CAPITULO III: EL GUARDIÁN DE LAS CABALLERIZAS- 1era PARTE

1089 Palabras
Aldo, el capataz, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y revisó su lista. Por orden directa de Arthur, estaba llevando a cabo una especie de "casting" riguroso. La Hacienda "El Edén" se había expandido tanto en tierras como en prestigio que el personal existente ya no era suficiente. Necesitaban más manos, más experiencia. Aldo fue tomando meticulosamente los antecedentes laborales de los postulantes, desestimando a muchos por la falta de referencias sólidas. Al final de la jornada, había seleccionado a seis hombres. ​Tres de los seleccionados eran rostros conocidos de la región, trabajadores autóctonos, fiables y discretos. Los otros tres eran nuevos en el área, uno de ellos destacaba con una presencia que rayaba en lo teatral. Era un tipo misterioso, de cabellos negros, largos hasta casi los hombros. Una barba tupida y canosa oscurecía la mitad de su rostro de piel curtida, revelando una edad cercana a los cincuenta y cinco años. Su nombre era Marcial Begnini. Tenía un acento piamontés marcado, un tono bajo y melódico, pero se hacía entender perfectamente en inglés Hablaba poco, pero cada frase era precisa. ​Arthur lo mandó llamar a la mañana siguiente a su oficina en el Edificio de Gestión. Se sentó detrás de su escritorio de caoba, con la tablet encendida con los últimos reportes de la Academia que cuando no iba, manejaba desde ahí ​-Begnini. Bienvenido a El Edén,-comenzó Arthur, con el tono empresarial que adoptaba para los nuevos empleados.​-Gracias, señor.- La voz de Marcial era grave, su mirada, directa, penetrante, pero respetuosa. ​-Aldo me dice que tiene una experiencia admirable con los equinos. Y que ha trabajado aquí,en Europa. ¿Es así?​-Así es, señor. Toda mi vida en los establos. Empecé en Italia, luego pasé unos años en Argentina, volví a Italia, y he vuelto a los campos.- ​Arthur asintió, sin dar más importancia al pasado errante del hombre. -Bien. Entonces le asignaré directamente las caballerizas. Tenemos pura sangre aquí, Begnini. Caballos que son vendidos para jugar al polo en las ligas más importantes del mundo. Debe cuidar bien de ellos. Son una inversión, una parte crucial del negocio.- ​-Lo entiendo. Cuidaré de ellos como si fueran míos.- ​Arthur hizo un gesto de suficiencia. -Perfecto. Hay algunos detalles familiares que debe saber para evitar inconvenientes. Mi esposa a veces está allí. Su yegua, Danza, es su favorita, pasa mucho tiempo con ella. Pero no se preocupe, ella no le molestará.-Hizo una pausa, como si Katrina fuera un factor secundario. -Luego están los niños. Patrick, el mayor, tiene seis años y es muy apegado a su poni, Betún. Margaretã, de cuatro, es muy juguetona; le encanta corretear a las gallinas y a los patos, pero es un ángel. Los mellizos, Elizabeth y Philips, tienen apenas un año y molestan bastante. Si ve a los mayores cerca, solo asegúrese de que no entren a las zonas peligrosas.- ​Marcial Begnini solo respondió lo justo a cada instrucción: -Sí, señor. Entendido, señor.-Su presencia era de una calma imperturbable. Arthur sintió una extraña incomodidad ante la tranquilidad del hombre. ​Más tarde esa misma tarde, la mansión estaba extrañamente silenciosa. Era el raro y precioso espacio de tiempo en que los cuatro niños dormían la siesta simultáneamente. Katrina, exhausta después de la tensión de la fiesta de cumpleaños y la agresión emocional con Arthur, aprovechó la calma. Arthur estaba en la Academia, en Londres. Era su oportunidad de respirar. ​Se puso una chaqueta de cuero y se dirigió a los establos. Necesitaba ver a Danza. La yegua era su ancla, su secreto silencioso. ​Al entrar en la caballeriza, el olor a heno fresco, cuero y caballo la envolvió, trayéndole un alivio instantáneo. Vio a Danza en su box, limpia y tranquila, y cerca, encontró a Marcial Begnini. Estaba cepillando a un semental n***o con una delicadeza y conocimiento que era evidente. ​-Buenas tardes,- dijo Katrina. ​Marcial se giró. Su rostro, en la penumbra del establo, era un estudio de sombras. Se quitó la gorra con un gesto respetuoso, pero su mirada no se desvió. -Buenas tardes, señora.- ​Katrina se acercó a Danza. -Veo que ya está con los caballos. Me alegra que Arthur haya encontrado a alguien con tanta experiencia.- ​-Los caballos son honestos, señora. Siempre se agradece su compañía.- ​-Eso es muy cierto. Danza fue mi refugio durante mucho tiempo. Ella me conoce.- Katrina deslizó su mano sobre el lomo de la yegua.​Marcial se acercó, sosteniendo el cepillo. -Ella es una belleza. De pura sangre. Usted la montaba para el salto, ¿no es así?- Katrina se sorprendió. -¿Cómo lo sabe? Arthur nunca habla de...- ​-Lo intuhí. Hay una cicatriz casi invisible en su pata trasera. Una herida antigua de una caída, no de pastoreo. Solo una jinete de salto insistiría en seguir con un caballo con esa marca. Su pasión por ella debe ser grande.- Katrina sintió una punzada de emoción. Era la primera persona en años que la veía realmente, no como la señora de la hacienda, sino como la mujer que amaba el riesgo y la adrenalina. -Sí. Mi pasión era grande. Arthur me obligó a dejar el salto. Demasiado peligroso, me dijo.- ​-El riesgo es parte de la vida. Pero también el arte de dominarlo, ¿no cree?- Marcial mantuvo su mirada firme. En ese intercambio, el aire se hizo más denso. La conversación se había vuelto fluida y peligrosamente íntima. Marcial no estaba coqueteando, pero la comprensión que ofrecía era una tentación más fuerte que cualquier galanteo.​La charla hubiera continuado, profundizando en esos secretos velados, si no hubiese sido por un ruido repentino.Margaretã entró al establo, corriendo y riendo, vestida solo con un pijama, con su osito de peluche arrastrando por el suelo. Se había despertado de la siesta.​-¡Mami! ¡Te busqué!- Katrina sintió pánico. Los niños no debían estar aquí. Se agachó, abrazando a su hija. -Margaretã, mi vida, ¿qué haces despierta? Tienes que ir a dormir.- Marcial sonrió por primera vez, con una sonrisa pequeña y cálida que suavizó la aspereza de su barba.-Con todo respeto,- le dijo a Katrina. -Pero la pequeña es igual a usted.- ​Katrina se sintió vulnerable, expuesta. La verdad de esa observación—la fuerza, la pasión, la fiera—había sido reconocida por un completo extraño. El clímax, la tentación, había llegado a El Edén con el nuevo guardián.
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