Caminé hasta la siguiente heladería y obtuve la misma respuesta. Luego fui a otra, y a otra, y a otra. Empecé a entrar en todas las tiendas, en todos los lugares que pude encontrar, y cada vez recibía más de lo mismo. Condolencias por la pérdida de Rocco, disculpas por no contratar a mujeres acosadas por su pareja y advertencias de no rechazar a Rocco. No estaba segura de cuál respuesta odiaba más. Para cuando entré en el trigésimo local, estaba a punto de arrancarme los pelos y de darme por vencida. Podía aprender a conducir la camioneta de Rocco esa misma noche e ir al pueblo más cercano, pero ¿qué trabajo podría conseguir? Ningún empleador estaría contento con una loba gruñona y posesiva siempre a mi lado. Aunque intentara hacerlo pasar por un perro, ¿qué excusa podría inventar? No i

