Capítulo 4: mi madura compañera de cuarto (parte 1)

1431 Palabras
A la mañana siguiente, Lía decidió ir al supermercado y compró varias mudas de ropa para hombre, al igual como unas sandalias para estar en casa que creyó le podrían quedar bien. Oliver iba a necesitar ropa interior, ¿qué talla sería? ¿La ropa interior de hombre se medía igual que la de la mujer? Por Dios, ¿por qué acostumbrarse a las cosas nuevas era tan difícil? ¿Por qué no había un manual que indicara cómo comportarse en momentos de crisis cuando la vida tenía cambios? La vida en sí misma necesitaba un manual de instrucciones, sobre todo cuando se crece y debe comportarse como un adulto responsable. Lía tomó un paquete de bóxer en promoción tres por uno y lo echó en el carrito de compras, ruborizándose y mordiéndose el labio inferior. La vida en sí misma le estaba pidiendo demasiado. Era imposible que tuviera conocimiento básico de qué hacer con un hombre viviendo en su casa cuando casi toda su vida estuvo sola, sin novio, viviendo encerrada en una habitación de dos metros de ancho y largo, pegada frente a una computadora. ¿Y ahora debía pretender que era una adulta funcional que sabía cómo lidiar con un hombre mayor que ella? Se preguntó si Oliver se iba a sentir ofendido por haberle comprado ropa, así que intentó disimularlo comprándose dos vestidos y unos tacones rojos que sabía nunca iba a usar. Cuando llegó al apartamento, encontró a Oliver trabajando en la sala con una de sus laptops, tecleaba como si no hubiera un mañana y usaba unos lentes de marco grueso color n***o. Lía se sintió incómoda, le pareció que se veía muy del chico guapo que no usaría ropa barata comprada en promoción. Entró a su habitación sin decirle nada y caminó en círculos, preguntándose cómo entregarle las cosas que le compró sin que fuese a sentirse ofendido. El problema de haberse empezado a hacer amiga de él era eso, tener que medir sus palabras. Sintió la ansiedad bajar a su estómago y burbujear hasta inflarle toda la barriga con gases. Maldita sea. Ahora tenía indigestión y a ese paso iba a terminar vomitando y con retorcijones. Intentó calmarse y respiró hondo. —Debes calmarte, ¿ok? Nada más es un hombre, no te comportes como caperucita roja. Deja de ser tan tonta —susurró. Al final lo llamó a la habitación y él entró con disimulo, por su cara supo que ya había imaginado qué le iba a entregar. Lía trató de restarle importancia diciéndole que si algún día su cuñado llegaba a visitarles sería incómodo que lo viera con su ropa puesta. Oliver se limitó a agradecer con una sonrisa amable. Pero Lía se preguntó si la ropa era de su gusto. Trató de ser lo más básica posible, pues notó que Oliver tenía un gusto bastante sobrio. Comenzaron a crear una rutina que consistía en Lía trabajar como siempre en su cuarto de estudio y nada más salir cuando Oliver le informaba que la comida estaba lista. Ella también lo veía trabajar en sus computadoras. Así que le sugirió que trabajara con ella en el cuarto, que tenía algo de espacio. Al principio Oliver decía que estaba bien en la sala, pero con el pasar de tres días, aceptó su oferta y movieron algunas cosas para que pudieran caber sus computadoras en una mesa que Evie tenía en una esquina. Afortunadamente Lía compró una silla de escritorio dos semanas atrás y había una de más, así que Oliver usó esa. A Lía le preocupaba un poco que el joven pudiese suponerle una distracción, pero no fue así, Oliver no la molestaba en lo absoluto. Además, pudo darse cuenta de que era programador, parecía estar creando un sitio web o arreglando uno; sabrá Dios qué hacía, pero parecía importante. Además, se tomaba ciertos descansos para postularse a trabajos. Oliver se creó un horario para ir a preparar el almuerzo y la cena, además de tomarse una siesta después de almuerzo. Nunca entraba a la habitación de Lía a menos que fuera para ducharse o limpiarla. Era un buen compañero de cuarto. Lía nunca se había alimentado tan bien. ❦❦❦ Oliver admiraba a Lía. Nunca había conocido una mujer más trabajadora y madura