CAPÍTULO 2: “Veredicto”

2505 Palabras
—Esta lectura queda abolida, señorita Miller, pues Fiorella Miller está reconocida como la hija legítima del difunto Herber Miller —me explica aquel hombre al verme tan confundida. —Pero yo también soy hija legítima de mi padre —rebato. —Lo siento, señorita Ema —él niega con la cabeza—. Como decía en el testamento… —vuelve a tomar la hoja de un inicio y retoma la lectura—. Yo, Herber Miller, heredo mis propiedades a mi hija adoptiva, Ema Miller, quien podrá hacer uso a como lo estime conveniente. —¿Ema es adoptada? —pregunta mi suegra con sarcasmo—. Esto es una locura, abogado. —Eso es lo que se indica aquí, señora Harris, y por ese motivo la ley me impide poder cederle todos los bienes del difunto, pues ha aparecido una hija sanguínea —señala a la chica con su mentón y le extiende el papel que ella había entregado—. Este es el examen de ADN que lo confirma. —Solo he venido a reclamar mi herencia —explica la chica al morder su labio inferior—. Mi padre nunca me dio nada de lo que me correspondía, por lo que ahora es mi momento de obtener su herencia. No digo absolutamente nada, pues era demasiada información que procesar. Yo era adoptada, y ahora, había aparecido una hija sanguínea de mi padre, quien se quedaría con toda la herencia que él había dejado para mí. —Llamaremos a nuestro abogado —dice mi suegra al negar con la cabeza—. ¡Esto no es justo! —De igual manera, esta información debe comprobarse frente a un juez —explica el abogado—. Me temo que tendremos que vernos en el tribunal para solucionar esto. —¿Un tribunal? —cuestiono acongojada. —Lo siento, señorita Miller —musita el abogado al hacer una mueca con los labios. (...) ¿Cómo es que mi padre nunca me había dicho que yo era adoptada?, ¿Por qué se había guardado semejante secreto para sí mismo? Cubro mi rostro con ambas manos y entonces intento que mi cabeza deje de pensar mil cosas por segundo, pues en este momento mi futuro económico se veía afectado frente a la aparición de Fiorella Miller, quien aseguraba ser la hija biológica de mi padre, y por ende, tenía mucho más derecho a la fortuna que él había generado a lo largo de toda su vida. Intento recordar a lo largo de mi vida si en algún momento mi padre había dado luces sobre la posible existencia de otra hija suya, pero no lograba recordar nada por el estilo. —¡Es que no puedo creerlo! —mamá Greta entra en la habitación que compartía con August, por lo que descubro mi rostro, dejando ver que el llanto nuevamente me había embargado, y mis mejillas estaban húmedas a causa de las lágrimas—. El abogado Smith dice que no podemos hacer nada, pues el testamento tenía una cláusula, la cual indica que si la situación lo amerita, este puede abolirse, ¿Ves lo que eso significa, Ema? —pregunta de manera retórica, porque en el fondo no esperaba una respuesta por mi parte, ella simplemente estaba dejando salir todo de su interior como un vómito verbal—. Ema, vas a quedarte sin esa herencia —ella bufa con desagrado y luego se cruza de brazos para mirarme con curiosidad—. Creo que no entiendes la magnitud de este problema, Ema. —Mamá Greta, yo… —suspiro, intentando regular mi respiración, pues el sollozo era cada vez más fuerte, lo que me impedía poder hablar de manera regular—. Me siento muy mal en este momento —logro decir. —¡Y yo lo entiendo, Ema! —abre los brazos hacia los lados y luego los deja caer—. Ahora eres huérfana, y probablemente sin ningún sustento económico. ¡Esto es horrible! —bufa—. Debes tomar algo, porque no estás bien —dice con un aire reprobatorio. Entonces me extiende una pastilla blanca que traía en la mano y yo la recibo sin rechistar, como siempre lo hacía cuando se trataba de una orden de ella—. Vamos, tómala —me indica un vaso de agua sobre la mesita de noche, el cual antes no estaba ahí, pero supuse que ella lo había traído. Obedezco y me llevo la pastilla a la boca, junto a un largo sorbo de agua de aquel vaso. —¿Dónde está August? —pregunto luego, en un vago intento de desviar su foco de atención y ella simplemente bufa. —Trabajando, pues por lo visto, desde ahora el pobre de August deberá mantenerte, ya que es muy probable que te conviertas en una mujer pobre —rueda los ojos con fastidio, mientras yo no logro comprender por qué aquella mujer estaba siendo tan cruel conmigo en este momento, en el cual me sentía más vulnerable que nunca—. Ema, desde ya te aviso que afuera