Alexander Finalmente habíamos llegado a la isla. Tras bajar del auto, abordamos una pequeña embarcación que nos llevó hasta nuestro destino en apenas quince minutos. El trayecto transcurrió en un silencio tenso, solo interrumpido por el leve murmullo del agua al chocar contra los costados de la lancha. Desembarcamos en una cueva oscura y húmeda, el aire impregnado de sal y musgo. La tenue luz de una lámpara portátil iluminaba el lugar, proyectando sombras amenazantes en las paredes rocosas. Y ahí estaba ella. Esa maldita mujer. Al verme, sus ojos se abrieron de par en par, reflejando puro terror. Me acerqué con pasos firmes, mi expresión impasible. —Con razón querías coquetear conmigo… — Comente con voz gélida, deteniéndome frente a ella—. Todo era parte de un maldito plan, ¿verdad?

