Capítulo 27

658 Palabras
El primer intento por encontrar la oficina de Mauro Macedo fue difícil y hasta imposible. La dirección que dio el mozo del restaurante no era correcta o quizás habrían cambiado los números o simplemente, las engañó. A Viviana se le ocurrió preguntar en un quiosco de periódicos, pero el sujeto que vendía diarios y golosinas recién se había instalado en el lugar apenas unos años antes y no conocía bien a los vecinos antiguos. Le sugirió que vayan a preguntar en una bodega, donde atendía un señor de edad. -Hola, ¿conoció al señor Mauro Macedo?-, preguntó de buenas a primeras Betty a un hombre de pelos y bigotes canos, con los anteojos corridos hasta la punta de su nariz con los que trataba de leer un diario, achacoso, tosiendo a cada rato. Las miró con curiosidad. Estaba aburrido, no había tenido clientes todo el día y quería echarse a dormir una buena siesta. Tardó unos minutos en responder. -Ahhh, a ese lo mataron a balazos-, dijo después de un buen rato. Viviana y Betty se miraron y echaron a temblar, más Vivi. Sintió un frío largo subiéndole por la espalda hasta la nuca. Su corazón empezó a acelerarse y volvió a sentir el mismo miedo de sus pesadillas. -Sí, ¿lo conoció?-, preguntó Viviana. -Claro. Venía a comprar gaseosas y galletas. No podía vivir sin la cola y las galletas-, volvió a toser el anciano. -¿Dónde era su oficina?-, intervino Betty. El hombre se paró con dificultad, apoyándose al mostrador y cogió un bastón. Fue arrastrando los pies hasta la puerta y con el mismo palo le señaló una casona de dos pisos que aparecía como una silueta gastada al final de la calle. -Es en ese edificio, él tenía su oficina en el segundo piso. Allí oímos los disparos. Dicen que fue una mujer-, contó el achacoso sin dejar de toser. Esta vez Viviana sintió relámpagos golpeándole en la cabeza. Desorbitó los ojos y quedó boquiabierta. Su respiración se aceleró y sus manos temblaron de repente: la mujer tenía que ser la de los disparos en sus sueños. -¿Sabe por qué lo mataron?-, intervino Betty. -No sé, ni nunca dieron con la asesina. Dicen que fue Ibarra, que lo tenía en la puntería porque estaba metiéndose en sus negocios turbios-, explicó el abuelo. -¿Ibarra? ¿El político? ¿el que fue tres veces presidente?-, se interesó Viviana. -Sí, ahora va por su cuarto periodo, dicen. Creo que tienen comprado al servicio electoral-, protestó el hombre. Viviana trataba de grabarse todo en la cabeza. Por suerte tenía memoria fotográfica, quizás por eso Macedo la eligió a ella, pensó. El abuelo le dijo que la casona estaba cerrada desde entonces. -La hermana la considera un santuario, a veces viene a limpiar y arreglarla. Ella sufrió mucho por su muerte. Lo quería mucho-, detalló. Una lucecita se prendió en la mente de Viviana. -¿Dónde vive su hermana?-, preguntó nerviosa. El abuelo rompió un pedazo del periódico que estaba leyendo y le dio una dirección. -La señora, cuando viene, me encarga que vigile siempre la casona, que esté pendiente si alguien quiere meterse, me da un buen billetito-, echó a reír. Al fin y al cabo, las chicas le habían salvado, al anciano, una tarde demasiado aburrida, sentado, leyendo por enésima vez el mismo diario. Se había entretenido con ellas, recordando aquel episodio que alteró la quietud de Lince. -Se llama Cinthia, le apuntó en el pedazo recortado del diario, ella viene los martes, generalmente, esa es su dirección, vayan con confianza y le piden que les muestre la oficina, ella lo hará encantada, es una bella persona- Betty estaba muy contenta y se abrazaba efusiva a su amiga, recordándole que estaban muy cerca de resolver el caso. Viviana, sin embargo, sentía su saliva agria, gelatinosa y sentía sus piernas temblar. Se convenció que estaba a punto de resolver su propia muerte.
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