El chorro de agua fría la despertó. Aún estaba encadenada al poste y las palabras de su hermana llegaron claramente hasta sus oídos. –Parcer, todavía faltan ochenta, pero si no quieres que ella muera, te suplico que paremos. –Nadie ha muerto en este sitio porque le apliquen doscientos azotes, ni siquiera por trescientos… –¡Pero estaba desmayada! –alegó Estefanía. –Bueno, pero ya el agua la ha despertado, prosigue con el castigo. –Por favor, señor, si quiere démelos a mí, esos ochenta que faltan o si quiere el doble, pero no le haga eso a mi hermana –suplicó Estefanía. –No creo que llegaría a ser muy efectivo ese cambio… –Por favor, señor… –Creo que eres de aquellas que gozan con el dolor y en ese caso te estaría premiando en lugar de castigarte. –También me duele… y mucho, solo

