Capítulo 13

1280 Palabras
Apenas llegué a mi departamento, lo primero que hice fue tomar una ducha rápida. El agua caliente me relajó lo suficiente como para sacudirme el cansancio del cuerpo. Después me puse la pijama, programé la alarma y me recosté en la cama con la intención de descansar unas horas antes de partir al congreso de psicología. Dormí como un bebé. El sonido de la alarma me despertó y, sin pensarlo dos veces, la apagué. Me metí de nuevo al baño, me duché y seguí mi rutina diaria. Me vestí con un conjunto elegante, perfecto para el evento, y tomé mi maleta, que ya había dejado preparada desde la noche anterior. Agarré también unos documentos importantes y salí directo al aeropuerto. Durante el trayecto, no pude evitar sonreír al imaginar al señor Lombardía buscándome por toda la ciudad sin éxito. Seguramente estará furioso cuando descubra que me fui sin decir nada, sobre todo ahora que estaba tan empeñado en esa absurda revancha. Pero ese será un problema que enfrentaré cuando regrese... o tal vez no. Disfruté muchísimo volver a tomar el control. Y no fue solo un juego: pude verlo en sus ojos. A Bryan Lombardía también le encantó ser dominado. Él aún intenta resistirse, aferrándose a su papel de hombre fuerte e inquebrantable, pero sé que no tardará en rendirse por completo. No será por obligación ni por cumplir ese contrato que firmamos. Será porque él lo desea, porque algo en él anhela que yo sea quien lo domine. Y yo no voy a retroceder. Siempre he sabido lo que quiero, y sé perfectamente cómo conseguirlo. Mientras él siga siendo parte de mi vida, haré todo lo necesario para mantener el control. Mi lado sumiso es casi inexistente, y aunque en ocasiones le he permitido castigarme «más como un gesto simbólico que real», no lo disfruto. Me deja de mal humor, frustrada. Nada agradable. Por eso me esfuerzo tanto: porque sé que estoy muy cerca de lograr que el señor Lombardía se arrodille ante mí por voluntad propia. El contrato que firmamos establece que ambos podemos turnarnos para dominar al otro. En teoría, suena justo. Pero en la práctica... eso no me convence. Yo nací para dominar, no para obedecer. Y tarde o temprano, él lo entenderá. En cuanto llegué al aeropuerto, me llevé una gran sorpresa: Martín Fuentes estaba allí. Un viejo amigo, compañero de universidad y de algunas sesiones intensas de juego. Un excelente sumiso, de esos que no se encuentran con facilidad. Él lleva la sumisión a otro nivel. Acepta cualquier castigo sin rechistar, jamás contradice una orden y, cuando está frente a su Domme, agacha la cabeza con humildad y respeto. —¡Martín Fuentes! —exclamé al verlo, caminando hacia él con una sonrisa. Le di un beso en la mejilla, y él respondió de la misma forma. Nuestra relación siempre fue clara: nunca fuimos pareja ni nada parecido. Solo compañeros de juego. Además, es un gran colega. Con él descubrí muchas cosas del b**m, entre ellas, que definitivamente no soy sumisa. Bryan cree que es el primero que intenta convencerme de obedecer y de rendirme. Pero antes que él, estuvo Martín. Y fue él quien terminó rindiéndose, aceptando lo que en verdad era. —¡Itzel! Qué placer volver a verte —respondió él, sonriente—. Sabía que podríamos coincidir en el congreso, pero jamás imaginé que viajaríamos en el mismo vuelo. ¿Y dime, ya tienes sumiso? Martín nunca da rodeos. Va directo al punto, como siempre. —Bueno, algo así —respondí con una pequeña sonrisa—. Es complicado. El hombre en cuestión se resiste, como lo hacías tú al principio. Pero caerá... como caíste tú. Martín soltó una carcajada que hizo que varias personas nos voltearan a ver. —No cambias, Itzel. Siempre haciendo que los hombres descubran