Me quedé ahí, en medio de la habitación, sintiendo el aire pesado y la confusión apoderarse de mí. Un segundo antes, sus labios estaban sobre los míos, su tacto cálido en mis mejillas, y al siguiente, él se había ido, dejándome sola con un silencio que dolía.
—Perdón, Bianca, no puedo— sus palabras resonaban en mi cabeza como un eco hueco. ¿No podía? ¿No podía qué? ¿Continuar? ¿Estar conmigo? ¿Por qué? Mi mente corría a mil por hora, intentando encontrar alguna lógica, alguna señal que se me hubiera escapado en el torbellino de emociones de los últimos minutos. Había sentido una conexión, una chispa que creía mutua, y ahora solo había un vacío.
Mis mejillas todavía estaban ardiendo por el beso, pero ahora era por la vergüenza y la frustración. Me sentí tonta, como si hubiera leído mal la situación por completo. Me acerqué a la ventana, la luz de la luna apenas iluminaba el jardín exterior. ¿Había hecho algo mal? ¿Fui demasiado lejos? La culpa comenzó a traerme.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo, no de frío, sino de una sensación extraña, como si alguien me observara. Miré a mi alrededor, la habitación estaba vacía, pero la sensación persistía. No era solo la confusión por lo que acababa de pasar, era algo más, una especie de inquietud. Mis ojos se posaron en la puerta, por donde él había desaparecido. ¿A dónde fue? ¿Y por qué esa interrupción tan abrupta?.
El sonido me paralizó. No era un ruido fuerte, ni un golpe, sino algo más parecido a un roce, como si una sombra se hubiera arrastrado por el suelo. Mi corazón martilleaba en mis oídos, ahogando cualquier otro pensamiento. ¿Había vuelto él? ¿O había alguien más en la casa? La curiosidad me empujó más que el miedo.
Me acerqué a la puerta, el pomo frío bajo mi mano temblorosa. Girándolo con lentitud, abrí apenas una rendija y asomé la cabeza. El pasillo estaba en penumbra, solo iluminado por la luz que se filtraba de alguna otra habitación. El aire estaba cargado de un silencio denso, y el escalofrío en mi espalda se intensificó.
"¿Hola?", susurré, mi voz apenas un hilo. No hubo respuesta. Di un paso al frente, y luego otro, adentrándome en el pasillo. A cada paso, la sensación de estar siendo observada crecía. Miré hacia los lados, hacia las puertas cerradas, sintiendo cómo la piel se me erizaba.
Fue entonces cuando lo vi. No era una persona, ni un animal, sino algo que yacía en el suelo, a unos metros de mí. Era pequeño y oscuro, y al principio no pude distinguirlo bien en la penumbra. Me acerqué con cautela, el miedo ahora mezclado con una extraña fascinación.
Al agacharme, lo que encontré me dejó helada. No era un objeto, sino una rosa blanca, perfecta, impecable, tendida en el suelo como si acabara de caer. Pero lo que la hacía inquietante era el pequeño hilo rojo que la ataba delicadamente al tallo, anudado de una forma que parecía intencional. No recordaba haber visto rosas blancas en la casa, y mucho menos con un hilo así. ¿Quién la había dejado allí? ¿Y por qué?
Levanté la rosa, el suave aroma a flores chocando con el misterio de su presencia. Justo en ese momento, escuché un portazo lejano que venía de la parte delantera de la casa. Era definitivo: él se había ido.
Me quedé allí, de pie en el pasillo solitario, con la rosa blanca en mi mano. La confusión por el beso se mezclaba ahora con un nuevo enigma. ¿Era un mensaje? ¿De quién? Y lo más importante, ¿qué significaba?
¿Qué te gustaría que Bianca haga ahora? ¿Debería investigar el significado de la rosa o centrarse en encontrar a la persona que la dejó?.
El descubrimiento de la rosa blanca con el hilo rojo no solo sembró confusión en Bianca, sino que también tuvo un impacto inesperado en Audrey. Mientras Bianca procesaba el enigmático mensaje floral en el pasillo, en algún otro lugar de la casa, Audrey lo observaba desde la distancia, con una punzada de algo más oscuro que la simple curiosidad.
Audrey había visto el intercambio, el beso entre él y Bianca. Había presenciado el momento en que la cargó, la llevó a la habitación, y luego, su abrupta salida. Pero lo que la consumía ahora no era solo el acto en sí, sino el detalle de la rosa. Ella había estado observando, siempre atenta, y se había dado cuenta de que él había dejado caer la flor accidentalmente al salir de la habitación de Bianca. No era un gesto intencional de su parte, sino un olvido, un rastro.
Sin embargo, para Audrey, la rosa blanca no era un accidente. Se convirtió en la evidencia tangible de un gesto que ella nunca había recibido de él. Una oleada de celos amargos la invadió. ¿Por qué a Bianca sí le dejaba una rosa, incluso si fuera un olvido, y a ella no? ¿Qué tenía Bianca que ella no poseía? La imagen de la rosa, delicada y simbólica, se clavó en su mente como una espina.
Sus puños se apretaron. No importaba que él hubiera salido de la habitación de Bianca con esa expresión de culpa o arrepentimiento. Lo que importaba era la rosa. Era un detalle, un sutil reconocimiento, que para Audrey era una herida abierta. La había visto tendida en el suelo, y la había visto a Bianca levantarla.
Mientras Bianca se preguntaba el significado de la rosa, Audrey ya le había dado el suyo: una preferencia. Una muestra de afecto, por más involuntaria que fuera, hacia Bianca que solo avivaba la llama de su resentimiento y sus celos. La rosa, para Audrey, no era un misterio, sino una declaración silenciosa que la enfurecía.
No podía quedarme ahí, atrapada en mis propios pensamientos y en esa extraña sensación. Tenía que buscarlo, tenía que entender. Pero justo cuando me dirigía a la puerta, un sonido sutil, apenas perceptible, llegó a mis oídos. Provenía de fuera de la habitación, como si algo se hubiera caído o movido en el pasillo. Me detuve en seco, el corazón latiéndome con fuerza. ¿Era él? ¿O era algo más?
¿Qué te parece esta dirección? ¿Quieres que sigamos explorando el misterio o que Bianca lo encuentre y le pida explicaciones?