Capítulo 11

2508 Palabras
El reloj despertador suena a las siete de la mañana, en punto, emitiendo ese horrible pitido que tanto odia Eun-Yeong. Estira la mano y de un golpe acalla el aparato del demonio. Se remueve entre las sábanas y refunfuña. ¡Joder! ¿Por qué dijo que sí? «¿Es que acaso ese hombre no duerme? ¿Quién en su sano juicio sale a hacer footing un sábado por la mañana?». «En realidad; miles de personas en el mundo, así que sal de la cama, perezosa». Le espeta la vocecita de su conciencia. Vuelve a refunfuñar cuando logra incorporarse sobre la cama. Los viernes y los sábados son sus días libres, pues de domingo a jueves trabaja incansablemente en la gasolinera que les heredó su padre, a ella, a Hyun y a su madre. En los últimos meses, las cosas han sido muy duras, y ya no tienen los mismos ingresos que antes, así que ella debe ingeniárselas para hacer turnos en la noche y prescindir de otro empleado, por un trabajo que muy bien puede hacer ella misma. Su madre no está de acuerdo con que trabaje en horario nocturno, pero nunca está sola en la tienda. Ismat, un hombre de ascendencia keniana, de más de dos metros de altura y muy robusto, que trabaja con la familia desde hace más de diez años, le hace compañía durante las madrugadas. Él se encarga de los dispensadores de gasolina, ella de la tienda. Además, ella tiene un arma 9 mm. detrás del mostrador, en caso de que un malhechor ingrese al establecimiento. Eun-Yeong aprendió a usar armas de fuego siendo muy pequeña. Su padre le enseñó a usarla en una de sus tantas visitas al polígono de tiro. Como hija de un militar retirado, ella tiene cierta afición por las armas de fuego. Sale de la cama, se lava la cara y los dientes. Se detiene frente a su armario y contempla con desgana su guardarropa. Tiene una gran variedad de camisetas de algodón, vaqueros desgastados, camisas manga larga de cuadros, suéteres de rayas y chándales. Rebusca para ver si encuentra algo más “femenino” y logra percatarse de un vestido primaveral de flores azules y blancas, que le llega un poco más arriba de las rodillas. Una prenda que hace muchos años no veía, así que lo agarra y lo huele para asegurarse que no huela mal. Por suerte, el olor no es desagradable, pero arruga la nariz al percatarse que está a punto de hacer algo que va contra su forma de ser. ¿Usar un vestido de manera voluntaria? No entiende porque siente la inmensa necesidad de lucir muy linda esa mañana. Una necesidad que tiene nombre y apellido. Unos botines negros sin tacón y una cartera mediana con flecos, del mismo color de sus zapatos, complementan su atuendo. Se mira al espejo y le tranquiliza saber que no se ve nada mal. De hecho parece una mujer adulta y no un niño de doce años, amante de los videojuegos y las historietas de superhéroes. Ríe ante esa loca idea. Se ata el cabello en una coleta alta, no tan prolija. Le encanta llevar un estilo despeinado. Eso sí que no lo cambia por nada en el mundo. Es enemiga del peine. Se toma un zumo de naranja y sale de casa, directo a la estación de buses. Quedan solo treinta minutos para la hora pautada, así que se apresura un poco. Muy bien podría pedirle el auto prestado a su madre, pero esa mañana no está en casa. Es su turno de encargarse de la gasolinera, junto a su hermanito Hyun. El viaje transcurre sin ningún contratiempo, y al bajar del vehículo se percata que faltan cinco minutos para las ocho de la mañana. Da unos cuantos pasos hasta ubicarse frente al observatorio. Se arregla unos cuantos mechones de cabello sueltos, se los pasa por detrás de su oreja y checa su aliento. Lo normal es que no esté tan pendiente de su apariencia. No es una chica banal. Y no tarda en darse cuenta que está actuando muy raro y decide relajarse un poco. Toma una honda bocanada de aire y la boca muy despacio. Escanea el lugar con la mirada, buscando indicios de Noah. Un espécimen como ese no pasa desapercibido en ningún lado, así que no le toma mucho tiempo encontrarlo. Tal y como él le dijo anoche, está frente al observatorio. Literal. Está parado frente a las enormes puertas de madera y acero. Traga grueso cuando él clava su mirada en ella. Noah lleva un chándal de pantalón n***o y chaqueta roja. «Parece un jodido monumento del parque», el pensamiento surge de inmediato, y Eun-Yeong no puede reprimir sus ganas de morderse el labio. Da unos cuantos pasos más, hasta acercase lo máximo que puede a él. —Hola —ella saluda y sonríe con timidez. Él si sonríe con ganas. —Hola, Eun-Yeong. Es