CAPÍTULO 1 (Primera Parte)

4361 Palabras
  "No existe el último adiós entre dos personas que se aman, solo queda esperar por el próximo encuentro." ANÓNIMO   Ciudad de México, año 1893.   Amelia caminaba sin rumbo fijo por las típicas y aglomeradas calles del parque de Coyoacán. Pensaba sin pensar, y andaba con pasos lentos a punto de tambalearse; como flotando en el aire. Respiraba de modo entrecortado, pues el último vestido que su padre había ordenado traer desde Francia oprimía sus pulmones. Ella pensaba, aunque en realidad resultase absurdo que, aquel cacharro le oprimía el corazón. Apesumbrada, se pasaba el día echando cuentas, tratando de encontrar una solución a su infortunado destino; cavilaba a la par que caminaba, y sin embargo sólo se le ocurría pensar que lo que en realidad necesitaba era deshacerse de ese incómodo y apretado vestido, y del endemoniado corsé a juego, para que la sangre y el oxígeno le llegaran al cerebro. Tal vez así, y sólo así, sería capaz de hilar con claridad alguna idea coherente que le ayudara a aligerar el peso que cargaba su corazón. Su padre, don Rigoberto Sánchez Aldama era uno de los habitantes más acaudalados de la capital del país, y justo eso sabían todos los jóvenes astutos, interesados y en edad casadera que lo conocían y que entendían a la perfección que la debilidad del Viejo búho —como de manera coloquial le llamaban— era Amelia Sánchez Aldama y Pimentel, su adorada hija; un cheque al portador que podría cobrarse al momento de desposarla y siempre y cuando el Viejo búho muriera pronto. Aquel viejo cascarrabias siempre tomaba en consideración que, Amelia, ya con sus veinte años necesitaba casarse. Necesitaba un hombre honorable que fuera su compañero de vida y que por sobre todas las cosas; amara, respetara e hiciera feliz al lucero de sus ojos. Don Rigoberto había entendido muchos meses atrás que su salud mermaba día con día, y que el momento de entregar cuentas a Dios por su paso en esta tierra, llegaría de manera indudable. Sabía además que tenía que apresurarse a casar a su hija, para así garantizar su supervivencia y protección; cobijada bajo el apellido de alguna familia de su mismo linaje. Amelia lo sabía de antemano y justo eso era lo que la mantenía atrapada en un estado permanente de inopia; atada dentro de una enorme burbuja de abstracción que detestaba. ¿Cómo decir a su padre que su corazón ya tenía dueño? ¿Cómo explicar además que, el amor de su vida era; honesto, amoroso, comprensivo y leal, pero que no tenía ni un solo peso partido por la mitad para brindarle protección y supervivencia? ¿Cómo explicarlo? ¡¿Cómo?! Sin pensarlo dos veces, la joven cruzó por una calle, y luego de chocar de modo torpe con un niño que jugaba con su trompo de madera, miró a lo lejos a Nicolás; el amor de su vida. Ese hombre que no había nacido en buena cuna, un nombre que sin importar su carencia de linaje, le recordaba a una excelsa creación de los dioses del Olimpo. Amelia pensaba —en incontables ocasiones— que aquel hombre era un descendiente directo de Aquiles, Héctor o del mismísimo Zeus. Su amado Nicolás irradiaba una indescriptible belleza masculina por los poros. Un magnetismo varonil que la obligaba a admirar con sumo cuidado cada rasgo de su rostro, cada línea de su cuerpo, cada músculo que se movía, cuando de un modo sutil le sonreía de medio lado; lo escrutaba con devoción y suspiraba siempre que sus ojos verdes y los enigmáticos ojos negros de Nicolás se cruzaban sin poder evitarlo. Existía entre ellos energía pura, atracción mutua que no podía evitarse, aunque éstos lo quisieran. Los ataba un invisible hilo que los jalaba el uno contra el otro, pues, aunque ellos dos no lo sabían, sus destinos se habían escrito hacía muchos siglos atrás. En cuanto Nicolás advirtió su presencia y la divisó con claridad, su corazón se aceleró a un ritmo inusitado y quiso salir de su pecho. Su historia con Amelia era muy especial, la más especial de todas hasta ese entonces: un encuentro idílico, un instante eterno, un soplo de vida que los inyectaba de