Viviana lloró mucho, maldiciendo su suerte, sabiéndose que había quedado, por siempre, sin Helena, extrañando, ya, a gritos, sus caricias, sus besos, su perfume tan sexy y sensual y sobre todo porque no quería aceptar estar tan lejos de ella y que nunca más volvería a verla y disfrutar de su profundo amor. Se sintió despedazada, exánime, como si le hubieran atravesado un puñal en medio del pecho. Todo se le hizo confuso, enredado y hasta tenebroso, sin saber qué había pasado y negándose a reconocer una y otra vez, martillando sus sesos, su corazón, su cuerpo entero que Helena había muerto. Se encerró en su cuarto y lloró sin cesar la noche entera recostada a su almohada, con el corazón hecho pedazos, ansiando con locura reencontrarse con ella, besarla otra vez, amarla y decirle que era he
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