CAPÍTULO 5: "El abogado Smith"

2008 Palabras
Despierto gracias a la fiel alarma que tenía sobre la mesita de noche, y cuando abro los ojos puedo sentir cómo estos se encuentran resecos y pesados, a tal punto que me dolía abrirlos. Miro de reojo hacia mi lado y como todas las mañanas, no veo a mi esposo, quien seguro se había amanecido para correr a su trabajo en la empresa. Me pongo de pie y camino hasta el baño dentro de la habitación, pues necesitaba una ducha que lograra borrar los amargos recuerdos de la noche anterior, los que solo me hacían ver que mi esposo me odiaba, y que seguro, su falta de interés hacia mí se debía a que había otra mujer en su vida. Me meto bajo el agua fría e intento bañarme lo más rápido posible, pues pronto mamá Greta y Eva comenzarían a pedir el desayuno, de lo cual yo estaba encargada todos los días, y justo hoy no se me ofrecía tener que escuchar sus típicos comentarios crueles e hirientes… hoy solo quería estar en paz con el mundo y conmigo misma. —¡Ema, baja rápido! —escucho un fuerte grito por parte de Eva. Suspiro con frustración y salgo rápidamente de la ducha, para secarme de manera veloz y luego correr hacia el closet para tomar algo rápido que ponerme. —¡Ya voy! —respondo a gritos. De manera apresurada me visto con un sweater cómodo y unos pantalones holgados de franela, los cuales me ayudaban a permear el frío, y luego de dejar mi toalla en la canasta de la ropa sucia, bajo las escaleras. —¿Por qué tardas tanto? —pregunta Eva al darme una mala mirada cuando llego hasta la primera planta de aquella casa—. ¿O querías que vaya a buscarte en brazos? —Estaba tomando una ducha —digo, sabiendo que en el fondo a ella no le interesaba eso, lo que quería era solo humillarme y desquitarse conmigo, como todos en esta casa solían hacer. —Mi madre está en la sala de reuniones con el abogado Smith —me explica al cruzarse de brazos. Asiento con la cabeza de inmediato hacia ella, entendiendo a lo que se refería—. Llévales un par de cafés y algo para comer, aunque no te esmeres tanto, pues la verdad es que ese hombre no nos agrada del todo… —se encoge de hombros y luego comienza a caminar para alejarse de mí—. ¡Ahora, Ema! Sin decir nada, me dirijo hasta la cocina, donde me encuentro con la amable Sindy, quien estaba con las manos ocupadas sobre una masa que estaba preparando. —¿Qué haces, Sindy? —cuestiono al detenerme a su lado. —La señora Harris me ha pedido que prepare arepas venezolanas —musita al rodar los ojos—, pero entre nosotras, creo que solo me lo ha pedido para fastidiarme, pues ¿desde cuando le gusta la comida latina? —me río suavemente ante la mueca que hace con sus labios y entonces suspiro. —Lo siento, Sindy, ya sé que esa mujer es un completo fastidio… —Ni que lo diga, señorita Ema —murmura ella con desagrado—. ¿A usted qué le ha pedido hoy? Camino hasta el mueble de las tazas y busco algunas que sean un poco más sofisticadas, pues aunque Eva me había pedido que no me esfuerce tanto, prefería resguardarme y evitar que luego me digan algo por no ponerle esfuerzo a esto. Escojo un par de tazas de vidrio templado, sin diseño, y bastante simples, pero elegantes y corro a encender la cafetera, colocando café colombiano, el favorito de mamá Greta. —Debo llevar una bandeja con aperitivos a la sala de reuniones —digo restándole importancia. —Escuché que vino el abogado Smith… —dice Sindy entre dientes—. Creo que es el mismo hombre de siempre, ¿no? —cuestiona ella. —No lo conozco, solo sé que es el abogado de confianza de la familia —digo restándole importancia. Abro el frigorífico y tomo un par de pasteles frescos y los acomodo en una bandeja limpia, mientras esperaba que el café estuviera listo para servir. —Sabe, sé que no es de mi interés, pero yo a usted la admiro mucho —dice Sindy llamando mi atención. Alzo mi cabeza para mirarla y ella me dedica una linda sonrisa—. Es usted una mujer muy fuerte, que sigue en pie luego de todo lo que le ha ocurrido, y créame que sé lo que es vivir en un infierno, pero estoy segura que usted es lo suficientemente valiente como para salir de este. Sonrío hacia aquella mujer, que en todos estos años, se había convertido en el único lugar seguro que tenía en este infierno como ella le había llamado y entonces asiento con la cabeza, dudando sobre cómo iba a salir de aquí, pero creyendo en que tal vez irme no era una completa locura, porque