Alexander Llegué al restaurante más exclusivo del país, famoso no solo por su gastronomía, sino por su espectacular vista a la playa. Desde la mesa que elegí, se podían apreciar pequeñas islas desperdigadas en el horizonte, un paisaje que parecía sacado de una pintura. El mar reflejaba los últimos destellos del sol, teñido de tonos dorados y azules profundos. El mesero se acercó con la discreción propia del lugar, dejando un menú frente a mí y otro frente a Bianc. Ella sonrió, inclinándose ligeramente hacia adelante mientras estudiaba las opciones. Cuando habló, lo hizo con una chispa que la hacía ver hermosa. —Quiero las langostas empanizadas con hierbas frescas y mantequilla al ajo trufada. No pude evitar sonreír la manera en como movía esa boquita. Deje de verla para luego pedir

