DOS

903 Palabras
Liang An siguió sosteniendo la regadera, sus manos temblaban ligeramente bajo la mirada de Qin Zeyan. Era la primera vez que él se acercaba a ella sin rastro de resentimiento o dureza. Su tono no era cálido, pero tampoco tenía la frialdad que había esperado. —¿Tranquilo? —repitió Zeyan mientras daba un paso más hacia ella. Observó el pequeño espacio que había transformado en un jardín lleno de vida—. No pensé que alguien pudiera encontrar algo especial en este rincón olvidado. An se encogió de hombros, dejando la regadera a un lado. —A veces, los lugares olvidados solo necesitan cuidado para florecer. Zeyan entrecerró los ojos, evaluando sus palabras. Había algo en su voz, una mezcla de honestidad y humildad, que lo desconcertaba. Estaba acostumbrado a las personas que intentaban impresionarlo, halagarlo o manipularlo, pero Liang An parecía diferente. —¿Te gusta la jardinería? —preguntó finalmente, rompiendo el incómodo silencio. —Sí —respondió An con una pequeña sonrisa—. Es lo único en esta casa que me hace sentir útil. Zeyan arqueó una ceja, sorprendido por su franqueza. Sus empleados siempre estaban ocupados intentando demostrar su eficiencia, mientras que esta mujer, su esposa en papel, simplemente buscaba algo que la conectara con el mundo. —¿Útil? —repitió, como si probara la palabra—. Eres la esposa de Qin Zeyan. ¿No debería eso ser suficiente para que te sientas útil? An levantó la mirada, encontrándose con los ojos oscuros de Zeyan. Había algo casi desafiante en su tono, pero ella no se dejó intimidar. —Un título no lo es todo, señor Qin. Zeyan dejó escapar una pequeña risa, algo entre la diversión y el escepticismo. Era la primera vez que alguien lo llamaba "señor Qin" en su propia casa, como si An quisiera establecer una distancia deliberada entre ellos. —Tienes razón —admitió finalmente—. Los títulos no lo son todo. Pero en este mundo, son lo único que parece importar. An se quedó en silencio, sorprendida por su respuesta. Por un breve momento, vio una chispa de vulnerabilidad en él, una g****a en la fachada del hombre poderoso que todos temían. —¿Por qué viniste aquí? —se atrevió a preguntar, rompiendo la tensión. Zeyan desvió la mirada hacia las flores que ella había cuidado con tanto esmero. —Tenía curiosidad —admitió finalmente—. Después de lo de anoche, pensé que era hora de conocer a la mujer que lleva mi apellido. El corazón de An dio un vuelco. Aunque sus palabras parecían superficiales, había algo en su tono que indicaba que quizás había más detrás de su curiosidad. —No soy muy interesante —dijo ella con sinceridad. Zeyan la miró de nuevo, como si intentara descifrarla. —Eso ya lo decidiré yo. Esa noche, mientras An se retiraba a su habitación, no podía dejar de pensar en su breve interacción con Zeyan. Era la primera vez que hablaban de verdad, y aunque todavía la intimidaba, también despertaba en ella un extraño interés. Sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de pasos en el pasillo. Al abrir la puerta, se encontró con Qin Ling, cuya expresión estaba cargada de desdén. —¿Qué estás haciendo con mi hermano? —espetó Ling, cruzándose de brazos. An retrocedió un paso, sorprendida por la agresividad de su cuñada. —No estoy haciendo nada. Él fue quien vino a verme. Ling soltó una risa amarga. —Claro, porque Zeyan de repente decidió interesarse en alguien como tú. No te hagas ilusiones, An. Mi hermano no cambia. Eres solo una obligación para él, y si intentas algo, te aseguro que lo lamentarás. An apretó los labios, resistiendo la tentación de responder. Sabía que cualquier cosa que dijera solo empeoraría las cosas. Ling se giró, lanzándole una última mirada de advertencia antes de marcharse. An cerró la puerta y se sentó en la cama, abrazando sus rodillas. No entendía por qué Ling la odiaba tanto, pero una cosa era segura: Qin Zeyan había comenzado a interesarse por ella, y eso no iba a pasar desapercibido en la mansión Qin. Al día siguiente, durante el desayuno, Zeyan apareció en el comedor, algo que rara vez hacía. An levantó la vista, sorprendida de verlo allí. —Buenos días —dijo él, tomando asiento frente a ella. —Buenos días —respondió An, su voz baja. Ling también estaba presente, y no pasó desapercibido cómo sus ojos se entrecerraron al ver la interacción entre ellos. —¿No vas a decir nada? —preguntó Zeyan, mirando a An con un destello de diversión en sus ojos. —¿Decir qué? —preguntó ella, confundida. —Que soy un pésimo esposo por no haber compartido ni una comida contigo en todo un año. An parpadeó, sorprendida por su sinceridad. Ling dejó caer su tenedor con un estrépito, claramente molesta por el tono relajado de su hermano. —Zeyan, ¿qué estás haciendo? —preguntó Ling, con los labios tensos. —Desayunando con mi esposa —respondió él con tranquilidad, antes de volver su atención a An—. ¿No es eso lo que hacen los matrimonios? An sintió las miradas de los empleados y de Ling sobre ella, pero evitó responder. Zeyan estaba cambiando las reglas del juego, y ella no sabía si eso era una bendición o una amenaza.
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