Pero pronto volvieron a guardar silencio, pues nadie sabía lo que esperaba el gigante, ni si éste no estaría dispuesto a luchar cuando se enfrentara con la muerte. Y, en efecto, no tuvieron mucho que aguardar. De pronto se oyó el penetrante sonido de las trompetas de bronce; a esa señal se abrió un enrejado en el lado opuesto del podium del César y se precipitó en la arena, en medio de los gritos de los bestiarii, un enorme uro germano, que traía sobre la cabeza el cuerpo desnudo de una mujer. —¡Ligia! ¡Ligia! —exclamó Vinicio. Y luego se mesó los cabellos junto a las sienes, se agitó convulsivamente como quien recibe en el cuerpo un penetrante dardo y empezó a repetir con voz inhumana: —¡Yo creo! ¡Yo creo! ¡Oh Cristo, un milagro! Y ni siquiera sintió que Petronio, en aquel momento, l

