Me la quedo mirando embelesado, cautivado por el ángel vestido de lencería fina, pero provocativa. Llevo mis manos detrás de mi cabeza, acostándome cómodo, como un rey en espera a ser complacido. La veo tomar su móvil y buscar algo con sumo interés. Cuando oigo el sonido de la flauta, junto con el tambor de copa, mi pulso se acelera porque sé perfectamente lo que ella hará. Coloca con suma delicadeza el móvil en el diván, y volviendo a posicionarse frente a mí, comienza a mover sus manos con delicadeza, con movimientos ondulantes, como si sus brazos no poseyesen hueso alguno. No deja de mirarme a los ojos con su intensa mirada verdosa. Da dos pasos adelante con elegancia, al ritmo que la música marca, danzando como se bailaba en los templos del antiguo Egipto donde proviene este baile, do

