MAXIMILIAM DUPONT Después de quedarnos en la sala de espera, minutos posteriores a firmar la petición de internación, el grito de Megan nos altera a todos. Se oye su voz inclusive hasta nuestra posición. Sin saber qué estaba pasando, todos nos ponemos de pie y la seguridad del hospital debe ponerse en las puertas para evitar que ingresemos al área de las habitaciones. —¡Tienen que decirnos qué le pasa!—grito al grandulón frente a mí que ni siquiera se digna en mirarme. —Señor, será mejor que se tranquilice, mire, los médicos están atendiéndola. Si bien es cierto que más de dos doctores y enfermeras están ingresando a esa área por los gritos de Megan, es imposible no sentirse extraño. Ansioso, con un malestar en el estómago, me preocupa que terminen dopándola porque ciertamente, es

