Para cuando por fin subí todas mis cosas a la habitación que iba a ser mía, estaba empapada en sudor y jadeando como si me estuviera muriendo. Lo último que quería era bajar las escaleras a buscar la ropa de Rocco, así que me tomé un respiro colgando mis camisetas en el armario. Ya había unas doscientas perchas apretadas ahí dentro, y aunque solo tenía suficientes camisetas para llenar el diez por ciento de esas perchas, sí que agradecí la consideración que Rocco (el humano) había tenido al prepararme el espacio.
Mientras colgaba la caca, mi mente volvió a los tampones y al champú floral.
¿Eso también era para mí?
Cuando le pregunté a Rocco, el lobo, confirmó mis sospechas. Y, sinceramente, me conmovió un poco.
Puede que Rocco humano estuviera de mal humor en la fiesta, y que no tuviera el menor interés en mirarme o compartir cama conmigo, pero aun así había preparado su casa para mí. Se había asegurado de que no me faltara papel higiénico, ni tampones, ni champú, ni perchas. Incluso me había conseguido una cama.
De hecho, estaba empezando a pensar que lo de compartir casa podría funcionarnos muy bien.
Cuando terminé de colgar la ropa, todavía estaba pegajosa y olía mal, pero ya no sudaba activamente, así que, a regañadientes, volví a bajar las escaleras.
Subir la ropa de Rocco solo me llevó tres viajes. Al igual que yo, no tenía mucha ropa. Mientras le colgaba la ropa, me di cuenta de que su armario estaba dividido a partes iguales entre camisas de botones y camisetas viejas, y comprendí que probablemente tenía que vestir un poco más formal para su trabajo. Teniendo en cuenta que yo siempre había sido más bien informal, no sabía qué pensar al respecto.
Pero bueno, al fin y al cabo íbamos a ser solo amigos, no pareja. Así que realmente no importaba.
No había cómoda donde guardar su ropa, así que dejé los montones doblados de vaqueros y pantalones deportivos en el suelo de su armario. No tenía pantalones de vestir, y mientras bajaba las escaleras, no pude evitar imaginarme a ese rubio guapísimo con vaqueros y una camisa.
¡Joder, qué calor!... quizá después de todo no me importaban las camisas elegantes que llevaba.
Al bajar las escaleras, mi mirada se posó en las cajas de muebles aún sin montar.
Y puse mala cara, de las de verdad.
Esa mierda iba a ser un infierno para subirla por las escaleras.
Me dirigí al papel higiénico y, en vez de eso, pasé los siguientes veinte minutos arrastrando esa porquería. La mayor parte acabó en los estantes del armario de Rocco, ya que el baño estaba a rebosar.
Cuando terminé, me acerqué a regañadientes a la pila de muebles. Nunca antes había armado un mueble… lo cual era una verdadera mierda para mí.
—Es mejor que vivir en mi coche—, murmuré para mí mismo, mientras me inclinaba sobre la pila y abrazaba una caja enorme.
Wolf-Rocco me lamió el muslo. No supe si fue una lamida de —condolencias— o una de —me alegro de que estés aquí—.
Levanté la caja con esfuerzo y solté un chillido al tambalear. ¡Esa cosa era aún más pesada de lo que parecía!
Y lo volví a dejar caer sobre la pila.
Maldiciendo en voz baja, me incliné e intenté una vez más.
De alguna manera, la segunda vez fue aún más pesado.
Jadeé, desplomándome contra el sofá.
Esto fue horrible.
No toda la situación, solo los malditos muebles pesados.
—Voy a tener que pedirle ayuda a uno de tus amigos —le gruñí al lobo.
Asintió con la cabeza, y algo en su mirada me dijo que el muy canalla siempre había sabido que tendría que hacerlo. Lo miré con el ceño fruncido, y él gimió disculpándose antes de lamerme la pierna.
Lo aparté con un gruñido, me puse de pie y me dirigí hacia la puerta. El lobo gruñó y se abalanzó entre mí y la salida.
Parpadeé mirándolo.
¿Me había gruñido antes? No lo creo.
Gruñó de nuevo y me pinchó la pierna desnuda con la nariz.
