Una llamada telefónica de Maribel desencadena una discusión acalorada, llevando al protagonista a un estado de frustración. Para escapar, se dirige al bar de la suite y comienza a beber. Recibe una invitación a una celebración y, sin pensarlo, insiste en que Camila lo acompañe.
MAURICIO
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No pude evitar sentir una punzada de frustración cuando Maribel llamó. Sabía que teníamos que hablar, que había cosas importantes que resolver, pero la conversación se desvió rápidamente hacia una discusión acalorada. Las palabras de Maribel eran como dagas, cada una cortando más profundo que la anterior. Intenté mantener la calma, pero la tensión acumulada durante semanas estalló en un momento de ira. Lancé mi celular al suelo con todas mis fuerzas, viéndolo estallar en mil pedazos. El silencio que siguió fue ensordecedor, pero no tanto como el ruido en mi cabeza.
Necesitaba escapar, despejar mi mente. Me dirigí al bar de la suite, agarré la botella de whiskey y comencé a servirme copa tras copa. El líquido ámbar quemaba mi garganta, pero no lograba apagar el fuego que ardía en mi interior. Estaba atrapado en un torbellino de emociones, y Camila, siempre tan cerca, parecía ser el único ancla en medio de la tormenta. El teléfono de la suite sonó, interrumpiendo mi monólogo interno. Con manos temblorosas, lo levanté.
Era una invitación a una celebración en un nuevo bar de la zona. Acepté casi sin pensar, y luego, con una determinación que no sabía de dónde venía, insistí en que Camila también asistiera. No podía estar solo, no esa noche.
Camila se resistió al principio, pero finalmente cedió. Se arregló con esmero, y cuando salió del baño, me quedé sin aliento. Su cabello, planchado y ondulado, caía en cascadas sobre sus hombros, resaltando el tono exótico de su piel negra y sus ojos avellana. El vestido que llevaba se ajustaba a sus curvas como una segunda piel, acentuando su cintura diminuta y sus caderas generosas. Era imposible no mirarla, y no fui el único que lo hizo.
El bar estaba lleno de gente importante, personas que movían los hilos en la ciudad. Pero, por primera vez en mi vida, no me importaron. Mi atención estaba completamente fija en Camila. La forma en que se movía, la manera en que su risa llenaba el aire, todo en ella era magnético. Y no fui el único que lo notó.
Los hombres la miraban con admiración, algunos incluso con descaro. Las mujeres no eran diferentes; sus miradas oscilaban entre la envidia y la fascinación. Camila era el centro de atención, y yo, por primera vez, sentí algo que no podía ignorar: celos.
No era solo la atención que recibía, sino la forma en que ella la manejaba. Con gracia, con una confianza que nunca antes le había visto. Era como si, en ese momento, se transformara en alguien más, alguien que no conocía del todo. Y eso me asustó.
Me acerqué a ella, sintiendo la necesidad de reclamarla como mía, aunque solo fuera en ese instante. -Estás increíble,- le dije, mi voz más ronca de lo habitual. Ella me miró, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y algo más que no pude descifrar.
- Gracias, respondió, su tono suave pero firme. -Tú también estás... diferente.-
No supe cómo interpretar su comentario, pero la forma en que me miró me hizo sentir expuesto, vulnerable. Me di cuenta de que, en ese momento, no era solo ella la que estaba bajo el escrutinio de todos. Yo también estaba siendo observado, y no solo por los demás, sino por mí mismo.
La música sonaba, la gente bailaba, pero yo no podía moverme. Estaba atrapado en un círculo de emociones contradictorias. Quería acercarme a Camila, pero al mismo tiempo, quería alejarla de todos los que la miraban. Quería que fuera solo mía, pero no sabía si tenía el derecho de pedirlo.
-¿Estás bien?- preguntó Camila, su voz cortando a través de mis pensamientos. Asentí, aunque no estaba seguro de que fuera verdad. -Solo... es mucho,- admití finalmente.
Ella sonrió, una sonrisa que me llegó al alma. -Lo entiendo,- dijo, y en ese momento, sentí que era la única persona en el mundo que podía comprenderme.
La noche avanzó, y con ella, mis sentimientos. Cada mirada que Camila recibía era como un golpe en mi pecho. Cada sonrisa que le dedicaba a alguien más era un recordatorio de que no era el único que la deseaba. Y aunque sabía que no tenía derecho a sentirme así, no pude evitarlo.
En un momento de valentía, o tal vez de locura, la tomé de la mano y la llevé a la pista de baile. La música era rápida, pero la abracé como si fuera lo único que me mantenía en pie. -No me gusta ver cómo te miran,-le confesé, mi aliento caliente en su oído.
Ella se rió, un sonido suave y melodioso. -No tienes por qué preocuparte,- dijo, pero no sonó del todo convencida.
-¿Por qué no?- pregunté, mi voz llena de incertidumbre.
Camila me miró, sus ojos brillando con una intensidad que me dejó sin aliento. -Porque estoy aquí contigo,- respondió, y en ese momento, el mundo a nuestro alrededor desapareció.
Pero incluso en ese instante de conexión, no pude ignorar la realidad. La tensión entre nosotros era palpable, y aunque estábamos más cerca que nunca, también estábamos más lejos. La noche terminó con más preguntas que respuestas, y cuando regresamos a la suite, el silencio entre nosotros era más elocuente que cualquier palabra.
Me senté en el balcón, mirando las luces de la ciudad que nunca dormía. Camila se sentó a mi lado, y por un momento, no dijimos nada. Pero en ese silencio, sentí que algo había cambiado. No sabía qué era, ni hacia dónde nos llevaría, pero una cosa era cierta: nuestra relación nunca volvería a ser la misma.
Y mientras el viento jugaba con su cabello, y la luna iluminaba su rostro, supe que, sin importar lo que pasara, no podía dejarla ir. Pero también supe que el camino que teníamos por delante no sería fácil. Estábamos en un punto de no retorno, y lo único que podía hacer era respirar hondo y enfrentar lo que viniera. Juntos, o no.