— ¡Thiago! — gritó alguien a sus espaldas y este solamente pudo rodar los ojos antes de darse la vuelta.
— ¿Qué quieres? —preguntó irritado. Era la última persona que quería ver.
— Es que me hacías mucha falta, amor, te fuiste y no me comentaste nada —la chica colgó sus brazos alrededor del cuellos de él.
— Sabes que prefiero ir solo a mis reuniones —se dio la vuelta—. No me abraces si no te lo pido y evitemos problemas entre ambos.
— Pero siempre vas conmigo, esta vez me dejaste aquí sola —la beta se le puso enfrente con una inocencia falsa.
— No sé qué está pasando por tu cabeza, no eres mi pareja, no eres mi novia, no eres mi prometida, no eres mi esposa. No eres nada, así que solo mantente en tu lugar —dijo enojado.
— Pero yo creí que era tu pareja, tenemos más de dos inviernos que nos acostamos juntos. ¿Porque me tratas así? Yo no te hice nada —vio como sus ojos se cristalizaron.
— Lucy, no eres más que una de mis concubinas, una más en mi lista. Así que mejor sigue con tus labores en el castillo. Porque ya me canse de ti y de tus caprichos —se dio la vuelta para irse.
— No puedes hacerme esto, Thiago. No seré una más de las que haces a un lado, luego de utilizarlas a tu antojo —le dijo entre dientes.
Thiago al oír esa amenaza se devolvió hacia atrás y la miró con furia, nadie se atrevía a amenazarlo y menos de esa manera. Era un rey que ponía a su pueblo siempre por delante, sin embargo, las faltas de respeto hacia su persona no las toleraba.
— No me amenaces, no eres nadie. Solo tienes que seguir con lo que estabas haciendo y punto. Todo se acabó, ya me cansé de ti, de tus celos sin sentidos, tu lugar es simplemente el de la servidumbre y nada más, así que no me busques porque me encuentra y de mala manera —se alejó de ella.
— Volverás a mí, mi rey, eso se lo aseguro —dijo entre dientes antes de darse la vuelta e ir a su habitación a pensar qué fue lo que cambió tanto a su señor para que la tratara de esa forma.
En la habitación de la rizada se encontraba la pequeña omega mirando por la ventana hacia el jardín de ese lugar, únicamente miraba hacía un lugar en específico. Veía a la persona más hermosa que sus ojos alguna vez habían podido ver. Que es al morocho de pelo corto a los lados y con una sonrisa única en sus labios. Su corazón se detuvo cuando este se dio la vuelta para mirarla, le sonrió a ella y a nadie más en ese lugar.
Sintió como la tierra se movía debajo de sus pies y entonces le devolvió la sonrisa, para luego echarse hacia atrás. Se acostó en la cama sonriendo como una idiota hipnotizada.
A la mañana siguiente, la rizada preparó su baño, debido a que nadie se había animado a visitarla desde que ingresó a la habitación. Era alguien que no hablaba mucho y el tener un amigo en ese lugar no era una buena opción para ella.
Se sentó en la cama, cantando una canción, y mirando el balcón con aburrimiento. El sol seguía subiendo, y Thiago nunca fue a visitarla, mucho menos alguien se animó a darle de comer algo esa mañana. Fue a la ventana y se sentó frente de ella. No había muchos empleados, en su antiguo hogar todos corrían de un lado a otro, para terminar con sus labores por miedo a terminar en la horca.
— ¿Por qué no has querido comer? —Thiago se puso a su lado—. ¿No te ha gustado la comida que mis sirvientes han traído para ti?
— No tenía conocimiento qué mi comida esperaba por mí —se puso de pie—. ¿Cuándo llegaste?
— Hace unos minutos—el alfa puso sus manos detrás de la espalda—. Por favor, no dejes de comer por nada en el mundo, ¿Está bien?
— Entiendo —fue hacia la habitación—. ¿En dónde viste mi comida?
— En una de las mesas del pasillo —respondió— Espera aquí, iré a buscarla por ti.
— No es necesario que lo haga —quiso agarrarlo, pero esta se alejó como si él tuviese alguna enfermedad—. Perdón, se me olvidó.
— No tienes por qué disculparte —Thiago agarró su mano—. Quiero sostenerte —salieron al pasillo—. Mis sirvientes dijeron que no quisiste comer.
— Yo en verdad no los escuché llamarme —vio como el alfa tomaba la bandeja como si nada—. Fue mi error, el no escucharlos.