está repleto de periodistas intentando conseguir una entrevista contigo, por lo que no puedes mostrar así frente al ojo público, ¿Qué crees que dirían todos si te ven así de demacrada? —niega con la cabeza como si la respuesta a ello fuera lo peor del mundo—. Bien te he enseñado, que una mujer con clase siempre se muestra de alto valor, por lo que si te asomas a la ventana, procura estar presentable y sin lloriqueos. No digo nada, pues el habla no me salía, y ella lo nota, pues no se queda mucho más tiempo en la habitación y sale dejándome a solas. Me tiro de espaldas en la cama y entonces vuelvo a llorar como si fuera una niña pequeña, pues hace unas pocas horas había enterrado a mi padre y con eso, el mundo que conocía se había desmoronado en mil pedazos, mostrándome que todo lo que conocía no era real. Mi apellido no era Miller, y tampoco tenía cómo averiguar sobre por qué Herber Miller me había adoptado. ¿Conocía él a mis padres biológicos?, ¿Ellos no me habrían querido? eran muchas las dudas que tenía en mi interior, y por más que me esforzaba en resolverlas, solo conseguía encontrar más interrogantes. Me acomodo mejor en la enorme cama tamaño king que compartía con mi esposo y me meto bajo las sábanas, acurrucándome a mí misma mientras dejo salir toda la pena mediante el llanto. Cierro los ojos, con la finalidad de apagar mis emociones y de pronto me dejo llevar en un profundo sueño gracias a la medicación que mamá Greta me había propiciado. (...) Despierto con la garganta dolorida, a causa de la falta de agua, por lo que a tientas intento buscar el vaso de agua que había dejado mamá greta en la mesita de noche, pero no lo encuentro, por lo que con dificultad abro los ojos, sintiendo cómo estos están lo suficientemente hinchados, probablemente a causa de haber llorado tanto. ¿Cuánto tiempo había dormido? Me levanto como puedo de la cama y de inmediato siento mucho frío, por lo que me pongo un abrigo de August que encuentro colgado tras la puerta, para después salir de la habitación y bajar las escaleras hasta el primer piso de aquella enorme casa, donde me encuentro con Sindy, la empleada más antigua de la familia Harris. —Señorita Ema, quiero darle mis sinceras condolencias por lo ocurrido con su padre —dice con una mueca en los labios y se acerca para darme un suave apretón en el hombro, el cual siento la muestra de afecto más sincera que me habían dado en las últimas horas. —Gracias, Sindy —asiento con la cabeza y le regalo una sonrisa—. Anoche caí rendida, y tengo un poco de sed… —Tome asiento, por favor, le serviré el desayuno en un momento, aunque es temprano… —musita—. Son las seis de la mañana, señorita —responde a mi lado—. Durmió por dos días seguidos. —¿Dos días? —pregunto alzando ambas cejas en su dirección. —Es que con la medicación que la señora Harris le dio, era para dormir a un caballo —dice de manera apresurada—. Digo… ¡Mejor no digo nada! —niega de inmediato al sonrojarse—. Lo siento, no quise ofenderla, señorita. —Tranquila, Sindy, entiendo —sonrío de medio lado y entonces suspiro—. Entonces, voy a pedirte un buen desayuno, pues no he comido en días. —Enseguida se lo traigo —asiente con la cabeza y desaparece en dirección a la cocina. Mientras espero por mi desayuno, los recuerdos del funeral de mi padre vuelven a mi mente, atormentándome con aquella imagen en la que su cuerpo descendía en la urna, para quedar bajo tierra. Una lágrima se escapa de mis ojos, por lo que la seco de inmediato, —Es un milagro que te hayas dignado a despertar —suelta mamá Greta al caminar hasta mi y sentarse enfrente. La observo en silencio, intentando entender por qué de un momento a otro había atenuado más su crueldad conmigo—. En unas horas tenemos que ir al tribunal para pelear por tu herencia, así que voy a pedirte que te vistas de manera adecuada y te maquilles, pues pareces un fantasma. Sin decir nada, me pongo de pie de manera lenta y robótica, para después ir hasta el baño de mi habitación y meterme en la ducha, pues prefería llorar bajo el agua de la ducha a volver a escuchar a esa mujer hablarme de aquel modo, como si realmente mi sufrimiento en aquella casa no importara. Me enjabono y lavo mi cabello con cuidado, pues como siempre, tendría que fingir que estaba bien, que la muerte de mi padre no me estaba matando lentamente, y que la familia Harris estaba siendo buena conmigo. (...) Mientras estoy sentada frente a la jueza que