No eres más que un arribista
Laura miró a Andrés con furia antes de apartar la mirada y dirigirse al abogado.
—Está usted bromeando, ¿verdad? —preguntó, Laura se puso de pie y presionó las manos sobre el escritorio que había sido de su abuelo por tantos años.
—¿Piensa usted, señorita Quintana, que puedo jugar con la voluntad de un muerto? Un muerto que no fue un simple cliente. Roberto y yo hemos sido amigos toda la vida —declaró el abogado manteniendo su profesionalismo—. No es ninguna broma, es la voluntad de Roberto —añadió el abogado.
Ricardo Mendoza estaba tentado a tomar a Laura y darle los fuetazos que a Roberto le hicieron falta darle de pequeña para enseñarle a ser menos arrogante. Pero… ¿Quién era él para hacerlo?
—Esto no es más que un complot en contra de mi novia —la risa histérica de Manuel se escuchó en la habitación, rompiendo el silencio que se había instalado luego de la respuesta del abogado.
»—Date cuenta, Laura, esta gente solamente quiere quedarse con tu dinero. ¡Quieren robarte a lo descarado!
—El león juzga por su condición, Manuel —respondió Andrés, quién se había mantenido en completo silencio tras escuchar los deseos de Roberto.
—¡Tú! —Manuel apuntó con su dedo el pecho de Andrés—. Ni siquiera me dirijas la palabra. No eres nadie y voy a impugnar el testamento, vas a quedarte con una mano por delante y la otra por detrás por avaro —lo acusó el hombre.
—Haz lo que te dé la puta gana, Manuel, estoy acostumbrado a trabajar y no a vivir de los demás —Andrés le dio un manotazo al dedo que lo señalaba y lo desafío con la mirada.
—Calma, señores —Ricardo intervino al darse cuenta de que las cosas se estaban saliendo de control.
—Señor de Cervantes, le sugiero que abandone este despacho. Está claro que el tema que se trata aquí no le incumbe.
—¡Soy el prometido de Laura! —gritó como si los presentes no lo supieran o estuvieran sordos.
—Por supuesto, eso no va a cambiar, señor de Cervantes, si Laura desea seguir adelante con su matrimonio no habrá ningún problema para usted. La herencia pasará a manos de Andrés Altamirano. Sus planes no tienen por qué arruinarse —respondió el abogado tratando de controlar el enojo que le provocaba el hombre.
Como abogado y amigo de Roberto, había sido testigo del daño que Laura le había causado con su silencio y todo por culpa de un arribista como Manuel de Cervantes.
—Espera afuera, Manuel —pidió Laura.
—Pero, cariño…
—Arreglaré esto aquí y ahora, confía en mí —insistió la chica para que Manuel saliera del despacho sin demora.
—Te estaré esperando afuera —convino el hombre y antes de salir tomó el rostro de Laura y la besó.
Laura no miró a Andrés luego de aquel beso, no tenía por qué darle explicaciones a nadie sobre su comportamiento, sin embargo, se sintió extraña. Como si Manuel estuviera orinándole la pata, marcando su territorio y ella podía amarlo, pero no era propiedad de nadie.
—¿No hay nada que se pueda hacer? —Andrés no apartó la mirada cuando Laura lo fulminó con esos ojos de un extraño color verde esmeralda.
—Deja de fingir, Andrés. No sé lo que pretendes con todo esto —dijo Laura tratando de mantener la calma y mantener a raya el dolor que le carcomía el alma.
«Quién se enoja pierde, recuérdalo siempre, hija», la joven sintió como si le hubiesen dado un golpe en el estómago y había expulsado todo el aire de sus pulmones al recordar las palabras de su abuelo.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo y el corazón se le llenó de culpas.
—La decisión de Roberto me causa la misma sorpresa que te causa a ti, Laura, así que no sé a lo que te refieras —habló Andrés.
—¿Y esperas que me lo crea? —espetó ella con enojo.
—Me importa tres hectáreas de pepino si me crees o no, Laura. Eres libre de pensar lo que mejor te convenga, pero te dejaré claro que en todo esto, la única que sale ganando eres tú —respondió alterándose un poco ante el comportamiento de la joven.
—¿Crees que casarme contigo para heredar, es ganar? —preguntó y sin darle tiempo a responder añadió—: ¡Seguramente fuiste tú quien lo convenció de hacer este disparate, fuiste tú quien lo convenció de estipular las cláusulas en el testamento para beneficiarte!
—Pues te equivocas si crees que casarme contigo es beneficiarme, ¡únicamente estando loco podría pensar tal estupidez! No eres una perita en dulce, Laura, y yo no soy el tipo de hombre que se siente atraído por una mujer que se considera superior a los demás, únicamente por tener la dicha de haber nacido en cuna de oro—expresó Andrés—. Casarme contigo sería el mismo maldito sacrificio que sería para ti aceptar está locura.
Si Andrés la hubiese abofeteado, quizá a Laura le hubiese dolido menos. Escucharle decir aquellas palabras le hicieron volver al pasado que ella creía haber enterrado… «¡Jamás podría fijarme en Laura!»