romance y los rebosaba de pasión; un sentimiento infinito despertado en él, por Amelia, un hambre incontrolable que solo ella era capaz de alimentar. Él sabía con total certeza que ella le quería de mismo modo, y que ambos estaban hechos con un solo molde; que eran una pieza perfecta que se engarzaba de forma exacta, porque habían sido creados para estar juntos. Nicolás admiraba la belleza de Amelia mientras ella avanzaba con pasos lentos, y a ratos sentía que el tiempo no transcurría solo porque estaban juntos; miraba como su largo cabello castaño caía de modo gracioso sobre sus mejillas y analizaba con extremo detenimiento como esos hermosos ojos verdes se veían enmarcados por unas perfectas cejas curvas y por unas espesas pestañas que solo la hacían lucir más bella. Su cuerpo era un altar a la diosa Afrodita. Una alabanza a las más bellas visiones; un privilegio que sabía bien no merecía, pero que sin embargo, Dios, en su infinita bondad había puesto en su camino y destinado solo para él. Cuando por fin estuvieron juntos y sentados frente a la fuente de Coyoacán, se observaron el uno al otro como si la vida les fuera en ello, pero a pesar de que para ese momento Amelia estaba perdida dentro de la intensa mirada de su amado, no pudo dejar de lado el asunto que tantas noches en vela le habían costado. La joven tenía que decirle la verdad a Nicolás. Necesitaba desvelarle con urgencia los deseos de su padre y, juntos, tenían que encontrar la manera de convencer al Viejo búho de que se amaban, y que era en nombre de ese amor que él debía dar su venia, y aceptarlo como marido de su hija. Apartando la mirada de los ojos de su amado, la hermosa joven bajó la cabeza bañada en angustia y, aunque en realidad no lo deseaba, las palabras comenzaron a salir solas de su boca: —Nicolás, tenemos que hablar. —Habla, querida —contestó su amor—, sabes que conmigo puedes hablar de todo lo que desees. El chico tomó sus mejillas entre las manos y añadió: —Y sabes, además que, siempre que esté en mis manos te ayudaré a resolver cualquier problema. La mirada de Amelia se vio perdida por un breve segundo, luego volvió sus ojos aguados hacia él y sus miradas se conectaron de nueva cuenta para continuar con la charla: —Mi padre empeora día con día. Su salud cada vez se ve más comprometida, y cómo él piensa que su tiempo está cerca, ahora ha decidido que ha llegado el tiempo de que yo contraiga nupcias. Los ojos de Nicolás se iluminaron de repente, reaccionando con gran efusividad, mientras gritaba emocionado por todo el parque y alzaba a Amelia en voladas: —¡Amelia, amor mío, esa es una noticia estupenda! »Por fin podremos estar juntos sin miramientos y sin tener que ocultarnos del escrutinio público.  ¡Por fin podré presumirte por toda la capital, y decir con todo el orgullo que poseo que eres mi mujer! La mujer de Nicolás Rodríguez. El cuerpo de la chica se tensó. Aquello estaba resultando ser demasiado para ella; segundos después y un poco menos efusivo, con la mirada cargada de expectativas y sueños, Nicolás prosiguió con su discurso: —Sé de antemano, Amelia, que no soy rico…, que vivo con el dinero justo mí día a día. Pero te prometo en este día y en esta hora —señaló el cielo y juró con la mano—, y poniendo a Dios por testigo que, trabajaré muy duro para que tú tengas todo lo que te mereces. Ella asintió y le dio un beso en la mejilla: —Serás mi princesa…, mi reina, mi razón de ser y vivir. Amelia asintió por segunda vez, mirándolo absorta, mientras sus ojos se llenaban de decenas de lágrimas que luchaban por salir fuera. Con lentitud la barbilla le tembló a un ritmo desmesurado, y un inexorable nudo en la garganta se le formó evitando que pudiera hablar; acelerando con ello su respiración hasta límites sobrehumanos. A su vez, Nicolás, sentado a su lado, montado en la euforia del momento, hizo gala de la asombrosa capacidad que tenía de repetir innumerables palabras que ella ni siquiera alcanzaba a oír, pues, a causa del jodido vestido francés que ese día hacía de atuendo, estaba hiperventilando de nueva cuenta: —Nicolás, no te apresures, cariño —lo instó la joven—. Tú y yo sabemos bien que mi padre es un hombre duro; rígido hasta los huesos —Rebasada por la situación, la chica bajo de manera abrupta la mirada. —Y que, por sobre todas las cosas, siempre velara por el bienestar de la familia Sánchez Aldama y Pimentel. Por la conservación de su estirpe y sobre todo porque yo —añadió señalándose a sí misma en forma sarcástica, mientras ponía muletillas con los dedos—, “la luz de sus ojos” viva de una forma acomodada y ostentosa. El joven y guapo Nicolás Rodríguez asintió y tomó la mano de Amelia para entrelazarla con la suya, en tanto ella continuaba: —Sé, corazón mío, que tú y yo podríamos vivir sin ese tipo de lujos. Sé que a nosotros nos basta con el amor que nos tenemos, pero también sé que mi padre no piensa así y que se hará de cualquier medio honorable, o no, para que tú y yo no estemos juntos. El joven frunció el ceño en modo repentino, y observó a su gran amor con ese par de ojos negros como la noche, dilatados por el miedo y por el duro choque con la realidad, sabiendo que lo que ella le decía era verdad. Nicolás sin duda era un hombre inteligente y muy capaz de salir adelante con su dedicación y trabajo, pero en el presente era un simple empleado de sistema de correos que no ganaba el dinero suficiente para dar una vida digna a Amelia. Fue entonces que Amelia rompió el silencio y participó a Nicolás del plan que había fraguado para que su padre lo aceptara en su opulento mundo; a un ritmo lento, lo atrajo hacia sí y le dijo totalmente convencida, y en un tono bastante serio que, para poder casarse y lograr estar juntos necesitarían de un plan arriesgado, aunado a un pequeño engaño. La joven había repasado ese plan tantas veces hasta bien entrada la madrugada arropada bajo las sábanas de su cama, afinando con tanto apremio los detalles de ese plan una y otra vez, analizando las posibles contingencias, y después de tanto abrazar aquella la idea, había concluido que, lo más prudente sería engañar al párroco del convento de San Juan Bautista, la parroquia más próxima a su casa y sobre todo, la iglesia que contaba con el sacerdote más crédulo y con el corazón más grande de todo Coyoacán. Ambos lo azuzarían y convencerían, diciéndole que ella y Nicolás se habían desposado y que aquello ya había acarreado consecuencias. Consecuencias que dentro de pocos meses serían no solo notorias, sino innegables. Bajo esa premisa, y con la arcaica necesidad de salvar el honor de alguien tan respetable como lo era Amelia Sánchez Aldama y Pimentel, él accedería, aunque sin querer, a casarlos por todas las leyes que imponía la santa madre iglesia. Haciendo con ello casi imposible que don Rigoberto separara lo que ya había unido Dios en santo sacramento. Celebrada la boda y contando con la bendición del padre Onésimo Hernández, entonces ellos podrían escapar lejos de Coyoacán, dando paso a la siguiente fase de su plan: establecerse en algún lugar seguro para desposarse en completa libertad y tener una luna de miel en toda regla, alejándose así de la cólera del padre de Amelia. Luego de sus precoces festejos y de dejar que lo agitado de las circunstancias se amansaran, esperarían un tiempo prudente para regresar a la capital del país a finiquitar su cometido: plantarle cara al Viejo búho. Aquel plan sin duda era arriesgado, e implicaba el todo o nada. Si todo salía a la perfección, ellos ya estarían casados para cuando regresaran a enfrentaran a don Rigoberto Sánchez Aldama, naturalmente, ya se habrían desposado, y si corrían con algo de suerte —y le ponían el empeño debido a sus tareas maritales—, Amelia ya tendría un bebé creciendo en su vientre. Entonces ya no habría vuelta atrás. Su padre tendría que aceptar su voluntad testaruda y de igual manera tendría que aceptar a Nicolás, aunque fuera de mala gana. Eso, o meterle un disparo en medio de las cejas al pobre de Nicolás Rodríguez. Tras analizar el segundo escenario posible, Amelia sacudió la cabeza intentando sacarse de la mente los malos pensamientos, se concentró