5. Reese

1945 Palabras
Lia se había quedado encantado con Kimberly, yo también. Las cosas cómo son. Esta cría de dieciocho años tiene una energía brutal, que hace que salgas de tu zona, de tus rutinas. Que tiene la jodida capacidad de hacerte vivir los días, ¡sin dudas! Lo más absurdo de todo es que aún pienso en la chica del antro. Esta tiene sensualidad desbordada. La jodida capacidad de volverme loco de deseo. Voy por mi cuenta al antro. Necesito volver a verla. Intentar descifrar qué cojones me sucede. Si la fascinación que me provocó hizo que lo reflejara en otra chica o solo es deseo. Esta primera es la más insana pues implica que no las suelte a ninguna de las dos. Me colé por la misma puerta, esta vez ya marcada con una placa que indica el nombre Ly. Me la volví a encontrar bailando, sin música y sin ropa. Me detuve a observarla otra vez, con una necesidad loca de tocarla. Ella se dio cuenta de mi presencia pero siguió moviéndose. Tentado, necesitado, loco por tocarla. Lo hago. Doy tres zancadas hasta ella y me pego a su espalda. Este perfume. —Te conocí hace un maldito día y has logrado volverme loco. ¿Utilizamos la puta cama? Porque de lo contrario tendré que volver a mi jodida casa y masturbarme nuevamente mientras tú bailas despacio en mi cabeza —Susurré en su oído. Se queda segundos pegada a mí, con su redondo culo sintiendo mi erección. No le propongo follar a ella porque trabaja aquí. Siempre fui claro con lo que quería y se me daba bien. Empieza a bailar pegada a mí, con su redondo culo haciendo palpitar mi erección. Despacio, sin música, sin penas. Me deleito a su espalda y me vuelvo aún más loco por ella, por su piel, por si actuar, por su olor. Con mis manos en sus caderas la hago girarse. Sus ojos se posan en los míos, esos ojos hipnotizantes que he visto en alguien más y no estoy seguro de que sea un juego de mi mente aún. Acerco mi boca a sus labios y no la beso. Con una de mis manos retiro el cabello rojo de su cuello y me acerco, aspirando ese olor increíblemente suave. Pego mis labios a su blanca piel y los muevo. Ella mueve su cabeza ligeramente hacia atrás dándome más acceso. Los roces pasan peligrosamente a los besos, los besos a las succiones, las succiones a las mordidas. Gime bajito y se separa de golpe. Busca nuevamente ese cuaderno y un bolígrafo y anota en letras mayúsculas: QUE TRABAJE AQUÍ NO SIGNIFICA QUE FOLLE CON CUALQUIERA QUE ME LO PROPONGA. PUEDE IRSE Y NO REGRESE. Lanza el cuaderno y el bolígrafo en una de las gavetas y apoya su mano en la cómoda mirándose al espejo. No sé que se puede decir internamente mientras se observa, pero estoy malditamente seguro que ella también lo deseaba. Y qué podemos decir, somos masoquistas. Un «No» implica querer ir a más, luchar y luchar hasta obtener el puto «Sí». La miro una última vez, ella lo hace a través del espejo y me marcho. La paciencia es la cualidad que te hace superior. Saber esperar; jugar tus cartas y esperar paciente al otro para jugar la próxima. Su baile no me lo perdí y el cómo me buscó con la mirada tampoco. No quería el corazón de la chica de noche, quería comprobar que era placer y de esta forma dejar de observar también a la cría de Aiden. Nunca hacía ejercicio de noche, pero hoy cambiaba la rutina. Me vestí con un pantalón deportivo y fui hacia el gimnasio. Con las pesas liberaba tensión. Con los abdominales me merodiaban los pensamientos. «La princesa de Aiden, la chica de la noche» Una vez terminados los ejercicios al azar me lanzo un poco de agua sobre la cabeza y salgo del gimnasio. El teléfono en mi mano suena y al mirar la pantalla observo el nombre de Julen. Mira lo que he visto en el club. Es la hija de Aiden ¿la conoces? Con su mensaje adjunta tres fotos de Kimberly. Ella entrando al club, bailando y de pie frente a una mesa. Se ve jodidamente bien y no sé si es esa parte o algo más lo que hace que me moleste que Julen le haya tomado fotos. Trabaja conmigo. Le respondo sin más. Y tiene novio. Agrego. Es que me faltó un foto, pero tranquilo que parece que lo ha dejado. Me envía la foto mientras bailaba frente a su chica. No tienes oportunidad Julen, no lo intentes. ¿Por qué? Sigo de pie frente al gimnasio, con el teléfono en manos y a parte de confundido cabreado. No quiero que la observes más. ¿Te gusta? Solo así dejaré de mirar a esa chica. Sí Ok. Tuya entonces. Sigo mi camino hasta la casa y antes de entrar al baño mi teléfono vuelve a sonar. Me alegra que estemos recuperando a Reese, el Reese de antes. Recibo otro mensaje de Julen. Me doy una ducha y visto con el pantalón de dormir. Me acuesto en la cama, boca arriba mirando el puto techo como si de esa forma los pensamientos se ordenaran. «La princesa Stone. La chica de la noche» Una otorga lo que no otra. No cómo lo logran pero es como si se complementaran y te lo dieran todo. Es jodido. Es insano. Es loco. Yo estaba solo, yo estaba bien. Controlaba todo hasta mis pensamientos. ... Al levantarme en la mañana vuelvo ir al gimnasio. Ese es mi punto de descanso de tanta tortura de mi cabeza. Después de una ducha y de vestirme con un traje a medida azul