El día amaneció con un brillo suave que iluminaba la pequeña habitación donde An y su bebé descansaban. An se encontraba sentada junto a la cuna, observando al pequeño dormir. A pesar de todo el caos que la rodeaba, su hijo era un recordatorio de que la vida podía ser hermosa incluso en medio de las tormentas. El suave sonido de pasos hizo que levantara la mirada. Era Zeyan, entrando con cautela, como si temiera interrumpir algo sagrado. Sus ojos se encontraron por un instante antes de que él desviara la mirada hacia el bebé. — ¿Puedo cargarlo? —preguntó con una voz sorprendentemente suave. An dudó por un momento, pero al ver la sinceridad en sus ojos, asintió. Zeyan se acercó, extendiendo los brazos para tomar al pequeño. Lo sostuvo con una delicadeza que parecía impropia de un hombre