su lado sumiso. Eres terrible. Ambos reímos mientras hacíamos fila para el chequeo del equipaje. —No todos, Martín. Uno reconoce cuándo un hombre tiene talento para la sumisión. Se nota en sus gestos, en su mirada, y en su forma de reaccionar. El problema es que la mayoría se niega a aceptarlo. El machismo sigue muy presente incluso dentro del b**m. A la gente le parece normal que un hombre sea dominante y una mujer sumisa. Pero yo no. Yo no encajo en ese molde. Así como hay mujeres que disfrutan someterse, también hay hombres que encuentran placer en rendirse. Solo necesitan a alguien que se los demuestre. —Tienes razón. Siempre lo has dicho. El problema es que pocos lo aceptan —respondió Martín, cruzando los brazos—. Pero me gusta que sigas siendo tan honesta con lo que piensas. —Gracias. No me interesa convencer a nadie. Pero si descubro que un hombre tiene potencial como sumiso, hago lo posible por abrirle los ojos. Al final, la experiencia siempre les gusta más de lo que imaginaban. —Me parece justo. Y ya que viajas sola... significa que no eres exclusiva de nadie —dijo, con una mirada traviesa—. Te invito a una fiesta privada mañana por la noche. Es en una mansión. Habrá juegos, habitaciones temáticas, los mejores Dom y Dommes. Solo lo mejor de lo mejor. ¿Te animas? Martín se acercó con descaro, aunque su tono seguía siendo respetuoso. Lo miré con diversión. —Te haré recordar cómo se comporta un buen sumiso —le respondí, provocándolo. Martín hizo una pequeña reverencia, y ambos sonreímos. No lo tenía planeado, pero pasar una noche con él después del congreso no sonaba nada mal. Con Bryan voy lento, cuidando cada paso para no asustarlo. Pero con Martín... puedo ser yo sin filtros. Él está acostumbrado a mis métodos. Sabe lo que hago, lo que exijo, y lo disfruta. Una hora después, ya estábamos abordando el avión. Este viaje, sin duda, sería más productivo de lo que había imaginado. Iba a reencontrarme con parte de mi pasado, a retomar dinámicas que hacía tiempo no practicaba. Y quizás, incluso, a aprender algo nuevo. Siempre intento mantenerme al día con las últimas prácticas del b**m, pero en cada fiesta se descubren cosas nuevas. Nuevas técnicas, nuevas ideas, nuevas sensaciones. Estoy abierta a todo eso. Mientras tanto, el señor Lombardía ni se enterará de mi ausencia. Ni siquiera sabe que estoy fuera de la ciudad. Así que no hay razón para sentir culpa. No le debo explicaciones. Durante el vuelo, Martín y yo no paramos de conversar. Entre bromas, miradas cargadas de intención y recuerdos de nuestras antiguas sesiones, el tiempo se pasó volando. Él es un sumiso excepcional. Sin embargo, siempre ha buscado una conexión más allá del juego. Yo, en cambio, me concentro solo en el placer. No me interesa lo emocional, no en estas dinámicas. Mientras haya deseo y obediencia, todo funciona. Por eso siempre digo: antes muerta que sumisa. Con Bryan no puedo jugar con total libertad. Aún no. Él sigue en su fase de negación, creyendo que puede resistirme. Pero con Martín es distinto. Con él puedo ser intensa, exigente, dura. Puedo castigar como quiera, sin tener que medir cada paso. Él está listo, dispuesto... y ansioso. Y lo pienso castigar. Lo haré como me habría encantado hacerlo con el señor Lombardía. Porque cada castigo que no le apliqué a Bryan, lo descargará Martín. No con odio, ni por despecho, sino como una forma de reafirmar quién soy. De no perderme en los juegos de un hombre que aún no decide si se entrega o se aleja. Yo ya elegí. Y mientras él se aclara, yo sigo siendo yo: Itzel León. Dominante por naturaleza. Mujer de carácter. Y sobre todo... dueña de mí misma.
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