14 Esa noche, cuando llegamos a mi habitación, le pedí a Vincent que fuera a buscar algo de comer para poder tener un momento a solas para ducharme. Vincent cumplió con gusto, pero al entrar en la ducha, vi por el rabillo del ojo una enorme serpiente que se deslizaba frente a la puerta del baño como si estuviera vigilando. Me encerré en la ducha y me lavé rápidamente. Cuando salí del baño, encontré a Vincent tumbado en la cama, comiendo un rollito de primavera. Me puse el albornoz y me acerqué a la cama. «No me invitaste a unirme a ti», dijo, deslizando una mano bajo su bata. Ese contacto me emocionó. Una parte cada vez mayor de mí quería rendirse al placer que había empezado a descubrir con él. Me sorprendió esta cercanía, tan prohibida y peligrosa como anhelada y que me dejó dolo

