El regreso de la descarada

1101 Palabras
GRACE Cuando desperté, sentí una mano pesada en mi delgada cintura. Aclaré mejor mi visión y noté la mano de Leo allí. Sabía que esto pasaría. Quité su mano con sumo cuidado y me aparté de él, esperando que no se despertara. Ni Marisa tampoco. Ella dormía plácidamente. Increíble que no haya molestado en toda la noche. La luz del sol se colaba por la ventana. Parecía un buen día. Me propuse no estresarme con Leo el día de hoy y solo pasar tiempo con Marisa, que me encanta su compañía. Creo que me estoy encariñando demasiado con ella. Y eso me aterra. Me salí de la cama y me dirigí rápidamente a la ducha. Puse el agua caliente y me di un baño relajante. Escuché que alguien entró. —Lo siento, pensé que no había nadie —dijo la voz de Leo. Al menos había un vidrio que le impedía verme. Solo veía mi silueta, lo cual me puso nerviosa aun así. —¡Largo! Estoy duchándome, puedes volver después. —Relájate, Grace —dijo sin ánimos—. Báñate tranquila, solo quería decirte que la niña está despertando. —Atiéndela. También es tu sobrina. Rodé los ojos y me seguí duchando. Cuando terminé, rodeé mi cuerpo con una toalla y salí. Allí estaba Leo, jugando con Marisa. Salí sin importar que me viera en toalla y busqué mi ropa. Ignoré la ropa que él había comprado para Ana y solamente tomé un short de mezclilla, un top pequeño, calcetines y mis converse. Fui de nuevo al baño para cambiarme allí. Una vez lista, pude salir a la habitación. —Llamaré a mi hermana y le preguntaré a qué hora vendrá. No quiero que te dejen tantas responsabilidades a ti sola. —Por mí está bien. Marisa y yo nos llevamos muy bien —me apresuré a decirle—. Es una niña encantadora. Me puse crema en mi cuerpo y luego perfume. Soy de las chicas que no utilizan nada de maquillaje, además, ni siquiera salgo de esta cárcel. —Bien, me iré a duchar. Tomé a Marisa en brazos y me dirigí a la cocina para buscar desayuno. Muero de hambre. —Hola, Lu —saludé a la señora que estaba sirviendo la comida—. Huele muy bien. —Claro que sí. Llegas justo a tiempo para desayunar. Y para esta preciosura está lista su fruta. Sentamos a Marisa en la silla para bebés y me senté a desayunar. No me importaba no esperar a Leo. —Disculpe, señora, el señor Reynolds está aquí. —¿Quién es el señor Reynolds? —quise saber. Quizás viene a buscar a Leo. Entonces aparece por la puerta Gabriel, al menos solo recordaba su nombre. —Hola, Grace. ¿Cómo estás? —me saludó con un beso en la mejilla. —Muy bien, Gabriel, ¿y tú? ¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes a buscar a Leo? Estoy segura de que vendrá en cualquier momento. Siéntate. ¿Ya desayunaste? —A decir verdad no —sonríe, sentándose—. Hola, Marisa, tenía meses de no verte. Estás enorme ya. Es un encanto. —Ahora me mira—. Vine para ver a Leo, sí, pero también para hablar contigo. Me siento un poco mal por lo de la otra noche y quería disculparme. —No te preocupes por eso. Por mí todo está olvidado —le sonreí. Lucrecia le sirvió desayuno a Gabriel también. Me di cuenta de que Gabriel es una persona muy diferente a Leo en actitud. Gabriel es más suelto, más alegre, más positivo, y eso me gustó de él. También que es demasiado gracioso. Ya ha hecho reír a Marisa demasiado. Y a mí también. Definitivamente, Gabriel me alegró la mañana. Hasta que el ogro malo del cuento apareció por esa puerta. Tenía los ojos entrecerrados y nos veía con malos ojos. —Buenos días, cariño mío —le saludó Gabriel en forma de molestia—. Ven a desayunar con nosotros. —¿Qué haces aquí tan temprano riéndote con mi esposa? —le preguntó Leo de forma demandante. —Vine a hablar contigo, Leo. Siéntate, ven. Leo se sentó a mi lado. Lucrecia igual le sirvió el desayuno. Yo ya había comido, al igual que Gabriel y Marisa. —Gracias por esperarme a desayunar, querida esposa —me dijo Leo con puro sarcasmo. —De nada, querido —le seguí el juego. Gabriel siguió contándonos una anécdota muy divertida que me hizo reírme a carcajadas. Leo terminó de desayunar, se puso de pie y salió de la cocina. —Está muy celoso —me dijo Gabriel. —¿Qué? No creo. Eso jamás pasará. —Claro que sí. Lo conozco muy bien y está hirviendo en celos. Me reí nerviosa. —Me da igual, la verdad. —Iré con él para tranquilizarlo un poco —Gabriel se puso de pie. —Claro, yo tengo que bañar a Marisa y cambiarle el pañal. Ve con tu amigo. —Nos vemos después, Grace. Gabriel sale de la cocina. Tomo a Marisa en mis brazos y subo las escaleras hasta llegar a la habitación. Ya había bañado a niños pequeños, así que tenía experiencia. La metí a la tina y empecé a lavar su cuerpecito con agua tibia. Marisa estaba jugando con los patos de hule en la bañera. Hasta no quería salir del agua. La llevé a la cama y le puse su ropita. Me imaginé teniendo a mi propio bebé. Ojalá un día pueda vivir todo esto con mi hija propia. —Ya estás oliendo muy bien, Marisa. —le dije—. ¿Qué quieres hacer? ¿Quieres ir al parque? ¿Ir al jardín? Dime. Apenas y pudo pronunciar la palabra "parque", pero se entendió. La nena estaba muy pequeña para poder hablar. Le di algunos juguetes para que se entretuviera mientras yo sacaba mi celular del bolsillo del short ya que estaba sonando. Era mamá. —Hola, mamá. ¿Todo bien? —Nada está bien, Grace. —suspiró—. Es tu hermana. —¿Qué pasa con ella? ¿Ya se comunicó contigo? —apreté los puños. Estaba tan enojada que si la veía no sabía lo que sería capaz de hacer. —No solo eso, Grace. Creo que vas a tener que volver a casa porque Ana está pidiendo volver con Leonardo y está muy decidida. Abrí los ojos del asombro, no podía creer lo que estaba escuchando. Luego de que se largó con mi novio, ahora quiere venir y quitarme a mi esposo. Esto es el colmo.
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