Devora El sol ya había salido cuando Katherine entró a su casa. Me despedí de ella desde la moto y decidí que era hora de manejar a mi alma máter. Por años evité hacerlo, pero me sentía diferente esa mañana y pensé que sería bueno contarle a mamá. Ahora al menos no explotaría de la emoción. Una vez ahí miré con detención lo que primero fue un hogar, luego un triste sitio baldío y que terminó siendo una pequeña plaza. Los niños caminaban a la escuela sosteniendo las manos de su madres y pasando por el lugar en donde yo perdí a la mía. Estacioné la moto a unos metros y, al cerrar los ojos, me di cuenta de que aun podía caminar y evitar el viejo buzón que papá reparó cada vez que mamá lo choca