todo lo que pudo y, levantando la cara hacia las espesas nubes que cubrían el parque, rogó en silencio a todos los ángeles del cielo para que le ayudaran a ella y a su gran amor en la arriesgada misión. Pidió al todopoderoso que les bendijera y les mandara la menor cantidad de obstáculos en el arduo camino que les esperaba por recorrer; con especial ímpetu rogó a Dios que ablandará el duro corazón del Viejo búho, para que éste pudiera entender su amor y lograra aceptar con resignación la decisión que ella había tomado. Tras más de dos horas de estrategia y planeación en el parque de Coyoacán, Amelia y Nicolás se despidieron con un casto beso sobre los labios y partieron su camino en dos tomando rumbos opuestos hacia sus hogares. Eran casi las siete de la tarde cuando Amelia, alarmada de más por su demora, dobló en la esquina de su casa y comenzó a temblar imaginando la regañina que le daría su padre, repitiendo sin cesar a través del espacioso salón que no era apropiado que una señorita decente como ella anduviera sola a esas horas por las calles, y menos sin la compañía de alguien de confianza. Pero justo cuando atravesaba el marco de puerta de la entrada principal, y creía oír con claridad los gritos de don Rigoberto, se quedó obnubilada, cuando entró al enorme salón y miro a su padre sentado de manera plácida en el sillón principal de la sala de estar charlando de modo apacible con alguien a quien sus ojos aún no alcanzaban a ver. Adusta, caminó un poco más y cuando hubo entrado por completo, en su campo de visión se materializó un joven escuálido, larguirucho y nada buen mozo, de unos veinticinco años de edad, que adulaba con desmesura a su padre. La primera reacción de Amelia hacia ese joven fue hostil, pues bajo su perspectiva, aquel sujeto no se acercaba en nada a la imagen que llevaba bien grabada de su amado Nicolás; era más bien su antítesis, todo lo opuesto a lo que ella buscaba de un hombre. En su interior trato de sacudirse la mala vibra y luego se reprendió a sí misma diciéndose en repetidas ocasiones que a ella no debía importarle si aquel joven era feo o no, si era lo contrario a Nicolás o no; permaneció congelada por unos instantes tratando de alejar los pájaros de su cabeza, mientras espabilaba y se concentraba de nueva cuenta en su “Misión de boda y fuga con el amor de su vida”. Particular mote que había asignado a su plan de escape. Aún más confundida, tras su regreso a la realidad cayó en la cuenta de que era demasiado extraño que aquel hombre estuviera en su casa. Le parecía muy sospechoso que su padre mostrara tal beneplácito hacia el insípido sujeto, tenía demasiadas dudas en la mente, dudas que parecían no querer desvelarse, aunque ella se empeñaba en ello, hasta que, en un momento dado, el rubor le cubrió las mejillas y trastabillo un poco cuando se sintió observada por don Rigoberto y su invitado. Su padre se incorporó más rápido de lo que ella esperaba y se situó a su lado, iniciado el antiguo ritual de las presentaciones; algo arcaico que no era del agrado de Amelia, se tratara del larguirucho o no. Y, sin embargo, a pesar de que no quería ser presentada, la estricta educación recibida en los colegios más renombrados de la ciudad de México, la obligó a comportarse como una dama de la corte inglesa, esbozando la más amable y cordial de sus sonrisas: —Hija mía, él es Alfonso Cáceres Rayón. El único hijo de mi amigo Federico Cáceres Vivanco; vive en la creciente ciudad de Puebla y se hospedará unos días en nuestra casa —Amelia asintió. —Se encuentra finalizando unos negocios que le encargó su padre y estará en la capital aproximadamente dos semanas. La chica asintió de nuevo: —Espero, Amelia —añadió con tono enérgico su padre—, que seas amable y educada con él y que te encargues de enseñarle los alrededores de Coyoacán para que durante su estancia se distraiga de una forma apropiada. La cara de Amelia se descompuso. Con solo pensar en aquella orden su gesto se llenó de horror. La sola idea de tener cerca a aquel individuo le disgustaba, pero el hecho de tener que