un placer verte de nuevo —contesta. —Sí —ella clava la mirada en el suelo. Está muy nerviosa—. Igualmente —musita. Ambos se miran directo a los ojos, mientras un incómodo silencio los embarga. De repente, Eun-Yeong vuelve a bajar la mirada y fijarla en el piso. Noah por el contrario, levanta su mirada al cielo. «Esto es tan incómodo», piensa él. «Di algo, idiota. No te quedes callada», espeta la voz de la conciencia de Eun-Yeong. —Hace un lindo día —dice ella. —¿Te gustaría ir a tomar un café? —musita él. Ambos hablan al mismo tiempo, y no pueden evitar echarse a reír como tontos. Los ojos de Eun-Yeong brillan con intensidad, y los de Noah, extrañamente, también. —Lo siento —él se encoge de hombros y sacude la cabeza con suavidad—. A lo que vinimos, cierto —Se mete la mano en el bolsillo, saca su billetera y con cuidado la abre para buscar algo dentro de la misma—. Ten. Esto es tuyo —le entrega un papelito doblado. —¿Y esto que es? —Eun-Yeong mira lo que acaban de darle con cierta confusión. —Improvisé un sobrecito con un papel que tenía en mi cartera —indica él y apunta con su dedo índice el papelito—, ya sabes, para que no se sulfatara el chip y… —se calla al percatar que la mujer lo mira con mucha atención. —Muchas gracias, de verdad —expresa ella—. Ahora solo me falta el móvil —ríe. —Si quieres puedo acompañarte a comprarlo —Noah escupe las palabras. «¿Qué se supone que estoy haciendo?». Él no es así—. Digo, si no tienes nada más que hacer. Eun-Yeong se sorprende por el ofrecimiento. Sin embargo logra disimular su asombro. Lo cierto es que no tiene pensado comprar un móvil nuevo sino hasta el mes entrante, cuando cuadre las cuentas de la tienda y pague unas cuantas deudas al banco, y vea que tiene un sobrante como para darse el lujo de un teléfono celular nuevo. Bueno, tampoco es que sea muy caro el que quiere, (uno igual al que tenía) pero cualquier gasto inesperado en este momento, no está entre sus planes. —La verdad es que… —ella balbucea. No sabe que responder. —Ya terminé mi rutina de hoy —la interrumpe—, y me disponía a ir a desayunar. ¿Tú ya desayunaste? Ella asiente con la cabeza. —Me tomé un jugo antes de salir de casa —contesta Eun-Yeong. —¿Un jugo? Eso no es desayuno. Debes procurar desayunar bien, porque es la comida más importante del día, pues es la que te provee de la energía calórica necesaria para… —se obliga a cerrar la boca, de nuevo, al percatarse que está hablando hasta por los codos. «¿Pero qué diablos me sucede? ¿Desde cuándo me comporto como un sabelotodo, frente a una mujer?». Eun-Yeong sonríe. Le parece adorable que ese hombre, que lleva menos de un día conociendo, se preocupe por el número de calorías diarias que ella consume. —Me agradaría mucho comer algo—dice ella—. Waffles con helado y frutas, estaría bien—. «¿Qué? ¿Acaso estoy aceptando la invitación de este hombre, para ir a desayunar juntos?». Sin quererlo, da un respingo al contemplar sus pensamientos. «¿Y por qué no, tonta», musita su conciencia. «Si tenemos suerte, podemos terminar repitiendo lo de ayer». Eun-Yeong sacude su cabeza para silenciar esa vocecita indiscreta que se hace sentir en los momentos menos oportunos. —Buena elección. Debes aprovechar para consumir todo el azúcar que quieras en el desayuno, pues así… ¡Mierda! Lo vuelve a hacer. ¿Por qué rayos está tan nervioso? —Oye, de verdad no quisiera quitarte tu tiempo —comenta ella y agita la mano en el aire. —En lo absoluto. Mis mañanas son bastante desocupadas —comenta Noah en tono despreocupado. ¿Qué rayos está diciendo? Esta mañana, en particular, debe ir a casa de Ryan a charlar acerca de una oferta de trabajo por parte de una marca de ropa interior masculina. —Entonces… —Eun-Yeong señala con su dedo hacia la parada de autobuses—, vamos a otro lado o… —Sí —él asiente con la cabeza—. Dejé mi auto estacionado por allá —apunta con su dedo en dirección a la zona de aparcamiento. Caminan uno al lado del otro, en completo silencio. Ella siente un ejército de mariposas revoloteando en su estómago. Él hace un gran esfuerzo para no comenzar a decir estupideces. Es algo que no puede controlar. Cuando se siente muy emocionado, suele hablar más de la cuenta. ¡Un momento! ¿Por qué está tan sobresaltado? Él no se perturba con facilidad frente a nadie. Jamás permite que una dama lo altere tanto, a tal punto de hacerle actuar como un idiota. Sin embargo, Eun-Yeong tiene algo que no logra comprender que es, se siente atraído por ella, como las abejas