CAPÍTULO 3: LA SEPARACIÓN Y LAS SOMBRAS QUE SE ACERCAN

1274 Palabras
Los días siguientes fueron los peores de la vida de María José. Alejandro no contestaba sus llamadas ni sus mensajes de texto, y Doña Elena, aunque la trataba con amabilidad, le dijo que su hijo estaba muy dolido y que necesitaba tiempo para pensar. Lucía, por su parte, siguió trabajando en la oficina de Alejandro, y según contaba Carlos, el mejor amigo de él, se había convertido en su apoyo más cercano en esos momentos difíciles. “Esa Lucía es una chica muy buena”, le dijo Carlos a María José en una ocasión cuando ella fue a la oficina a dejar algunas cosas que Alejandro había olvidado en casa. “Ha estado ayudándolo mucho con la empresa y con los trámites legales del divorcio. Dice que solo quiere verlo feliz”. María José sintió cómo le dolía el corazón al escuchar esas palabras. Sabía que Lucía estaba usando la situación para acercarse más a Alejandro, pero no podía hacer nada para demostrarle la verdad. El abogado de Alejandro le informó que él pedía la custodia exclusiva de Sebastián, argumentando que María José no era una madre adecuada porque había engañado a su marido y estaba esperando un bebé de otro hombre. María José contrató a su propio abogado, quien le dijo que su caso era complicado, ya que Alejandro tenía más recursos económicos y Lucía estaba dispuesta a declarar como testigo en su contra. “Lo mejor que podemos hacer por ahora es pedir la custodia compartida”, le dijo el abogado. “Pero si el juez cree las declaraciones de la señora Mendoza, podría decidir otorgar la custodia exclusiva al señor Velázquez”. Un mes después de la discusión en casa, el juez dictaminó la custodia temporal de Sebastián a favor de Alejandro, argumentando que era mejor para el bebé estar en un entorno estable mientras se resolvían los asuntos legales del divorcio. María José solo podía ver a su hijo dos veces por semana, en el parque cercano a su casa, supervisada por un oficial de justicia familiar. Esos encuentros eran los momentos más difíciles y a la vez más felices de su vida. Ver a Sebastián sonreír cuando la veía le llenaba el corazón de alegría, pero tener que dejarlo después de unas horas le producía una tristeza abrumadora. Alejandro nunca asistía a esos encuentros, enviando siempre a Lucía o a su madre para acompañar al bebé. Lucía siempre la saludaba con una sonrisa falsa, haciendo comentarios sobre lo bien que estaba Sebastián con su padre. “El jefe lo adora”, le dijo en una ocasión. “Lo lleva a la oficina con él cuando puede, y hasta ha decorado su despacho con juguetes para que el pequeño se sienta cómodo. Dice que Sebastián es lo único que le queda en la vida”. María José sintió ganas de gritarle que ella también amaba a su hijo, que era su mundo entero, pero se contuvo. Sabía que cualquier reacción emocional podría usarse en su contra en el juicio final. Mientras tanto, la empresa de Alejandro seguía creciendo, y Lucía se estaba convirtiendo en una figura cada vez más importante en la compañía. Carlos le comentó a María José que Lucía había presentado varios proyectos innovadores que habían generado mucho interés por parte de los inversionistas, y que Alejandro estaba pensando en promocionarla a gerente de proyectos. “Ella es muy capaz”, dijo Carlos, con una expresión seria. “Pero honestamente, María José, creo que el jefe está demasiado cerca de ella. No es bueno para él ni para la empresa tener una relación tan íntima con una empleada, especialmente en estos momentos”. María José agradeció la honestidad de Carlos, pero sabía que no podía hacer nada para cambiar las cosas. Alejandro ya no la escucharía, ni la creería, aunque le dijera la verdad mil veces. Un día, mientras María José estaba en su casa, organizando algunas cosas que había hecho para Sebastián, recibió una llamada de la clínica donde trabajaba como voluntaria. La enfermera que la atendía le dijo que una de las mujeres embarazadas que estaba ayudando había tenido complicaciones y necesitaba ser llevada al hospital de emergencia. María José cogió su bolso y salió inmediatamente hacia la clínica. Al llegar, encontró a la joven mujer, Andrea, con dolores intensos en el vientre. La ayudó a subir al ambulancia y la acompañó al hospital, donde los médicos le dijeron que tendrían que realizarle una cesárea de emergencia. María José se quedó con ella durante todo el proceso, sosteniéndola de la mano y animándola con palabras de aliento. Después de varias horas, Andrea dio a luz a una niña prematuro, que tuvo que ser internada en la unidad de cuidados intensivos neonatales. María José la ayudó a llenar los documentos necesarios y se quedó con ella hasta que su familia llegó. Cuando salió del hospital, era ya de noche, y decidió pasar por la oficina de Alejandro para dejarle un mensaje, ya que no había podido contactarlo para avisarle que se retrasaría en su encuentro semanal con Sebastián. Cuando llegó a la oficina, encontró que las luces estaban encendidas. Se acercó al despacho de Alejandro y escuchó voces dentro – la voz de Alejandro y la voz de Lucía. Al principio, no podía distinguir lo que estaban diciendo, pero luego la voz de Lucía se hizo más clara: “Ya casi tenemos todo listo, mi amor. El juez va a dictaminar la custodia exclusiva de Sebastián a favor de Alejandro, y con los documentos que hemos falsificado, va a parecer que María José está completamente destrozada emocionalmente y no es capaz de cuidar de él. Una vez que el divorcio sea oficial, nos casaremos y tendremos todo – la empresa, el dinero, y Sebastián, que creerá que yo soy su madre”. María José sintió cómo se le helaba la sangre en las venas. No podía creer lo que estaba escuchando. Lucía estaba mintiendo a Alejandro, falsificando documentos, y planeaba quedarse con su hijo y con la empresa. “Y una vez que nos casemos”, continuó Lucía, “pondré toda la propiedad de la empresa a mi nombre, como acordamos. Y entonces podremos deshacernos de Alejandro y de Sebastián. Ya no tendrán ninguna utilidad para mí”. María José tuvo que contenerse para no gritar. Lucía no solo estaba engañando a Alejandro, sino que también planeaba matarlo a él y a su hijo una vez que obtuviera todo lo que quería. “Pero ¿qué pasa con César?”, preguntó la voz de un hombre que María José no reconocía. “¿No tenías un plan con él?” “César es un idiota que creyó que realmente estaba interesada en él”, respondió Lucía con una risa fría. “Lo usé para que Alejandro creyera que María José estaba engañándolo. Le pagué para que se hiciera pasar por su amante y para que dejara mensajes comprometedores en su teléfono. Ahora ya no lo necesito más – cuando termine todo, lo enviaré a otro país o lo eliminaré si es necesario”. María José sacó su teléfono móvil y comenzó a grabar la conversación. Sabía que esa grabación sería la prueba que necesitaba para demostrar la verdad a Alejandro y para recuperar la custodia de Sebastián. Mientras grababa, escuchó cómo Lucía continuaba hablando con el hombre – quien resultó ser su verdadero novio, un abogado corrupto que había ayudado a falsificar los documentos – sobre los detalles de su plan. Hablaban de cómo iban a hacer que pareciera que Alejandro había muerto
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