oscuro salgo a la cocina a encontrarme con Lia. —Princesa, buenos días —la saludo mientras la lleno de besos. —Buenos días papá —saluda ella. Le doy un beso a mi madre y me siento en la mesa a desayunar. Siento a Ruth inquieta y estoy segura que quiere sacar su tema de buscarme pareja. —La maestra llegará temprano. Sería bueno que la saludaras Reese. Ella es... —Está bien —la interrumpo y siento cómo se asombra. No quiero que empiece a merodear en el mismo tema. —Deberías invitarla a tomar un café... —Abuela a papá le gusta madrina —la interrumpe mi pequeña hija de solo seis años y yo la miro de inmediato. Me sonríe. — ¿Madrina? —indaga mi madre. —Sí, trabaja con papá. Es muy linda —contesta ella mientras desayuna. — ¿Quién te dio tal información? —pregunto. —Tu mirada —responde. — ¿Es en serio? Tengo una hija de seis años que habla de gustar... —Una pequeña de seis años que te conoce —me interrumpe ella misma. La vida me las cobrará todas con mi hija. Con ese carácter, no quisiera que creciera. El timbre de la puerta llama la atención. Mi hija evade mi mirada concentrándose en su desayuno. Mi madre va hasta la puerta. La escucho hablar con alguien más pero yo sigo conectando en mi desayuno. —Buenos días —saluda dulcemente alguien. Busco esa voz y me encuentro con la maestra de mi hija. Sí, es bonita. Tiene el cabello largo n***o y cuerpo esbelto. Sin embargo, es otra mujer más. —Buenos días. ¿Cómo va Lia en sus estudios? —indago poniéndome de pie y colocándome frente a ella. —Bien... —responde y se queda callada por segundos—. Ha avanzado bastante... Habla con trabajo pero lo poco que entiendo que dice me gusta escucharlo. Yo trato de darle todo a mi hija pero me gusta que lo que toque de parte de ella lo haga bien. En su caso es estudiar. Asiento sin más y me acerco a mi hija. —Me voy peque —digo y la lleno de besos. —Te amo papá —comenta y sonríe. De pronto siento como quiere decirme algo más, entonces sigo esperando por sus palabras. Me pide que acerque mi oído y así lo hago—. ¿Verás a mi madrina hoy? —pregunta en un susurro. Asiento y ella vuelve a acercarse a mi oído—. Dale un beso de mi parte —dice muy bajo que solo ella y yo escuchamos y yo la miro serio. ¿Está hablando de besos? —Te voy a meter en un convento con monjitas cómo las que visitas con tu abuela si sigues hablando sobre esas cosas —le digo a ella. Ella se pone seria y yo me limito a marcharme. En la mañana reviso todos los almacenes. Verifico las entradas de los productos, las facturas, el estado. La estructura de los almacenes. Todo está en perfectas condiciones. Dejo el almacén de las maquinarias para mini industrias para atenderlo en la tarde. Esa es la parte que me toca con Kimberly Stone. Al mirar el reloj aún faltaba una hora para las tres. En cambio, decido ir a A.S Enterprise. No tenía ya trabajo pendiente y si la cría de Aiden estaba ahí podríamos adelantar el nuestro. Después de saludar en recepción ya entro por mi cuenta. Me encuentro con Aiden y su mujer en mitad de camino hasta la sala de reuniones. Estaban ensimismados riéndo y mirándose hasta que reparan en mí. —Aiden —saludo y extiendo mi mano como siempre. —Reese —devuelve el saludo igual de escueto. Está serio cuando me ve y algo me dice que sabe perfectamente lo que puedo percibir hacia su hija—. Mi mujer Keira. Le extiendo la mano a ella y esta la acepta. Sonríe mientras me observa y después de «mucho gusto» baja su mano. —Kimberly está en la sala de reuniones —informa ella. Aiden sigue tenso y ella le agarra una mano mientras que con la otra le acaricia—. Nosotros saldremos. Asiento. Aiden puede resultar intimidante pero no le bajo la cabeza. No lo haré porque no le tengo miedo. Sé perfectamente que no va a pasar mucho antes de sentarme frente a frente y plantear sus consideraciones. —Mucho gusto Keira —le digo y esta asiente—. Aiden —lo nombro. Los saludos de ambos son mencionar el nombre sin embargo, —Reese —dice y esta vez fue una especie de advertencia. Al entrar a la sala de reuniones me encuentro con la cría de espaldas, mirando por la ventana. No me siente entrar, así que me acerco a ella. A solo unos centímetros la escucho sollozar, está llorando. Repara en mí y automáticamente se limpia la cara. —Llegaste temprano —comenta como si no le sucediese nada. Te das cuenta cuánto buen rollo y alegría puede darte esta chiquilla cuando un momento la encuentras triste. Definitivamente es luz, es alegría y para un ser tan serio como yo, ella es destello. — ¿Qué ha pasado? —indago colocando mis manos en los bolsillos esperando paciente su respuesta. —No ha pasado nada —dice y sonríe. Una sonrisa que no es real como la que aparece normalmente en su cara—. ¿Empezamos a trabajar ya? Nunca he sido amigo de una mujer, tampoco he lidiado con cosas de cría, no le tomaba la mano a una chica para escuchar sus problemas, menos buscaba la forma que lo contara si o sí. Bueno, hoy ese nunca-nunca merecerá un trago próximamente. Agarro su mano y la saco de ahí. Reese Collow escuchará pacientemente todo lo que tenga para contarla Kimberly Stone.
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