CAPÍTULO 7 Tyler – POV

1172 Palabras
No suelo quedarme. Nunca he sido de esas personas que se acuestan con alguien y despiertan queriendo más. Me gusta el control, los planes bien hechos, las salidas claras. No suelo despertar con alguien a mi lado y sentir calma… pero esa mañana, con el sol entrando a borbotones por la ventana y April dormida apoyada en mi pecho, algo no encajaba con mi forma de ser… y al mismo tiempo, todo encajaba como nunca antes. La observé en silencio, sin mover un músculo para no despertarla. El cabello rojo desparramado sobre la almohada como una mancha de fuego, sus pestañas temblando con los sueños que guardaba, el rostro sereno y ajeno al caos que podría desencadenarse sin siquiera intentarlo. No era solo deseo lo que sentía. Eso ya lo había vivido cientos de veces, con mujeres hermosas y dispuestas, con noches que se olvidaban al día siguiente. Esto era distinto. Más lento. Más profundo. Más peligroso que cualquier carga que haya movido en mi vida. Anoche no fue solo una noche de pasión. Fue una grieta en el muro que había construido alrededor mío. Un agujero por donde se metió la luz y el caos a la vez. Me incorporé con cuidado, deslizando su cuerpo suavemente hasta que reposara solo en la almohada. Mis músculos dolían de la tensión que llevo acumulada semanas atrás – he estado trabajando en expandir las rutas hacia California, y el último cargamento iba a salir esta semana bajo el mando de uno de mis socios. Capitán Almonte, quien pilotea la avioneta, había dicho que se tomaría un fin de semana antes del vuelo para descansar… así que por ahora todo está tranquilo, sin señales de alerta, sin preguntas sin respuesta. Pero en ese instante, ni el dinero ni los planes importaban. Pensé en Alice. En su mirada rota cuando descubrió que yo no la quería. En su orgullo hecho trizas, en las palabras que le había dicho sin querer herirla pero sin poder fingir. No soy un santo. Nunca lo fui. Mi camino se ha pavimentado de decisiones duras, de negocios sucios, de gente que se ha ido y no ha vuelto. Pero tampoco soy un mentiroso. Nunca le prometí nada a Alice que no sintiera. El problema era que ella escuchó promesas donde solo había un juego sin consecuencias… y April apareció cuando menos lo esperaba, cuando ya no buscaba nada más que un respiro del ritmo acelerado de mi vida. Y cuando apareció, todo cambió. Nada de esto estaba calculado. No invité a las chicas a la villa pensando en encontrarme con alguien que me hiciera dudar de todo. El viaje fue una distracción, la cercanía fue casual, la playa fue un impulso. Pero desde el primer momento en que la vi caminar descalza por la arena, con el vestido blanco ondeando al viento y los ojos grises mirando al mar como si encontrara respuestas ahí, supe que iba a complicarme la vida de una forma que no podía controlar. No buscaba enamorarme – ni siquiera me acordaba la última vez que había sentido algo así. Buscaba escapar de mis propios problemas. Y terminé encontrando algo que no sabía que me faltaba: paz. Cuando bajamos a la cocina horas después y Alice vio que estábamos juntos, que yo no la iba a elegir a ella, sentí el peso de mis decisiones caer de golpe sobre mis hombros. Defender a April fue instintivo. No lo pensé dos veces, no calculé las consecuencias. Simplemente lo hice, porque vi el miedo en sus ojos y supe que no podía dejarla sola frente a la ira de su amiga. Y en ese gesto brusco y sin filtro entendí algo clave: cuando eliges a alguien, ya no hay marcha atrás. Ya no puedes decir que fue un error, que no quisiste hacer daño. Ya estás metido hasta el cuello. Alice se fue con la maleta en la mano, amenazando con ojos llenos de lágrimas y furia. Sabía que no era el final. Conozco ese tipo de mujeres – las que no gritan cuando se rinden, gritan cuando están planeando cómo recuperarse. Las que no olvidan, las que esperan el momento justo para atacar. Y con los recursos que tiene su padre, un magnate corrupto que no se anda con rodeos, sabía que su venganza no sería solo de palabras. Volví la mirada hacia April mientras recogía los platos de la cena anterior. Estaba tensa, sus hombros rígidos, pero su espalda estaba firme. No se escondió detrás de mí. No huyó a su habitación. Eso me gustó más de lo que debería admitir. Me gustó que tuviera fuerza, que no se dejara llevar por el miedo. Me gustó que fuera real. —Esto se va a poner difícil —le dije más tarde, cuando el silencio volvió a envolver la casa y estábamos sentados en el sofá, viendo una película que ninguno de los dos veía de verdad. Ella levantó la cabeza de mi hombro y me miró sin miedo, sin dudas. Sus ojos grises me clavaron hasta el alma. —Nunca he elegido lo fácil, Tyler. Nunca. Sonreí por primera vez en días. Porque yo tampoco. Porque esa frase me dijo más de ella que todas las conversaciones anteriores. Pasamos el día refugiados en pequeñas cosas que no tenían nada que ver con mi mundo: series absurdas donde los personajes hacían tonterías sin consecuencias, comida rápida que mi cocinero nunca permitiría en la casa, conversaciones que no pretendían impresionar ni ocultar nada. Le conté sobre mi infancia en México, sobre cómo había aprendido a valerme solo desde que era niño. Ella me contó sobre sus padres, sobre cómo estudia arquitectura para sentir que su madre sigue ahí, a su lado. Y en cada risa compartida, en cada roce casual de manos, en cada silencio cómodo, entendí que lo que estaba empezando entre nosotros no era un error pasajero… era una elección. La primera elección sincera que hacía desde hacía mucho tiempo. ¿Traería consecuencias? Claro que sí. Alice no iba a dejarlo pasar, mi mundo de negocios no iba a desaparecer, su familia no iba a aceptar a un hombre como yo. ¿Dolor? Probablemente más del que puedo soportar. Pero por primera vez en mucho tiempo, no quería huir antes de sentir. No quería dejar pasar esta oportunidad de saber qué se siente tener algo real, algo que no se compra ni se vende, algo que no depende de cargamentos o acuerdos complicados. Mientras la noche volvía a envolver la villa con sus sombras y sus promesas, y April se acercaba a mí en el sofá como si ya supiera que ese era su lugar – al menos por ahora –, acepté una verdad incómoda y hermosa a la vez: Esta historia ya no se trataba de una noche de pasión. Esta historia ya no se trataba de mí solo. Y yo estaba dispuesto a enfrentar lo que viniera… incluso a mí mismo. Porque para la primera vez en mi vida, valía la pena el riesgo.
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