(Primera persona – Alice) La habitación se sentía más pequeña de lo normal esa tarde. La luz del sol se filtraba por las cortinas entreabiertas y dibujaba rayas doradas en el piso de mármol, pero a mí me daba igual. Estaba sentada en el borde de la cama, con una mano en el vientre y la otra apretando el borde de la bata de seda como si eso pudiera mantener todo en su lugar. El moretón en la sien aún dolía cuando lo tocaba, pero el dolor real era otro: el que sentía en el pecho cada vez que pensaba en cómo se me había salido todo de las manos. La puerta se abrió de golpe. Vanessa entró sin tocar, con la cara pálida y los ojos muy abiertos, como si hubiera corrido desde el otro lado de la ciudad. Cerró la puerta detrás de ella y se apoyó en la madera un segundo, respirando agitada. —Alice