confraternizar con él le parecía abominable. ¿Para qué quería el escuálido siquiera salir al marco de la puerta de la entrada? Si con solo asomar las narices un poco, los vecinos de la colonia se asustarían por lo difícil que resultaba mirarlo «Pobre Alfonso», se repetía una y otra vez, «Es feo y feo de feria ambulante», reía en su mente y seguía lanzando injurias dirigidas a ese peculiar ejemplar «Debería de abrir un negocio en Puebla, seguro se forraría si cobrara a la gente por ver su fealdad», «Pobre de la malaventurada que tenga por destino ser su esposa», «¡Pobre… pobre… pobre!». En cuanto a su propio destino, ella imaginaba lo especiales que serían todas las noches junto a Nicolás, a lado de su descendiente particular de los dioses; cada noche sería única sabiendo que él la amaba con locura y que juntos formarían ese hogar que ella añoraba desde muy pequeña, esa hermosa familia que anhelaba formar desde que su madre Estefanía había muerto. Conmovida, decidió no permitir —Ni siquiera a sí misma— que aquellos recuerdos tristes le envenenaran la cabeza y, muy a su pesar tuvo que dar de nueva cuenta un segundo salto hacia el presente para encarar la orden de su padre. Con recelo se dirigió a Alfonso y le dedico unas palabras glaciares que helaron todo el salón: —Buenas tardes, señor Cáceres, es un gusto conocerlo y hospedarlo en la casa de mi padre. Alfonso, atónito por la belleza de Amelia solo pudo tartamudear en voz baja unas palabras ininteligibles que ella no escuchó y que a propósito le pidió que repitiera: —Llámame Alfonso, querida Amelie. Somos casi de la misma edad, y creo por demás innecesaria tanta formalidad. —Como guste, Alfonso —respondió ella sin premura, y con una dosis excesiva de desparpajo. —Sin embargo, creo que estoy en la obligación de ponerlo en conocimiento: mi nombre es A-me-lia —añadió la chica poniendo especial énfasis en cada letra, para que a él le quedará más que claro que no era de su agrado—, y no Amelie. »Estamos en México, Alfonso, y me gustaría que se dirigiera a mí como: Amelia, o en su defecto como: señorita Sánchez Aldama —arrugó el gesto y torció los ojos, al borde del hartazgo—. Lo que le parezca más apropiado. La tajante respuesta de la joven congeló la sangre en todas las venas del larguirucho, pues nunca había conocido a una chica con un carácter tan decidido y desvergonzado. Apenado, y con una sonrisa guasona pintada en su cara, asintió de manera leve y supuso que por primera vez en su vida había perdido frente a una mujer ¡Pero no ante cualquier mujer!, sino ante la mujer más bella del mundo: Amelia. El padre de Amelia, que era un anciano astuto y bastante fijado, supo identificar casi de inmediato aquel brillo que destellaba en los ojos de Alfonso, y reconoció para sus adentros que aquel chico no era nada buen mozo, pero que, por el contrario, era un hombre respetable, honorable, con un gran patrimonio a cuestas y sobre todo con un futuro prometedor en Puebla. Pensando una y otra vez, la chirriante idea anido en su cabeza, y lo hizo decretar para sí mismo que, debía lograr que su hija se casara con el heredero Cáceres Rayón, en un plazo no mayor a doce días. […] Después de cenar en el amplio comedor que ocupaba una parte del salón, Amelia se retiró a sus habitaciones dejando a solas a su padre con Alfonso. La chica estaba agotada por deshacerse la cabeza con los planes de boda y fuga: además necesitaba descansar y soñar con Nicolás. Soñolienta, se recostó sobre su cama y masajeo sus costillas. Aquel vestido le estaba causando serios estragos; con seguridad ya hasta le habría atravesado alguna costilla. Esbozando una sonrisa tímida, la joven recordó los momentos junto a su amor y sonrió de modo más amplio cerrando los ojos. Incluso dormito durante algún un rato, hasta que un ruido estridente la hizo despertar, obligándola a fisgonear acerca del origen de la intrusión. Desde el corredor que daba justo a su alcoba, oyó al escuálido desternillarse de la risa por algún comentario de su padre y, de modo instintivo, la chica abrió la puerta de su cuarto