había tomado el caso, solo puedo sentir enormes ganas de vomitar, pues lo que yo quería en esos momentos era vivir el duelo de haber perdido a mi padre, no pelear con una desconocida por la herencia que me correspondía. —... Su señoría, con todo esto quiero decir que la señorita Fiorella Miller es la real heredera de la fortuna de su padre biológico, Herber Miller, debido a la deuda histórica que el difunto presenta con mi defendida —apela su abogada—. Él, su padre, jamás presentó el dinero por cuidados para mi clienta, por lo que esa herencia corresponde a todos los años en que no estuvo presente. La jueza asiente con la cabeza hacia la abogada, y luego señala al abogado que mamá Greta había traído, y quien parecía ser de su completa confianza. —Su señoría, yo apelo a que se tome la mejor decisión y se respete la última voluntad del difunto Herber Miller, quien quiso dejar sus bienes a disposición de mi clienta Ema Miller, quien vivió con él y lo cuidó hasta los últimos momentos de su vida —espeta con seguridad. La mujer frente a nosotros me da una mirada inquisitiva, pero yo no soy capaz de fingir ni una sola sonrisa, pues mi cuerpo estaba agotado de fingir, y lo único que pedía era acabar con este sufrimiento y poder hundirme en la tristeza que mi corazón derramaba ante el duelo de haber quedado huérfana. —La heredera de la totalidad de la fortuna del difunto Herber Miller es su hija biológica, Fiorella Miller, debido a la deuda histórica que presentaba su padre con ella. Luego de decir aquello, deja caer su mazo sobre la mesa, para dar por finalizado el caso. Parpadeo varias veces, convenciéndome a mí misma de que a partir de este punto, solo dependía de los Harris, y que si quería salir adelante, tendría que caer en gracia con mamá Greta. —Esto es una locura —espeta mi suegra, con repudio y entonces se levanta para salir disparada de aquella sala, dejándome ahí, sentada sin saber qué diablos hacer. —Debemos salir —me indica el abogado Smith, quien me extiende una de sus manos en forma de ayuda. La acepto y me levanto con cuidado del lugar en donde estaba sentada, pues a pesar de haber comido antes de salir, me sentía muy débil. Salgo de aquella sala junto al abogado Smith y me encuentro de frente con mi querida suegra, quien se encontraba muy exaltada, hablando por celular, mientras aleteaba con sus brazos y gritaba. —¡No puedo creerlo, Eva, ahora de nada sirven los apellidos! Eva Harris, la hija menor de la familia, y mi cuñada, quien siempre me había repudiado. —Voy a darles privacidad —dice el abogado antes de desaparecer de mi vista. Me quedo de piedra, cerca de mamá Greta, quien me miraba de reojo con repudio, hasta que finaliza su llamada y me da un poco de atención. —Ema, lo he pensado muy bien, y he tomado una decisión. Eva me ha aconsejado muy bien. —¿Cuál sería esa decisión? —cuestiono confundida. —Ahora que eres una chica huérfana y pobre, tendrás que ayudar en las labores de la casa si es que quieres que te mantengamos, pues no somos una sociedad caritativa, y debes aportar de algún modo —suelta. Me quedo fría ante sus palabras, pues jamás hubiera esperado que ella me dijera eso, ni que me tratara de ese modo. Sí, ella era una mujer con carácter, y que siempre se imponía sobre el resto, pero ¿tanto le molestaba mi existencia en su casa? —¿Quiere que sea una empleada más del servicio? —pregunto con confusión—. Mamá Greta, yo… —¡No, Ema! —niega con la cabeza a la vez que rueda los ojos con fastidio—. ¡Solo debes ayudar a las empleadas! Por favor, gánate el pan de cada día. Ya sabes que la casa es enorme y hay mucho que hacer, limpiar, cocinar, ¡no lo sé! Me quedo en silencio y barajo mis posibilidades, viendo que no tengo ninguna otra opción más que hacer lo que ella me pedía para, al menos, seguir viviendo bajo un techo seguro, ya que mi padre no tenía más familia que yo… y por supuesto, Fiorella Miller. —Está bien… —accedo. —Bueno, tampoco tienes otras opciones, Ema —se encoge de hombros y entonces hace una mueca de desagrado—. Solo espero que las personas no se enteren de que ahora eres pobre, pues eso mataría nuestra reputación como familia, ¡y no quiero ni pensar en lo que dirían mis amigas del club!... Ella sigue hablando mientras salimos hacia la calle, pero yo dejo de escucharla, pues mi mente solo piensa en una cosa: que desde ahora, mi infierno se haría mayor.
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