Había perdido la cuenta de los días que llevaba cautiva en ese lugar, desde su perspectiva parecían cientos. La oscuridad seguía envolviéndolo todo: sus noches y también sus días, ya no lograba distinguir entre uno y otro. «¿Era de día? ¿O acaso la noche había extendido su manto ya?», solía hacerse frecuentemente esa pregunta. Siempre en un determinado momento del día, alguien aparecía y le dejaba un plato de comida con un poco de agua. Esta comida a veces variaba, algunas veces eran vegetales o con suerte un poco de carne; pero ya no era el mismo pan mohoso que la recibió en sus primeros días. Sin embargo, a pesar de la mejoría en su alimentación, su cuerpo seguía sintiéndose muy debilitado. No estaba acostumbrada a un menú tan simple, ni a subsistir de un solo alimento. Y aquel