— No pasa nada —quiso mostrarle una sonrisa—. Son cosas que no están a nuestro control.
— Entiendo —volvieron a entrar a la habitación—. Puedes estar en donde gustes en el castillo, nadie se meterá contigo —dijo seguro, sin embargo, Dayana no estaba convencida de eso—. Aquí somos un país muy devotos a nuestras religión y no buscamos problemas.
— Entiendo —tomó los platos, y los colocó en la mesa—. Gracias por venir a visitarme. Este lugar es enorme y no tengo idea de si puedo hacer algo.
— No pasa nada —Thiago acarició su mejilla—. Mientras más tiempo paso contigo, me gusta aún más estar cerca de ti —buscó una silla para sentarse—. Come, te llevaré a un lugar en donde podrás estar y respirar un poco de la naturaleza.
— Prefiero no salir —dijo incómoda— Me quedaré aquí.
— No te traje aquí, para que te quedaras en la habitación encerrada todo el tiempo —murmuró—. Te pido que salgas. Nadie te hará daño.
— Bien, saldré —se rascó el brazo.
— Disfruta la comida —se puso de pie a su lado—. La mandé hacer especialmente para ti.
— Gracias —el primer mordisco tuvo que tirarlo en el plato, debido a que masticó piedras pequeñas—. Lo siento.
— ¿Qué diablos es esto?
— Prometo que seguiré comiendo —trató de volver a llevarse la comida a la boca, pero este la detuvo.
— No comas eso —tiró el plato al piso—. Espera aquí, no salgas de la habitación a menos que venga yo por ti.
— Entiendo —murmuró encogiéndose en su lugar.
Le asustó la manera en la que reaccionó. Estaba acostumbrada a que todos le dieran la espalda, a que no la miraran de la manera correcta o que simplemente con asco, debido a que era alguien diferente a los demás.
Su padre la castigaba cada vez que salía de la habitación e iba hacia los jardines o la biblioteca a escondidas para buscar un libro y leerlo. En ese momento deseaba estar fuera del alcance de las personas, en donde nadie podría verla para decirle que era un maldito fenómeno.
Su madre, que murió por su culpa ese día y que gracias a eso se ganó el odio de su padre y de todos los habitantes del norte. Pero, ahora que estaba con ese maravilloso ser como lo era Thiago, todo parecía ser perfecto. Dejó salir un largo suspiro, colocándose de pie y mirando un punto fijo a la espera de que el alfa entrará. Sin embargo entró otra persona que únicamente había visto a lo lejos desde el balcón.
— ¿Qué hace alguien como tú en este lugar? —preguntó la beta, mirándola con asco—. Eres la cosa más asquerosa, eres una vergüenza para los omegas.
— No entiendo que me quiere decir con eso, señora —susurró dolida—. No le hice nada para que me hable de esa forma.
— No tengo que conocerte para saber el tipo de persona que eres, una mujer fácil—escupió—. Apenas llevas un día y ya tienes al rey a tus pies, ¿Acaso no crees en las maldiciones? Eres una.
— No soy eso —sintió sus labios temblar—. Quiero estar sola.
— Come lo que está en el piso —ordenó la beta con soberbia—. Lo hice para ti, asqueroso ser.
— El rey me dijo que no debía de comer eso —se puso de pie alejándose—. Le pido por favor que se marche o se lo diré…
— No le dirás nada —la agarró del brazo con fuerza—. Porque te comerás lo que está en el piso, luego irás al balcón y te lanzarás desde ahí… para acabar con tu vida.
— ¿Por qué haría algo como eso?
— Porque no eres bienvenida —la soltó—. No le digas a Thiago lo que acaba de pasar o si no te las verás conmigo y con todos lo que vivimos aquí —no respondió—. ¿Te quedó claro?
— Sí, señora.
— Así me gusta —suspiró, y luego Lucy le mostró una enorme sonrisa—. Nos vemos después.
Esa beta se marchó, dejándola sola nuevamente. Sus manos comenzaron a temblarle.
— Aquí tienes algo de comer — el rey entró, con una bandeja en las manos — Esto lo recogerá alguien en unos minutos.
— Gracias —murmuró, sintiéndose más dolida que antes—. Esto es un gesto bonito.
— Lo es —le guiñó un ojo.
Su estancia en ese lugar, sería un gran problema para ella, debido a que no era bienvenida.