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1090 Palabras
Emilia caminaba por las calles de Buenos Aires, re contra decidida a encarar la movida de buscar laburo como secretaria para Camilo Milei. El tipo tenía fama de feroz, pero el billete que ofrecían valía la pena jugársela. Una vez en la recepción, la mina le marcó el camino a una sala re austera. Emilia se acomodó en la silla, jugueteando con su saco n***o, y mientras miraba las paredes blancas, repasaba mentalmente sus logros y habilidades para ese laburo. El ruido de la puerta la sacó de su mundo. Apareció Camilo Milei, el jefe con pinta de pesado. Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, evaluándola al toque. ―¿Sos la que viene por el puesto de secretaria? ―mandó, con un tono firme pero no tan pesado. ―Sí, soy Emilia Fernández ―tiró ella, tratando de mantener la calma aunque estaba más nerviosa que mono en brazos. La entrevista fue una bomba. Camilo le tiró preguntas directas sobre sus skills y cómo lidiaría con presión. Emilia se la bancó, mostrando que podía con todo. ―Sos bastante segura, ¿eh? ―soltó Camilo, con cara de póker. ―Es parte del combo laburar duro ―respondió Emilia, queriendo disimular sus nervios. Después de un momento tenso, Camilo se mandó una sonrisa. ―Me gusta cómo encarás las cosas. El laburo es tuyo. Emilia quedó en shock. No esperaba una respuesta tan rápida ni tan buena. Agradeció con todo, apenas controlando su sorpresa. Cuando salió de la oficina, no podía creer lo que acababa de pasar. Los siguientes días se tiró de cabeza en el laburo. La oficina de Camilo era un calco de su personalidad: ordenada, exigente y eficiente. El rumor del jefe insoportable era posta, pero Emilia mantenía la calma, manejando los bifes como una campeona. Pero tenía un tema. Hacía poco había descubierto que el marido la había embocado con otra. La herida estaba fresca, pero no quería que eso afectara su rendimiento. Pasaron semanas y Emilia daba el cien por ciento, pero la historia con el marido le pesaba como una loza. Y ahí, de la nada, Camilo soltó un pedido re loco. ―Emilia, necesito un favor bastante particular ―mandó Camilo, re serio. Ella lo miró con la ceja levantada, esperando a ver qué se traía. ―Necesito que finjas ser mi novia delante de mi familia. La mina quedó en blanco. No entendía por qué le tiraba esa. Antes de que pudiera responder, él siguió hablando. ―Mi familia piensa que nunca voy a encontrar a alguien por mi discapacidad. Creo que tu presencia podría cambiar esa idea. Emilia no sabía qué onda con eso. Por un lado, le resultaba raro y medio loco. Por otro, el dinero que ofrecía con ese pedido la tentaba. ―Che, dejame pensarlo, ¿dale? ―dijo al final, mostrando sus dudas. Camilo aceptó onda y la rajó de la oficina por el día. Cuando Emilia volvía a casa, con el sol cayendo en el horizonte, la propuesta de Camilo le daba vueltas en la cabeza.¡Alto lío se armó después de que Emilia aceptó ser la novia de mentira de Camilo! La mina estaba entre re chocha por la guita y hecha un nudo por cómo se iba a bancar toda esa farsa. Cuando llegó el día D, Emilia se vistió como para reventarla y salió para encontrarse con Camilo, que estaba más nervioso que un pibe en su primer baile. —¿Estás lista para esta locura? —le tiró Camilo, con cara de preocupación mezclada con determinación. —Y… creo que sí, ¿viste? —respondió Emilia, tratando de parecer segura. Fueron juntos en el auto de Camilo. En el viaje, Emilia notó que el tipo estaba más inquieto de lo normal. Se le notaba que no la tenía tan clara. —Relajá, Camilo. Vamos a andar bien, ¿dale? —trató de calmarlo Emilia. —Es que… Nunca hice algo así. Y con mi familia, es un quilombo. Emilia entendió que para Camilo la familia era un tema. Aunque fuera todo una mentira, quería bancarlo y ayudarlo en esa movida incómoda. Llegaron a una casa re linda y repleta de luz. Emilia respiró hondo mientras Camilo le daba la mano para darle fuerzas. Entraron juntos y la familia de Camilo los recibió hablando y pasándola bien. —¡Camilo! ¡Qué sorpresa verte! ¿Y quién es esta bella señorita? —gritó una señora, re contenta, que parecía ser la mamá de Camilo. —¡Hola, mamá! Esta es Emilia, mi novia —anunció Camilo con una sonrisa nerviosa. Emilia trató de sonreír como si nada mientras saludaba a todos. La familia de Camilo la re bancó y se armó la charla. Trataba de acordarse de los detalles que Camilo le había tirado para que no se le escapara nada. Durante la cena, Emilia se dio cuenta de que Camilo, a pesar de ser el ogro que pintaban, estaba más suelto y copado con su familia. Se re enganchaba con el hermano más chico y la madre estaba re feliz de verlo acompañado. Después de la cena, cuando estaban por tomar el camino de vuelta, la madre de Camilo los frenó. —¡Paren las rotativas! —dijo—. No se van sin probar el postre. Esperen acá. Mientras la vieja desaparecía en la cocina, Emilia le tiró a Camilo una mirada como diciendo: "¿Lo hicimos bien, che?" —La verdad que sí, mejor de lo que pensaba —tiró él, con una sonrisa piola. La vieja volvió con un postre de la san puta y pasaron un rato agradable. Emilia se sintió parte de esa familia por un toque y eso le generó un mix de emociones. Cuando salieron de la casa, Camilo le tiró a Emilia una mirada como agradecida y sorprendida. —Gracias por bancarla, Emilia. Fue mucho mejor de lo que me esperaba. —No es nada, Camilo. Fue medio raro pero la verdad que interesante —contestó ella, re sorprendida de lo bien que la había pasado a pesar de todo. Se despidieron en la puerta de su departamento y mientras Emilia volvía a su casa, sentía que algo había cambiado en esa noche. Había una onda entre ella y Camilo, algo que no podía pasar por alto. La movida de ser la novia trucha de Camilo estaba empezando a disolverse, dejando espacio para unas emociones nuevas que empezaban a tomar forma en el corazón de Emilia. (¡Continuará!)
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