59 El sol estaba empezando a caer cuando el destartalado y viejo coche de Terrance se detuvo fuera de la casa de Corinne MacDonald. Terrance se dispuso a salir, pero Slim le puso una mano sobre el brazo. —Quédese —dijo—. Lo haré solo. No se le ocurra irse o llamar a la policía. —Señaló su bolsillo—. Le tengo atrapado. Terrance sacudió la cabeza. —No hablará con usted —dijo—. Probablemente ni siquiera esté ahí. Slim se apeó del coche, cerró la puerta y subió los escalones hacia la casa. Miró a ambos lados de la calle, se acercó y metió la ganzúa en la cerradura. La puerta dio un chasquido y se abrió, entreabriéndose unos pocos centímetros antes de que una cadena en el interior la detuviera. —¿Alan? —llamó al vacío. Esperó un par de minutos, pero no obtuvo respuesta. Con una sonrisa ir

