Klaus no es un mocinho, un lord o un héroe, sospecho que ni siquiera sabe lo que es la amabilidad, no van a encontrar flores ni romanticismo, al menos no en los primeros capítulos. Esta es una historia de amor, pero también de redención, de perdón y de cuidado mutuo. En algún momento nos enamoramos de Klaus, es imposible no amar a un villano que sufre, hasta deseamos ponerlo en un frasco.
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Nochebuena
Estaba lloviendo afuera, la noche era fría y ruidosa, odiaba ese clima, pues los recuerdos lo golpeaban como brasas en carne viva, estaba fumando un cigarrillo, desnudo, ya que la ropa seguía incomodándolo después de tantos años.
A través de la cámara de seguridad notó que el coche de su padre se acercaba, no sabía por qué Otto Franchini aún lo buscaba, habían dejado de amarse hace mucho tiempo. Tenían la misma sangre, pero no eran padre e hijo.
Klaus perdió la capacidad de amar cuando su madre murió, y eso desencadenó crisis violentas aún en la infancia.
El día de la misa del séptimo día de Magdalena Franchini, fue la primera internación de Klaus. Después de eso, su vida se convirtió en una sucesión de internaciones, hasta el día que cumplió dieciocho años.
No se preocupó por ponerse ropa, la vergüenza de estar desnudo frente a otra persona desapareció en la adolescencia. En los hospitales psiquiátricos no había privacidad, y hubo momentos en que pasaba días sin acceso a ninguna prenda, como garantía de que no se escaparía.
Klaus continuó mirando por la ventana, cuando el coche se detuvo, dio acceso a su padre para entrar y se fue a acostar en el sofá, no deseaba compañía, conversación ni interacción. Dentro de él solo había oscuridad y nada más.
No perdió tiempo mirando a su padre, cerró los ojos y esperó lo que tenía que decir:
_ Traje algo para ti.
_ Déjalo ahí y vete, no necesitabas haber venido, no hice una invitación.
Escuchó un llanto, parecía femenino, a pesar de los trastornos nunca había tenido alucinaciones, no podía comenzar con eso ahora, pero el llanto parecía real, entonces, Klaus abrió los ojos.
Había una chica al lado de su padre, con un vestido blanco, un bolso viejo y descalza, la chica lo miraba como si él fuera el propio demonio.
Klaus tomó una bermuda y se la puso.
-¿Por qué diablos hay una chica en mi sala, se ha vuelto loco?
-No es una chica, es una mujer. De hecho, es tu mujer.
Klaus se rió.
-Vete y llévate a la chiquilla contigo.
-No la llevaré. Hice un trato, ella se queda aquí, haz lo que quieras con ella.
Otto se fue y dejó a la chica encogida como un conejo en la madriguera del lobo, temblaba de pies a cabeza.
Otto ya había amenazado con conseguir a alguien para vivir con él, pero nunca lo había cumplido.
-Vete, no eres bienvenida.
La chica permaneció en silencio.
Klaus la tomó del brazo, la arrastró hacia afuera, si no era una niña, podía muy bien irse. Nunca quiso compañía.
La dejó en la acera y trancó el portón.
Entró, se quitó la bermuda nuevamente.
Borró de su mente la existencia de la mujer, en realidad era una mujer, pero estaba asustada con el mundo.
No había taxi, ni un autobús cerca, sin embargo, solo necesitaba llamar a alguien. Pero después de tres horas, la chica seguía en el mismo lugar.
Klaus tiró el vaso al suelo.
Vivía alejado de la sociedad, en un bosque espeso, con piscina, jardín, una casa cómoda, aunque la casa era casi inhabitable porque solo limpiaba la habitación y el baño.
Su comida, la pedía tres veces a la semana o el día que estaba lúcido para eso. En algunos días su mente se descontrolaba, se ponía más irritado de lo habitual, en esos momentos caminaba desesperadamente por la propiedad, escalaba algunos puntos más altos, bebía hasta caer, solo así no salía a poner en práctica todo lo que su mente deseaba. Y ahora había una niña en su puerta, entregada a sus deseos más oscuros y siniestros, su padre quería convertirlo en un maníaco además, no bastaba con ser loco.
Lia no tenía adónde ir, no había una casa, una amiga, o incluso una tía. Su familia había muerto durante la pandemia, en un acto de desesperación había vendido la casa, el coche y todo lo que tenía, pero era joven, sin experiencia en la vida, y el comprador la engañó, pagó mucho menos de lo que valía la casa, y el dinero se acabó más rápido de lo que imaginó. Así, terminó trabajando en la casa de Otto Franchini, y fue tan estúpida que la volvieron a engañar, el jefe la hizo pasar por ladrona, se quedaba en la casa de Klaus o iba a la cárcel.
Otto había prometido hacer su vida un infierno en la cárcel, no tenía más fuerzas para luchar, su hijo la asustaba. También escuchó los rumores de las otras empleadas, él tenía trastornos severos y era peligroso, casi se desmayó cuando entró en la casa y lo vio desnudo.
No tenía ni siquiera un celular, su antiguo aparato cayó al agua y dejó de funcionar.
La ciudad más cercana estaba a casi dos horas en coche, llevaría tres días a pie, tenía frío, su estómago roncaba, no había almorzado y mucho menos cenado.
Klaus no la quería, y ella realmente estaba aliviada por eso, se deslizó al suelo. No tenía a dónde ir. No sabía qué era peor, la vida de una mujer sin familia o sin dinero y un trabajo, ese había sido el error del padre, no haberla preparado para la vida en solitario.
La Navidad nunca había sido tan horrible y dolorosa.