AURA Mis ojos siguen la sonrisa brillante de Nyara; observo esa luz cálida que corre de forma libre por los frondosos jardines del convento y me promete, en silencio, que ella nunca me dejará sola en este mundo. Quiero gritarle que la amo con toda mi alma, suplicarle que no se vaya de mi lado, pero mis labios están sellados a la fuerza, como si hubieran sido cosidos firmemente por un hilo invisible y grueso. Mis pies se mueven por su cuenta, arrastrándome sin control tras su silueta, y cada paso que doy me hunde más y más en un silencio sepulcral que me asfixia las vías respiratorias. De pronto, la estructura de la capilla me traga por completo, sumergiéndome en la oscuridad. El aire se vuelve denso, pesado y con un fuerte olor a hierro, y justo frente a mí yace el cuerpo inerte del viej