Tardé un momento en darme cuenta de por qué me estaba tocando el muslo.
Tea había dicho que sería posesivo… ¿y qué hombre posesivo querría que su chica anduviera por ahí medio desnuda?
—¡Oh! ¿Quieres que me ponga pantalones?—
El lobo asintió violentamente.
Suspiré. —Amigo, me pondré pantalones esta vez, pero tendrás que dejar de ser tan posesivo. La mayoría de mi ropa me cubre menos piel que esta camiseta—.
El lobo me gruñó de nuevo.
—No me obligues a hacerte una peineta —le advertí.
Gruñó una vez más.
—Bien. Sigue gruñendo y te restringiré el derecho a lamer. Ambos sabemos que no quieres eso.—
El lobo me miró fijamente por un momento, y luego dejó escapar un bufido y un gemido.
Luego me lamió el muslo.
—No lo creo —dije rascándole la cabeza, y los dos subimos las escaleras—. Acabo de discutir con un lobo —murmuré mientras caminaba—. Creo que esta vez sí que estoy perdiendo la cabeza.
El lobo volvió a lamerme la pierna, con una amabilidad desmesurada.
Encontré unas mallas viejas, tan usadas que ya no me quedaban ajustadas, y me las puse. Miré al lobo en busca de permiso y esperé su señal antes de bajar las escaleras de nuevo.
Y sí, empezaba a odiar de verdad esas malditas escaleras.
¿A quién se le ocurrió que una casa estaría mejor cortada por la mitad con unas malditas escaleras que la dividen? ¿Quién demonios quería subir y bajar escaleras todos los días?
Dejé los zapatos donde estaban y abrí la puerta de golpe, mirando a ambos lados. Las noches aún eran algo frías, ya que era primavera, pero ignoré el frío en el aire y analicé mis opciones.
La casa de Ebony estaba a dos puertas a mi derecha, pero si iba a verla, tendría que hablar con ella y con Ford.
Y estaban tan empalagosos de amor que probablemente a esas alturas de la noche ya estaban teniendo relaciones sexuales desnudos. Arrugé la nariz al pensar en interrumpir eso.
Elliot había dicho que su casa estaba a mi derecha, entre la mía y la de Ebony. Era simpático, pero sin duda muy entusiasta. Hice una mueca al pensar en todo ese entusiasmo y en la charla que tendría que soportar mientras subíamos las cosas por las escaleras.
A mi izquierda, sabía, estaba la casa de Dax. Era mucho más callado que Elliot; no recuerdo que dijera nada hasta que se presentó.
No tener que charlar mucho sonaba de maravilla, así que me dirigí a la izquierda sin molestarme en cerrar la puerta. Con suerte, volvería en menos de dos minutos.
Crucé el jardín entre nuestras casas, sintiendo cómo se me congelaban los dedos de los pies al sentir el cosquilleo de la hierba húmeda. Al llegar al porche de Dax, golpeé la puerta tres veces con el puño.
Para ser honesta, en cierto modo esperaba que el tipo no contestara.
Por supuesto, la puerta se abrió de golpe menos de un minuto después. Dax, sin camiseta y con aspecto somnoliento, estaba de pie en el umbral.
Di un paso atrás, sintiendo cómo el pánico me subía por el pecho.
¿Qué demonios se suponía que debía hacer con un rascacielos guapo y sin camisa?
—¿Del? —Parecía tan sorprendido de verme como yo de verlo a él.
Rocco dejó escapar un gruñido furioso, interponiéndose entre su amigo y yo.
La mirada de Dax se posó en el lobo. «Mierda. Un segundo».
La puerta se cerró y los aullidos del lobo cesaron. Sin embargo, parecía furioso mientras retrocedía a mi lado.
Mi corazón seguía latiendo con fuerza, la incomodidad y el estrés me invadían.
¿Por qué demonios le tenía miedo? Un chico guapo era solo una persona, igual que todos nosotros. No entendía mi ansiedad, pero aun así no podía librarme de él.
Cuando la puerta se abrió de nuevo, Rocco, transformado en lobo, se interpuso entre mi cuerpo y el de Dax. No sabía si intentaba alejarme del otro chico o si respondía a mi ansiedad, pero de todos modos me alegré.