Prefacio

1955 Palabras
PEQUEÑA NOTA: Este es el tercer libro de la Trilogía Contigo; el primero es "Solo contigo" y el segundo, "Siempre contigo". Si has llegado aquí sin leer los anteriores, no te preocupes porque son historias independientes, pero te recomiendo darles una oportunidad... Prometo que el viaje valdrá la pena. Obra registrada en safe creative bajo el código 2301053044361 Sin más preámbulos, espero que disfrutes esta historia tanto como yo mientras la escribía ~~~~~~~~~~☆☆☆~~~~~~~~~~ Ariadna: Salgo de la casa dando un portazo. Ay, Diosito, ¿en qué musarañas estabas pensando cuando elegiste a mi familia? La odio, la odio, la odio, la súper mega odio. La odio del tamaño del universo. Así de grande. Es que es una perra. Me detengo en el centro del jardín y grito con todas mis fuerzas hasta que mi garganta duele y no queda aire en mis pulmones. Aprieto los puños hasta que mis nudillos se ponen blancos, reuniendo calma para no volver ahí dentro y sacarla de las greñas, sacudirla, revolcarla contra el suelo y si no me siento satisfecha, arrancarle los ojos. Tonta, presumida, bruja. Miro hacia el cielo y entrecierro mis ojos ante la claridad de media mañana. —Diosito, ¿estás ahí? ¿De verdad existes? —pregunto, poniendo mis manos frente a mi rostro a modo de súplica—. Si es así, ayúdeme, que un rayo la parta en dos, la calcine, le derrita el pelo y que Lucifer se sirva un banquete con sus huesos y órganos. Amén. Respiro profundo intentando controlar mi agitado corazón y ante el silencio de ese ser que dice mi padre que vive en el cielo, bajo las manos y me respondo yo misma: —No seas tonta, Ari. Lo más probable es que Lucifer muera de indigesta. Claro que no te va ayudar. ¿Ya dije que odio a mi hermana? ¿A ese ser repugnante que dice ser mi jimagua y que por desgracia de la vida es dos minutos mayor que yo? Bueno, pues por si no ha quedado claro… LA ODIO. Los odio a todos, pero a ella más. —¡MALDITA LA HORA EN QUE NACIÓ! Se preguntarán que ha sucedido, ¿verdad? Pues aquí les va: mi vida, eso es lo que ha sucedido. Ella odia que yo haya nacido y, por consiguiente, me odia a mí. El sentimiento es mutuo, por supuesto, pero mientras yo me limito a ignorarla o al menos a intentarlo, ella se dedica a hacerme la vida miserable. Tiene seis años y si me preguntan a mí, es tan mala que el diablo debería sentarse a observarla y aprender de ella. Hoy es nuestro cumpleaños y la muy listilla sopló las velas sin mí, me puse a llorar y luego de recibir una sonrisa burlesca por su parte y la mirada de reprimenda de mamá, esta encendió las velas de nuevo y la pelotuda de mi hermana las volvió a apagar. No es solo eso, papá nos compró unos vestidos hermosos con modelos idénticos y la muy cabrona vació su leche con chocolate “por accidente” sobre el mío; pero cuando estábamos solas no dudó en decirme que ella era única y no quería copias. Eso tampoco fue suficiente para ella, en un momento que nos dejaron solas, lanzó tres platos de porcelana al piso haciéndolos trizas y cuando el escándalo llegó, me echó las culpas a mí. ¿Qué si le creyeron? Por supuesto que sí; ella es la niña linda de la casa, la buena, un ángel de Dios, la que le gusta leer y jugar a las muñecas como una niña normal. En cambio yo, soy a la que no le importa jugar en el lodo, la que juega con los chicos del barrio, la que dice malas palabras y le gusta el deporte. —¿Ya te has vuelto loca que estás hablando sola? —La fulmino con la mirada. A veces quisiera tener rayos láser en mis ojos para desaparecerla de la faz de la tierra y de mi vida para siempre—. No me sorprendería, la verdad. Ahí está Susana, mi jimagua, la causa de todos mis males, la persona que más odio en esta vida, la que convoca en mi mente pensamientos psicópatas, la que hace que me pregunte qué se sentiría ahogarla con una almohada... bueno, esto último no; creo. —¿Qué quieres ahora? —pregunto, agotada. He tenido mi cuota de “Susana la diva” por hoy. —Solo quería asegurarme de que no volvieras ahí dentro. Ya me arruinaste la vida, no vas a empeorar mi cumpleaños. Ah, olvidaba un pequeño detalle… Ese que ha hecho que su odio hacia mí aumente. Resulta que, debido a algunos problemas económicos, mis padres tomaron la decisión de mudarse al campo para la casa de la abuela. Al principio nos negamos rotundamente; creo que esa ha sido la primera y única vez en la que hemos estado de acuerdo en algo. Insistimos tanto, que ellos atrasaron un poco el traslado con la esperanza de que las cosas mejoraran. Pero cuando me enteré de que la Chica Mariposa, una súper, mega, grandiosa patinadora sobre ruedas, y de la que soy fan desde que tengo uso de razón, se mudó para la casa de al lado de la abuela luego de un accidente que puso fin a la vida de su madre; no me lo pensé mucho he hice fuerza para mudarnos. Y ahora estamos aquí, en el fin del mundo como ella suele llamarlo, celebrando nuestro cumpleaños con tres amigas de la ciudad que sus padres accedieron a traer. Un cumpleaños astronómicamente aburrido y por supuesto, la culpa es mía. —No te preocupes, vuelve con las tiquismiquis de tus