Capítulo 29: Secretos que queman

1255 Palabras
En la terraza trasera de la mansión Lombardi, rodeada de jardines perfectamente cuidados y fuentes de piedra que murmuraban con agua cristalina, Ricardo y Alice hablaban en voz baja bajo la sombra de un gran roble centenario. Las luces del jardín comenzaban a encenderse poco a poco, bañando el espacio en tonos dorados y cálidos. —April está en Los Ángeles con Tyler —dijo Ricardo, apoyándose en la barandilla de hierro forjado y mirando hacia el horizonte donde el sol se desvanecía—. La vi ayer cuando llegaron, estaba más pálida de lo normal. Pero ella no sabe nada de nosotros, de que estamos juntos desde que volví de Europa. Alice lo miró fijo, sus ojos azules como hielo bajo la luz tenue. Se ajustó la manga de su vestido de encaje n***o y negó con la cabeza con determinación. —No se lo digas. Nunca. No tiene por qué enterarse de nada entre nosotros. Ricardo frunció el ceño, pasándose una mano por el cabello oscuro con gesto frustrado. Había intentado varias veces hablar de esto, pero siempre encontraba la misma resistencia en ella. —¿Por qué no? —preguntó, volviéndose para enfrentarla directamente—. Soy su tío, y alguna vez fuimos tú y yo novios, Alice. Y aunque ahora nuestras vidas tomaron caminos diferentes, recuerdo que éramos los tres siempre juntos – tú, yo y April. Ella me quiere como a un padre, y si se entera,se enojara conmigo ella y yo no tenemos secretos y no quiero que volvamos a tener esa relación que tuvimos antes. ¿No sería mejor así? No tener que escondernos como si tuviéramos algo que ocultar. Alice se tensó de golpe, su mandíbula se apretó y sus manos cerraron en puños. El aire cálido de la tarde se volvió pesado entre ellos. —No —repitió, con una voz que no dejaba lugar a discusiones—. Cuando éramos amigos, pero ahora es diferente. No quiero ser su amiga, punto. No quiero dramas ni reconciliaciones falsas, donde ella intente hacer de las suyas como siempre. Ya tuve suficiente de sus “buenos consejos” y su forma de hacer sentir a todos pequeños. La discusión subió de tono, los murmullos se convirtieron en palabras más altas que resonaban en la terraza vacía: —Alice, esto es ridículo —insistió Ricardo, perdiendo la paciencia—. Hemos estado juntos por tres meses, y cada vez que menciono a April te pones así. ¿Hasta cuándo vamos a seguir escondiéndonos? ¿Hasta cuando tendré que mentirle a mi sobrina cada vez que pregunten dónde estoy? —Hasta que yo diga —respondió ella, acercándose a él con paso firme—. Si no te gusta, termina aquí. Ahora mismo. No te obligo a estar conmigo si no puedes respetar mis condiciones. Ricardo suspiró, con la cabeza baja y los hombros caídos. Sabía que no podía ganar esta batalla, que Alice tenía sus razones profundas aunque no quisiera compartirlas. Con un gesto brusco, tomó su chaqueta del respaldo de la silla y se fue sin despedirse, cerrando la puerta de vidrio con un golpe seco que hizo temblar los cristales. Afuera, en la entrada de la mansión, con sus grandes puertas de madera maciza y los leones de piedra que vigilaban el camino, se encontró con Vanessa que llegaba en su coche deportivo rojo. Ella bajó con la maleta en la mano, sorprendida al verlo salir con esa expresión contrariada. —Ricardo —saludó ella, deteniéndose en seco—. ¿Todo bien? No esperaba verte por aquí. Él solo asintió con la cabeza, sin mirarla a los ojos, y siguió camino hacia su auto. Vanessa lo miró irse con ceño fruncido, luego entró en la mansión con la sensación de que algo no iba bien. Dentro, Alice la recibió en el salón – un espacio amplio con techos altos, muebles de cuero oscuro y cuadros de artistas contemporáneos en las paredes. Había encendido algunas velas aromáticas que llenaban el aire de un olor a sándalo y jazmín. —¿Y tu plan? —preguntó Vanessa sin rodeos, dejando su maleta en un sofá y sentándose frente a ella—. Llegué tan rápido como pude cuando me mandaste el mensaje. Ya tienes todo listo? Alice sonrió fría, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Se levantó y caminó hasta la barra del salón, preparándose un trago con whisky escocés. —Ya encontré al tipo —dijo, sirviéndose el licor en un vaso de cristal grueso—. Es un amigo de la universidad, trabaja en una firma de abogados. No tiene idea de lo que estoy haciendo. Me dejará embarazada, y luego haré creer a April y a Tyler que el bebé es de él. Que durante la vez que estuve en su villa hace años, tuvimos algo y ahora esto es el resultado. Vanessa palideció, pasándose las manos por las piernas con gesto nervioso. Conocía la obsesión de Alice por Tyler, pero nunca imaginó que llegaría a esto. —¿Estás loca? —exclamó, levantándose de un salto—. Es muy arriesgado, Alice. Sabes cómo es Armando, tu padre: celoso, sobreprotector y capaz de cualquier cosa cuando se trata de ti. Si se entera que crees que el bebé es de Tyler – un hombre que él considera un peligro para la familia – mandará matarlo sin dudar. Y April… ella te quería como hermana, nunca te perdonaría algo así. Alice se encogió de hombros, tomando un sorbo de whisky que quemó su garganta. Su mirada estaba perdida en el fuego de la chimenea. —Armando no puede enterarse aún. Nadie —dijo, con voz baja pero firme—. Lo tendré todo bajo control antes de que él se dé cuenta de nada. Solo necesito que la mentira cuele, que April crea que Tyler la ha engañado de la peor manera posible. Vanessa suspiró, sentándose de nuevo con la cabeza entre las manos. Había intentado disuadirla varias veces, pero sabía que cuando Alice se ponía las pilas, nadie podía detenerla. —April se fue del apartamento de Tyler —contó, rompiendo el silencio—. No se siente a gusto con su abuela, dice que la tratan como si fuera una niña pequeña. Y lo peor… no quiere aceptar del todo que Tyler es su novio… o su marido, como ellos se llaman entre sí. Dice que le tiene miedo al futuro, a lo que puede pasar con Rubén Darío. Alice soltó una risa baja y sarcástica, moviendo el whisky en su vaso. —Perfecto —murmuró—. Cuanto más sola esté, más vulnerable será. Cuando se entere de mi “embarazo”, no tendrá a nadie en quien apoyarse. Ya no tendrá fuerzas para defenderlo, y Tyler quedará solo, sin nadie que crea en él. Vanessa se levantó, lista para irse. Sabía que no podía hacer nada más por ahora, que solo podía esperar que el plan de Alice no saliera completamente mal. —Ten cuidado, Alice —advirtió, poniéndose la chaqueta—. Esto puede salir muy mal. Para todos. Alice tocó su vientre plano con la mano derecha, cerrando los ojos por un instante como si ya pudiera sentir la vida allí. Cuando los abrió, brillaban con una intensidad escalofriante. —Saldrá como quiero —dijo, con una determinación que dejaba claro que la conversación había terminado—. Siempre sale como quiero. ✨ Capítulo 29 corregido y listo. ¿Quieres continuar con el Capítulo 30? 🖤
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