La rabia y el dolor se mezclaron y juntos era una mala combinación para la joven que, olvidándose del consejo de su abuelo, arremetió contra Andrés.
—No eres más que un arribista, esperando la muerte de mi abuelo para moverte a tus anchas, hacer y deshacer con estas tierras —gruñó con enfado.
—Te equivocas en todo, Laura, te has equivocado siempre conmigo. Roberto tuvo sus motivos para hacer lo que hizo y te aseguro que no pensó en mí y en el maldito odio que me tienes. Pensó en ti como siempre, eras su razón de ser. Él estaba dispuesto a mover cielo, mar y tierra por ti, Laura, y tú ¿Qué hiciste por él? —preguntó Andrés mientras lágrimas de impotencia se asomaban a sus ojos—. ¡No le respondiste las últimas llamadas que te hizo, murió sin poder verte!
Laura sollozó al escuchar las acusaciones de Andrés, porque todo era cierto. Ella había dudado de la enfermedad de su abuelo, lo había acusado de mentir e incluso había hecho todo para demorar el viaje a la hacienda y por esa razón no habían llegado a tiempo para despedirse de su abuelo.
—Basta, Andrés, no la atormentes —intervino Ricardo, no como abogado sino como amigo de la familia.
Andrés asintió, pero no se disculpó por lo que había dicho, él era un hombre sincero y no se andaba por las ramas y Laura lo sabía, así que si lo provocaba sabía lo que iba a encontrarse.
—No voy a casarme contigo —susurró Laura perdiendo todo el enojo que sentía.
—Estoy bien con eso, sobreviviré —respondió Andrés con ironía.
—No habrá herencia para ti, si no te casas, Laura, ni siquiera una pensión alimenticia. Saldrás de esta hacienda y no podrás regresar —comentó Ricardo.
Laura levantó la mirada, había dolor en sus ojos, el mismo que atormentaba su corazón, dolor y culpa. Andrés era un bruto, pero tenía razón en una sola cosa, ella lo había sido todo para Roberto Quintana y ella, ella lo había dejado solo en su lecho de muerte. ¿Sería este el castigo que tenía que sufrir para purgar sus culpas? Casarse y vivir junto a un hombre que la odiaba y despreciaba…
—Termine de leer el último deseo de mi abuelo, por favor —pidió Laura.
Ricardo Mendoza asintió y procedió a retomar su papel como abogado de la familia y leyó cada estipulación escrita en él, una vez que el hombre terminó de leer la voluntad de Roberto Quintana. Laura se puso de pie y salió del despacho en completo silencio.
—Has sido muy duro con ella —acusó Ricardo a Andrés.
—No puedes culparme por ser así, ¿Cómo esperabas que me tomara esta noticia? ¿No fuiste tú y Roberto quienes me pidieron ver a Laura como familia? —preguntó apartando la mirada del abogado y caminando al ventanal para observar el cielo que empezaba a oscurecer, el presagio de una tormenta.
—Roberto quería lo mejor para su nieta, no puedes culpar a nadie por eso —contradijo el abogado—. Roberto te quería mucho, confiaba en ti, eras su brazo derecho, Andrés —añadió el hombre mientras cerraba su portafolio y salió de detrás de su escritorio.
—Me quería mucho, confiaba en mí, era su brazo derecho. Era todo lo que él quería que fuera, pero jamás pensó que era bueno para su nieta, ¿qué fue lo que cambió? —preguntó girándose para ver al abogado a los ojos.
—Él confía en ti, sabe que no vas a desentenderte de ella, Manuel no es el hombre que Roberto quería para Laura.
—¡Es el hombre que Laura ama! —gritó sin importar si podían o no escucharlo.
—Es un arribista.
—Es lo mismo que Laura supone de mí —respondió Andrés.
—Pero tú no lo eres, Andrés. Además, no hay manera que puedas negarte, a menos que quieras que Laura viva en la calle —Andrés apretó los puños y se mordió la lengua para evitar continuar con aquella discusión.
—No puedo negarme, pero Laura es lo suficientemente orgullosa para hacerlo y te advierto que no pienso rogarle, así que si tú o el viejo confiaban en que lo haría… Esta vez se han equivocado —Andrés no esperó la respuesta del abogado y salió del despacho dando un sonoro portazo y corrió fuera de la casa grande. Subió a su caballo y salió como alma que lleva el diablo lejos de la hacienda Miramar.
—Y entonces, ¿qué piensas hacer? —preguntó Manuel mirando a Laura, la chica tenía la mirada perdida y no pensaba exactamente en la boda, sino en su abuelo y en las palabras de Andrés.
—¿Hacer de qué, o con qué? —preguntó de manera mecánica.
—Tienes que hacer algo, Laura, no puedes dejar toda tu fortuna en manos de un don nadie —pronunció casi al borde de la desesperación.
—¿Sabes que el testamento estipula cinco años de matrimonio para heredar? —preguntó.
—Pues así sean mil años, tienes que casarte o de lo contrario, no tendrás ni donde caerte muerta. ¡Cásate Laura!…