para caminar de puntillas hasta situarse al borde de las escaleras. No había pasado ni media hora desde su partida, y aquellos dos ya estaban urdiendo una transacción bastante jugosa; transacción en la que ella estaba inmersa, y de la cual no formaría parte ni por todos los santos del cielo. Tras una apacible ronda de whiskys, don Rigoberto y Alfonso afinaron todos los detalles de su funesto plan, y el larguirucho aprovechado acepto de muy buena gana la idea del viejo búho. No sólo porque la belleza de Amelia era incomparable, sino porque, además sabía de buena tinta que ella poseería una gran fortuna tras la muerte de su padre —cosa que, a últimas fechas, resultaba más que probable dado el actual estado del pilar de la casa. Entre cigarrillos, whiskys y risas de pura felicidad, aquel dúo de entrometidos, maquinaron toda una artimaña para lograr que Amelia se casara con él, yéndose a vivir a Puebla. Si todo salía a pedir de boca, Alfonso se echaría al saco una buena cantidad de dinero y una esposa endemoniadamente bella, y don Rigoberto Sánchez Aldama podría descansar por fin en paz, sabiendo que su hija estaba en buenas manos. Podría callar de un sólo golpe las voces que lo acosaban y que le reprochaban días si, días también que, él era el único culpable de que su hija careciera de una verdadera familia. Desde las escaleras, Amelia escuchaba los planes de su padre y el larguirucho con el ceño fruncido; maldecía a toda la parentela de aquel entrometido poblano y, con las manos en puños sobre su caro y estrujante vestido, juraba vendetta a todos sus descendientes. Los planes de su padre no solo le desagradaban, sino que además se oponían con rotundidad a su misión de boda y fuga con Nicolás. De pronto, un extraño rubor cubrió sus mejillas y enfurecida por la engorrosa situación, salió dando grandes zancadas rumbo a su habitación. Aquella escena había logrado desatar la arpía que guardaba con tanto recelo en su interior, y ahora, como dios mandaba, haría que ese par de liantes se arrepintieran de la idea de haberla tomado como una maldita moneda de cambio. En cuanto entró a su alcoba abrió un pequeño cajón de su escritorio, cogió una espesa hoja de papel, y se dispuso a poner sobre aviso a Nicolás. En una escueta, pero contundente carta le explicó a su amado acerca del cambio de planes, suplicándole para adelantarlos de manera abrupta. Con desespero, la joven llamó a su nana Celia, tocando a un ritmo desenfrenado la campana de servicio. Necesitaba que alguien se compadeciera de su desgracia…, eso, y que entregara su doliente mensaje. Desde la cocina, Celia fregaba los platos que habían sido utilizados durante la cena, mientras tarareaba algo que parecía ser un canto religioso, y acomodaba los trastos para que se escurrieran; hasta que de repente escuchó que la campana de servicio sonaba con rapidez. A trompicones, la mujer subió asustada por la insistencia del llamado y, tras conocer las órdenes de su amada niña, salió a hurtadillas de la casa de los Sánchez Aldama y Pimentel, hacía la pequeña posada en la que vivía Nicolás. Sin perder ni un segundo, entregó en manos del joven la misiva que Amelia le había pedido llevar, y espero con paciencia a que éste le enviara una respuesta de regreso. Abriendo el sobre, Nicolás comenzó a leer la carta de Amelia, sintió que le daba un malestar muy parecido a un vahído y, luego de sentarse sobre un sillón que amueblaba su sencillo cuarto de azotea, concluyó que esa misma noche irían ante el padre Onésimo Hernández a materializar su plan.  Como pudo se hizo con un pedazo de papel maltrecho y escribió una respuesta de vuelta para su amada. Tras despedir a la nana de su amada, el joven Nicolás, nervioso, hurgó dentro de unos cajones de madera, buscando sus mejores galas y se cambió el uniforme del sistema de correos para lucir elegante; luego se paró frente al espejo y se engominó el cabello para parecer más gallardo. Cuando estuvo listo echó el cerrojo a la puerta de su casa y se alistó para su partida.
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