amigas. Me caen tan mal que un segundo más con ustedes me hará vomitar. —Es mejor así. Ve tú a lamerle los pies a la rarita de al lado… Esa que no habla, no come, no se mueve y parece zombi frente a su ventana. Ah, no, eso sí que no. No se lo permito. ¿Pero quién se ha creído la pelúa esta? A mí me puede decir lo que le venga en gana, yo me limpio las nalgas con eso, pero con Addyson no se mete. Es cierto que la chica ni siquiera me mira sin importar lo que haga para llamar su atención… pero que la loca esta hable mal de ella sin conocerla, eso sí que no. Yo tampoco la conozco, aun así, no me da la gana y punto. Reuniendo todo el coraje que le tengo por hacer mi vida miserable, arremeto contra ella. El impulso nos tumba contra el suelo; ella de espaldas, yo sobre su regazo y, sin detenerme a pensar, la agarro de las greñas y la sacudo con fuerza. Ella grita y grita sin parar. Se retuerce debajo de mí, pero la niña si modales tiene más fuerza. Sonriendo orgullosa ante lo bien que se siente golpearla, me entretengo demasiado y la muy cabrona me muerde la mano con fuerza. —¡Ahhhhh! ¡Suéltame, idiota! ¡Suéltame! ¡Ahhhh! ¡Me vas a pegar la rabia! En ese momento, unas manos me agarran por detrás, al mismo tiempo que mi madre aparece en mi campo de visión ayudando a levantar a la cabrona del piso. —¡Mamá! Mami, Ari, me pegó. Me jaló el pelo. Me duele la cabeza. —Y se hecha a llorar la muy sinvergüenza. Es que le salen lágrimas. Definitivamente va a ser actriz. —¡Ariadna Kanz! —grita mi madre. —¡Fue ella! ¡Ella empezó! —¡Mentira! Ella me pegó primero, mami. Yo solo vine a pedirle que entrara, que no se enojara y que pasáramos el cumpleaños en paz, pero de la nada se lanzó sobre mí. Me duelen las nalgas. —Finge varios sollozos. ¡Será cabrona! —¡Serás pendeja! —Hago fuerza intentando soltarme de quien me tiene sujeta y así pegarle como se merece hasta dejarla sin conocimiento; pero quien me tiene sujeta es demasiado fuerte—. ¡Suéltame, maldita sea! ¡Que me sueltes! —Me retuerzo con más ímpetu, pataleo, pero nada—. ¡Tengo que darle su merecido a esta mal nacida! —¡Ariadna! —grita mi madre, encolerizada, y mi pataleta se detiene. Estoy jodida—. ¿Qué modales son esos? ¿Cómo puedes tratar así a tu hermana? Ella solo quería que pasaras bien tu cumpleaños, pero no, eres una malcriada. —Pero es que ella empezó… —No me digas. Te conozco, Ariadna, sé de lo que eres capaz, así que estás castigada. —No es justo. —Lo que no es justo es lo que le has hecho a tu hermana. —Cogiéndome del brazo y, sinceramente, apretando más de lo que es necesario, me entra a rastras a la casa. En un momento logro mirar atrás; el idiota amigo de mi madre era quién me tenía sujeta y ahora abraza al diablo, quien por encima del hombro me observa con una sonrisa de suficiencia que me dan ganas de borrarla de un guantazo. Me las va a pagar, lo juro. Llego a rastras a mi habitación y mi madre, luego de lanzarme sobre la cama, se marcha de la habitación no sin antes dejar claro lo decepcionada que está de mí. Lo que no sabe es lo decepcionada que estoy yo de ella. ¿No podría tener una familia menos manipulable por pequeños diablillos del demonio? Resignada a mi encierro, me acomodo en la cama y es entonces que me doy cuenta de lo que hay enredado en mis manos: un bulto de pelo n***o. ¡Le he arrancado un bulto de pelo a la pitufa de plastilina! Río, río con todas mis fuerzas y me incorporo en la cama. De mi mesita de noche saco un papel, lo doblo en forma de sobre y dejo el cabello dentro. Cojo un lapicero y escribo en el dorso: "Esta me la pagas, pitufina… La próxima vez te dejo calva. JÓDETE PERRA…" Nuestras habitaciones están una al lado de la otra y en el segundo piso, pero sin importarme ese pequeño detalle, salgo al balcón. Cruzo la baranda con cuidado de no resbalarme y cuelo el sobre por debajo de la puerta. Esto es solo un aviso, ya me encargaré de vengarme cuando ella menos se lo espere. No sé para qué se mete conmigo si sabe que puedo ser peor que ella. Parece que se le olvidó cuando llené su pomo de champú con lombrices pequeñas. Eso fue épico, salió en pelotas del baño gritado como una trastornada y el vecino, ese chico que le gustaba un poco, había llegado a la casa, de hecho, yo me aseguré de que estuviera en ese momento. Casi le da un infarto cuando lo vio y yo no pude evitar reírme a carcajadas, delatándome. Mis padres no estaban en casa, solo la niñera; no obstante, la gracia me costó estar castigada por todo un mes y la niñera quedó tan traumada que renunció. Aun así, valió la pena cada segundo de ese mes, solo recordar su cara me levantaba el ánimo. Regreso mi cama con una sonrisa pícara en mi rostro y me duermo satisfecha. Dos horas después, el grito de la bruja me despierta y feliz como hacía rato no lo estaba, doy saltos en la cama sin cesar mientras golpeo la pared que separa nuestras habitaciones. —¡Jódete, perra! —grito a todo pulmón y, segundos después, la puerta de mi cuarto se abre dejándome ver a mis padres con un cabreo monumental. Estoy jodida, pero soy una jodida feliz.
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