul marino que llevaba, pero en ese momento, deseaba ansiosamente el momento en que se lo quitaría. Rachel: — El lugar es realmente hermoso — ¿Nunca habías estado aquí antes? Rachel: — No — respondió, y el mesero se acercó para dejarnos la botella de champán. — Cuéntame algo Rachel: — ¿Algo como qué? — Cualquier cosa Rachel: — Bueno, no sé qué quiere saber — Hablo de tu vida en general Rachel: — En ese caso, tengo una mejor amiga con la que viví durante muchos años después de dejar la universidad — ¿Por qué? Rachel: — El dinero era escaso, así que dejé la carrera — ¿Qué estudiabas? Rachel: — Derecho, pero no me gustaba mucho. Lo hice solo por petición de mi madrastra. ¿Y usted? — ¿Qué quieres saber? Rachel: — No lo sé. ¿Por qué tiene una editorial? Recuerdo que me dijo que la heredó de su padrastro — Así es Rachel: — ¿Le gusta trabajar en eso? — Sí, al principio no estaba seguro, pero al final resultó ser un buen trabajo Rachel: — Me alegro por usted. Parece que le va muy bien — Por ahora, sí, pero eso no significa que no haya momentos difíciles Rachel: — Claro, pero se aprende de todo en la vida — dijo, y luego miró hacia el mesero que se acercaba a nosotros. Mesero: — ¿Están listos para hacer su pedido? Rachel: — Todavía no, ¿nos pueden dar unos minutos más? El mesero se quedó a un lado, y Rachel volvió a estudiar el menú. Finalmente, ambos elegimos lo que íbamos a comer. En mi caso, una ensalada César y salmón, mientras que Rachel optó por lo mismo, solo que pidió una ensalada regular para variar. — ¿Cómo te va con la pequeña? Rachel: — Muy bien, no tengo quejas — ¿Se porta bien, supongo? Rachel: — Es pequeña aún, no se le pueden imponer muchas reglas, pero en eso no se parece a su padre — ¿En qué sentido? Rachel: — En que ella se porta bien — ¿Y yo no lo hago? Rachel: — No he dicho eso — Claro que lo insinuaste Rachel: — Está bien, sí, usted no te portas bien, al menos no conmigo — ¿En qué sentido te importaría más que lo hiciera? Rachel: — ¿A qué se refiere? — Lo que has escuchado, ¿en qué te gustaría que me portara bien? ¿En las cosas que hago en mi día a día o en el sexo? — pregunté, tomé un sorbo de champán y ella me miró. Rachel: — Esa una decisión bastante grande — respondió y me siguió mirando en tanto tomaba de su champán. — Elige una Rachel: — La que usted quiera — ¿No te molestaría? Rachel: — En absoluto — respondió y justo llegó el mesero con la comida que habíamos pedido, cortando ese momento de tensión que se empezaba a sentir. 20:45 pm. Desde que llegó la comida nos pusimos a cenar y ya no seguimos hablando de lo anterior, ya que Rachel quiso cambiar el tema, seguramente porque era consciente de lo que podía suceder si seguíamos hablando de esa manera. Rachel: — ¿Le gusta escuchar música? — Sí Rachel: — ¿Cuál género suele escuchar? — En realidad, me gusta de todo, pero especialmente el rock y la música de los ochenta en adelante Rachel: — Ajá… Nunca había imaginado que escucharía ese tipo de canciones, el rock tal vez sí, pero las canciones de los ochenta no — Pues es cierto. Cuando tenía unos quince años, tenía el cabello largo, no tanto, pero me llegaba hasta los hombros y parecía un auténtico amante del rock Rachel: — ¿En serio? ¡No me lo imagino! — También parecía que fumaba esos cigarrillos que te hacen volar, pero eso no era cierto. Nunca he fumado ni lo haré Rachel: — ¿Tiene alguna foto de cuando era joven? — Sí, las tengo Rachel: — Me encantaría verlas — No, me daría vergüenza Rachel: — ¡Ja, ja! Si quiere, puedo enseñarle una mía — Ya veremos Rachel: — ¿Y cuál es su color favorito? — No tengo un color favorito Rachel: — ¿De verdad? — No… ¿Aunque si te digo que me gusta el color de tus ojos? Rachel: — Ja, ja. Esa no me la esperaba — Te dije que ya no soy el mismo de antes, he cambiado Rachel: — Pero aún no me lo creo, necesito conocerle mejor — Entonces, ¿nos vamos a casa y te lo enseño? — dije, y ella sonrió antes de tomar un sorbo de agua. Con el tiempo, Rachel me parecía cada vez más interesante. Nunca antes me había fijado en su personalidad, pero debía admitir que me gustaba. — ¿Vamos a casa? Rachel: — Sí, vamos Pagué la cuenta y nos dirigimos hacia el auto. Rachel: — Oye, aún no me has preguntado lo que me preguntaste esta mañana, y eso no es justo — dijo, siendo la primera vez que me trataba de "tú”, ya que siempre había usado “usted”. No me importó en absoluto. — ¿Qué pregunté? Rachel: — Acerca del tipo de hombres que me gustan. ¿Y a ti, cómo te gustan las mujeres? — preguntó mientras se