como ella. Dios mío, ni él se comportaba tan centrado cuando tenía veintitrés años. Tal vez y el único defecto que tenía aquella chica era lo tan trabajadora que era. Nunca descansaba. Literalmente, Lía a veces no descansaba. A veces se despertaba en la noche para ir al baño de invitados y notaba su presencia en la oficina. Era tan silenciosa que a veces se le olvidaba que estaba en el apartamento. Se alimentaba de café y sopas instantáneas. Cuando salía de la oficina era para cosas precisas como ir a buscar más café o comer algo rápido mientras se recostaba al mesón de mármol. Daba unos pocos bocados y volvía a su trabajo. A veces ni siquiera se quitaba el guante de la mano derecha y llevaba el lápiz en su moño. Usaba unos lentes en forma de gato de color dorado que la hacían ver como toda una literata, de esas que parecen que lo saben todo, como un gurú. Le gustaba quedarle viendo, era tan delgada y usaba esos vestidos acampanados que le adornaban su figura, con su cabello amarrado en forma de globo. Y cuando dibujaba, subía las dos piernas a la silla de escritorio y las entrelazaba; básicamente podía durar horas en aquella postura. Y emanaba silencio, con su rostro serio, entrecerrando por momentos la mirada. Pero nada más bastaba con voltearlo a ver para soltarle una sonrisa. Estaba seguro de que, en su anterior vida, cuando creía poseerlo todo, jamás habría volteado a ver a Lía en la calle. Con el pasar de los días se dio cuenta que era una chica que no le gustaba llamar la atención, pasaba desapercibida entre un montón de personas. Le daba la sensación de haber conseguido un diamante en bruto. No conocía casi nada de Lía, nada más que le gustaba hablar de temas básicos como su trabajo. Pero no le contó cosas importantes como si tenía amigos, hermanos, si sus padres estaban vivos o cómo terminó trabajando para una empresa extranjera. Ni siquiera le dijo en qué historieta trabajaba tantas horas. Y como parecía estar ocupadísima, no quería interrumpirla. Con el paso de tres días, Oliver sabía que la chica apenas llegó a dormir en la cama una sola vez, y eso fue en su segunda noche. Cuando almorzaron ese tercer día, Lía tenía unas ojeras muy pronunciadas, ni sus lentes gatunos podían ocultarlas. Tenía una apariencia de ser un vampiro recién levantado de una larga siesta; pero la cosa es que, en su caso, ella no durmió nada. Lo único que él podía hacer por ella era prepararle comida y esperar a que tuviera la suerte que Lía aceptara comer. En un inicio creyó que era comelona, pero era todo lo contrario, apenas si probaba bocados. Le daba la impresión de que a la chica pasar tanto tiempo estresada le cortaba el hambre. Lía le insistió en que trabajara en su oficina, le sacó espacio para que pudiera colocar sus computadores. Así, estando él también en aquel cuarto, podía notar más cosas de aquella enigmática chica. Parecía una gata. Apenas hacía ruidos y todo su rostro se concentraba en una sola cosa. Sentía que él le estorbaba. Ese era su espacio. Quería levantarse y revolverle el cabello, quitarle sus lentes gatunos y jalarle las mejillas. Todo en Lía era tierno. Era una chiquilla que no le quedaba el ser tan adulta. Debía estar allá afuera, saliendo a fiestas y coqueteando con chicos. ¿A qué edad terminó la universidad? Seguro y se graduó con honores. ¿Y cómo le hizo para terminar trabajando con una empresa coreana? ¿Hablaba varios idiomas? Al quinto día tomó la excusa de que le traía un pocillo de café y se asomó por encima de su hombro y se llevó la gran sorpresa de verla escribiendo en un idioma que no entendió bien, ¿eso eran caracteres chinos o coreanos? Dios mío, esa chica cada día lo sorprendía con algo nuevo. Y a Lía le gustaba ahorrar, tenía todo un cofre guardado con fajos de dinero en el closet (lo encontró cuando organizaba la ropa), además que llevaba una libreta contable de todos los gastos del mes. Ni siquiera él era tan organizado con sus finanzas. Si al menos Lía se cuidara más, sería la chica perfecta.
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