No sabía por cuánto tiempo estuve estática. Su voz enviaba corrientes hasta lo más profundo de mi cuerpo. No era la propuesta en sí la que me hacía salivar y sentir el inicio de un incendio en mi cuerpo, era todo lo que conllevaba esa propuesta. Estaba claro que la palabra dormir no sería posible en el diccionario que tiene en las manos Reese. Si hablara la mojigata de Kimberly, esta propuesta la rechazaría y saldría huyendo, pero que le vamos a hacer, lo de mojigata lo dice otra persona; por tanto, me quedo. No puedo negar todo el caos, maravilloso y loco, que desata dentro de mí, el solo pensar en la experiencia. —Madrina ¿Jugamos a algo más? —indaga la niña deteniéndose frente a mí. Es entonces que reparo en ella y me doy cuenta que estoy al borde de la piscina y su padre, provocador