al polen. Se percata de eso cuando siente la imperativa necesidad de detenerse en medio del parque y darle un beso en los labios. Tenerla entre sus brazos ha sido una idea recurrente desde que subió las escaleras de la estación, el día anterior, con la idea de nunca volver a ver a esa bella dama. Ella es tan diferente al tipo de mujer que acostumbra a frecuentar, y eso despierta su curiosidad. Él acostumbra a rodearse de bellezas exóticas, de esas mujeres que parecen salidas de un catálogo de Victoria’s Secret, con cuerpos de infarto, cabelleras perfectas y siempre en tacones altos. La sencillez de Eun-Yeong lo tiene muy vislumbrado. La chica que camina a su lado lleva un vestidito simple con estampado de flores, zapatos bajos y el cabello despeinado en una coleta alta, ya que es la tendencia del momento. Mide un metro con sesenta y tantos centímetros de altura, y es muy delgada. Es una mujer menuda, que le inspira cosas muy intensas. Por su lado, Eun-Yeong trata de disimular lo rápido que late su corazón al estar tan cerca de Noah. La forma en que su cuerpo reacciona ante este hombre, es increíble. Nunca ha sido el tipo de mujer que sucumbe fácil ante hombres muy guapos; es más, tiende a tenerles una extraña aversión porque tienen fama de patanes, pero Noah tiene algo que la hace querer tocarlo, besarlo… Además de estar jodidamente bueno, es dueño de una personalidad desbordante. Muy rara vez viene el paquete completo. Y aunque la razón le dice que debe andar con cuidado, sus instintos le imploran que se deje llevar, que se aloque y viva el momento al máximo. Nada más. Ella está clara. No anda en busca del amor. No le interesa complicarse la vida con relaciones afectivas. ¡Bastantes problemas tiene ya, como para complicarse con uno más! Tener pareja requiere tiempo que ella no tiene y dedicación que no está dispuesta a enfocar en otra cosa que no sea el negocio familiar. A sus veintidós años, siente que jamás se ha enamorado, y tampoco está desesperada por hacerlo. Sabe que el amor solo trae complicaciones. Tuvo un ligero encaprichamiento por el hermano mayor (por trece minutos) de una de sus mejores amigas. Sin embargo, no pasó de ser algo platónico. El gemelo de Lara es el ser más superficial sobre la faz de la tierra y solo se relaciona con “barbies”: mujeres plásticas sin nada de cerebro, y Eun-Yeong es más cerebro que otra cosa. Eran por completo incompatibles. No arrastra ninguna herida sentimental. Es necesario recalcarlo. Simplemente, el amor y las relaciones de pareja no son su prioridad. Lo más importante para ella es su familia y la tienda que regenta junto a su madre, desde que tiene veinte años de edad. «¡Oh por Dios!», espeta la voz en su cabeza y se detiene en seco. Su mente queda en blanco. Suelta un silbido y abre mucho sus ojos, como si estuviera viendo una de las siete maravillas del mundo. —¿Ese es tu coche? —inquiere al ver como Noah se acerca a un carro espectacular y le abre la puerta del copiloto. Él asiente con la cabeza. Eun-Yeong no sabe mucho de autos, solo lo poco que ha visto en Top Gear, pero ve la marca en la parte frontal del capó. Sabe que esta marca de autos, en específico, está en el top diez de los más caros del mundo. —Sí. En efecto —Noah sonríe con amplitud. Su ego siempre se infla cuando una dama se obnubila al ver a Monique. Sí. Su auto tiene nombre. Decidió que le pondría nombre a sus autos, siendo un adolescente de catorce años de edad, deslumbrado después de ver la película 60 segundos de Nicolas Cage. Su primer coche fue un Volkswagen Sedán del año 1980, al que le puso Paula, en honor a su Beatle favorito, Paul McCartney. Luego le siguió Patricia, un Nissan Sentra del 2005, para llegar finalmente a Monique, un BMW Z4 del año, color ocre rojizo. Siendo este un capricho que tenía desde hace un par de años, que por fin hace tres meses se pudo conceder, y por el que aún le quedan un par de cuotas por pagar—. Adelante, señorita —indica, señalando con su mano hacia el interior del vehículo. La voz de Noah la hace espabilar. Él sostiene la puerta de su auto y la invita a subir a bordo. «¿Está bien que suba al auto de un hombre que apenas conozco?», se pregunta. «¡Oh vamos, si hubiera querido hacerte algo malo, lo habría hecho ayer, en el baño de la estación, en vez de darte tanto placer». Le contesta su Pepito Grillo interno. Ella traga grueso y sonríe a medias, ante la mirada expectante de ese par de ojos azules.
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