—Una pizza de pepperoni, por favor. Juego con mis manos detrás de mi espalda mientras elevo de mis talones una y otra vez, inquieta. No puedo evitar sentirme observada por ojos analistas que quizás estén deduciendo si mi ropa es de alguna marca costosa en específico, o si, en su caso, solo es mi día de suerte y a un niño rico se le ocurrió tomarme de la calle como a un perrito abandonado. Bien, estoy exagerando. A este punto deberían de saber que mis analogías son pésimas, y que cuando estoy nerviosa, son aún peor. Estamos en el restaurante más popular del vecindario, y por consecuencia, el más frecuentado por niños ricos con rostros sin acné y padres sumamente millonarios. Que cliché, lo sé. Detesto estar en lugares tan concurridos como estos. Me hace sentir incómoda. A pesar de que