sentaba en el asiento del copiloto del auto. — No tengo un tipo concreto Rachel: — ¿En serio? — ¿Por qué lo suponías? Rachel: — Porque a la mayoría de los hombres les gustan las mismas cosas: un gran trasero, pechos grandes… — A mí no me importan tanto esos aspectos Rachel: — ¿Estás seguro? — ¿Quieres que te lo demuestre? —pregunté, y ella miró mis labios. Rachel: — Hazlo No pude resistir las ganas y la besé. Rachel: — Espera, aquí no podemos hacerlo — ¿Por qué no? Rachel: — Porque estamos en un estacionamiento y alguien podría vernos. Mejor vayamos a casa Aunque inicialmente me resistí, encendí el coche y lo puse en marcha. Conduje rápido, y como era de noche, llegamos a casa en segundos. Una vez allí, Rachel se inclinó a mí y comenzamos a besarnos apasionadamente. Sentía sus ganas tremendas que tenía de follar y eso solo me excitó más a mí. La besé hasta que no pude más. Recorriendo su cuello y sus pechos, pero había un problema con su vestido, y es que el escote no dejaba mucho espacio para besarla por completo, por lo que nos bajamos del coche y subimos casi corriendo hasta mi habitación, sin dejar de besarnos en el trayecto. Entonces, ni habíamos cruzado la puerta y yo ya me había quitado la camisa de vestir y a ella le había quitado el vestido. Dentro de la habitación, todo estaba oscuro y no se veía nada. No obstante, encendí la lámpara de la mesita de noche para ver su cuerpo desnudo. Era un paisaje que no me quería perder. Rachel se paró enfrente de la cama, y yo la besé en la boca y el cuello mientras le quitaba el sostén y por último bajé con besos hasta su abdomen, llegando al elástico de la tanga color rojo que llevaba puesta. Cuando se la bajé, besé su intimidad, la cual estaba mojada. Ella metió sus manos en mi cabello, después las puso sobre mis hombros y se puso de puntillas, como un gesto para mostrar que le gustaba lo que hacía. Volví a subir y la volví a besar en la boca y en este caso ella fue quien bajó esta vez. Me quitó el pantalón sin dejar de verme a los ojos y bajó mi bóxer. Mi m*****o quedó descubierto y saltó al aire, listo para follar, por lo que cuando ella lo tomó en su mano hizo unos movimientos con ella, bajándola y subiéndola. Luego, se lo metió a la boca y empezó a chupar de una manera descomunal. Era magnífica y no faltaba decir que hasta supo cómo estimular mis bolas, tanto con sus manos como con su estupenda lengua. Ya por último, casi me corría, pero no quería hacerlo todavía, quería aguantar más para terminar dentro de ella. Sin embargo, se me hizo imposible. Rachel era una diosa chupándomela que no me pude resistir y me tuve que correr en su boca, haciendo que se tragara todo lo que di. Finalmente, la tiré sobre la cama y me acosté sobre el colchón. — Ven — pedí intentando volver a controlar mi respiración y ella se posicionó encima de mi cara, de tal manera que le podía hacer sexo oral. Así que, puse mis manos en sus piernas y con mi lengua empecé a tocar sus labios, pasándola por todos lados antes de estimular su punto más sensitivo. Ella se movió, percibiendo la sensación que le ofrecía mientras le comía su intimidad. Luego, tras pasar unos cuantos minutos dándole placer con el que no se aguantó de gemir en voz alta, la puse debajo de mí. RACHEL ¡Dios Santo! No sabía que el señor Harris fuese tan bueno dando sexo oral, aunque pensándolo bien, quizás lo tuve que suponer con los varios gritos de las mujeres que traía a casa, quienes aseguraban que lo hacía perfectamente y ahora, yo podía decir que sí a ello sin tener ninguna duda. Cuando acabó de comerme el coño, él me acostó debajo de su cuerpo. Quería sentirlo dentro de mí y él no esperó más, la metió y ahí mis ansias de volver a percibir esa sensación acabaron por completo. — Tenía muchas ganas desde la última vez — mencioné y él me miró a los ojos antes de dar una estocada profunda. Anton: — Y yo no sabes cuánto me aguanté por no hacer esto cada vez que te tenía delante — susurró y eso me prendió en llamas. Él continuó con sus movimientos y yo no me pude resistirme en caer presa con el placer que me causaba su manera de cogerme. Era simplemente magnífico. Subió mis piernas hacia arriba, de tal forma que mis pies quedaron a la altura de sus hombros y mi pelvis quedó alzada, por lo que siguió con sus constantes embestidas, pero ahora la diferencia era que se sentía más profundo. En esa posición me la podía meter hasta el fondo y se seguía sintiendo estupendo, hasta mejor diría yo.
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