NEREO Los gritos ensordecedores, el olor acre a sangre oxidada, a sudor rancio y a la decadencia pura de la bodega subterránea me golpean el rostro con la fuerza de un impacto físico. Inhalo esa mezcla nauseabunda con desesperación, tragándome el aire pesado como si fuera la única droga capaz de sacarme del maldito adormecimiento en el que me encuentro. Necesito que me haga sentir vivo nuevamente. Han pasado varios días desde que enterramos a Nyara, y desde entonces arrastro el cuerpo en un estado de anestesia absoluta, como si mi cerebro hubiera levantado un muro de contención negándose a procesar la realidad. No voy a ponerme sentimental. No voy a decir que amaba a esa mujer o que mi vida se ha detenido porque no puedo respirar sin ella; no soy el tipo de hombre que se miente a sí mism

