La puerta sonó una vez más antes de que Grace entrara por su propia cuenta ante la negativa de Margaret. Llevaba en sus manos una bandeja con té y algo de comida, que dejó sobre la mesilla que descansaba al lado del sillón en el que la joven leía una de sus novelas. La encontró menguada sentada él, con la espalda recostada, las piernas recogidas, los hombros tensados. En su rostro lucían las tenues luces de la amargura. -Se ha negado a desayunar y a almorzar, pero no permitiré que siga en ayunas. En una hora volveré, y espero que se haya comido todo lo que le traigo. Margaret no despegó la mirada de entre las páginas hasta que la mujer abandonó la biblioteca. La posó en el pomo de la puerta. Su padre le quitó la llave después de que se hubiera pasado los tres primeros días de su regres