después de todo, ¿Qué me ataba a los Harris? ¿Solo el dinero? ¿También el estatus social? —Cuando sea capaz de irme, te llevaré conmigo, Sindy —le aseguro, haciéndola reír y negar con la cabeza. —Se vale soñar, ¿no? —suspira y vuelve su mirada hacia aquellas arepas, mientras yo me siento con una luz de esperanza en mi interior, pues sin duda, Sindy era un gran apoyo para mí. La cafetera suena, anunciando que está lista, por lo que lleno las tazas con café y las acomodo en la bandeja, junto con los pasteles que había seleccionado, dejando todo bien ordenado. —Nos vemos luego, Sindy —digo tomando la bandeja entre mis manos. —Que tenga un buen día, señorita Ema —responde ella con su típico buen humor. Salgo de la cocina cargando con cuidado la bandeja entre mis manos y voy directo hasta la sala de reuniones. Antes de entrar, afirmo la bandeja contra mi cuerpo y toco la puerta suavemente, para después empujarla y entrar. Cuando entro al lugar, dos pares de ojos se fijan sobre mí, y entonces algo sucede, pues aquel hombre frente a mí me mira con amabilidad y con una sonrisa que logra generar algo extraño en mí, por lo que sin darme cuenta, la bandeja se cae de mis manos sin previo aviso. —¡Ema, ten cuidado, por el amor de Dios! —grita mi suegra, alarmándose ante el desastre que yo había formado. El abogado Smith, a quien no había visto antes en mi vida, abre los ojos con asombro y de inmediato se pone de pie para acercarse y ayudarme a recoger todo. —Descuide, señora Harris, fue solo un accidente —dice él restándole importancia. Me agacho y comienzo a recoger todo, sintiendo como mis mejillas se sonrojaron ante la vergüenza de lo que había ocasionado con mi poca motricidad. —Iré a buscar a alguien del servicio que pueda arreglar este desastre —dice mamá Greta, saliendo disparada de la sala de reuniones. —Lo siento, abogado… —digo en un vago intento de no parecer una estúpida. Termino de acomodar todo sobre la bandeja y me pongo de pie, desviando la mirada, pues me sentía totalmente incómoda. —No se disculpe tanto, señorita Miller —dice él. Alzo la mirada al escucharlo llamarme así y entonces algo se remueve en mi interior, pues desde hace mucho tiempo nadie se refería a mí de ese modo tan formal y tan educado, como si yo en realidad lo valiera—. Fue solo un accidente, y entiendo que usted solo actuó con amabilidad al traernos aquello, pues es labor del servicio, ¿no? Asiento de inmediato con la cabeza, pues no podía reconocerle a aquel amable hombre que la verdad es que desde que había sido desheredada, yo había pasado a ser parte del servicio de la casa Harris, pues eso solamente lo sabíamos quienes vivían bajo este techo, ya que seguro si alguien lo supiera, se armaría un brutal escándalo, que nos dejaría expuestos ante la sociedad. —Claro, yo quería tener una atención con mi suegra y con usted —digo fingiendo una sonrisa. Él asiente con la cabeza y entonces hace una mueca con los labios. —¿Cómo ha estado usted luego del juicio? —pregunta. Arrugo las cejas con confusión ante esa pregunta, pues no entendía a qué se refería. —¿A qué juicio se refiere…? —Al que perdimos, el de la herencia de su padre… —musita ladeando su rostro. Abro levemente la boca al darme cuenta que estaba frente al hombre que me había representado en el juicio por la herencia de mi padre y me siento por completo tonta al no haberlo notado antes. Por escasos segundos me dedico a observarlo y descubro que en efecto, era él, el mismo hombre que había estado a mi lado en ese juicio. Puedo reconocer sus ojos color miel, los cuales siempre transmitían paz, y aquella mandíbula marcada que le daba un aspecto muy varonil, junto a su barba incipiente, pero bien cuidada. —Lo siento, abogado —niego con la cabeza y muerdo mi labio inferior comenzando a sentirme el doble de estúpida—. Espero que sepa disculparme, pues aquellos días fueron terribles para mí, y la verdad es que no lo recordaba. Aquel hombre, el cual se me hacía bastante atractivo, libera una carcajada y luego se encoge de hombros, como si nada pasara. —Entonces, vuelvo a presentarme con usted —puntualiza al extender su mano hacia mí—. Soy Dereck Smith, abogado. —Un gusto —digo al sonreír y recibir su mano—. Creo que usted sabe muy bien quién soy yo. —Ema Miller, ¿cómo olvidarla? Dios mío, ¿este hombre estaba coqueteando conmigo? ¿o yo estaba muy falta de amor para confundir su amabilidad con coqueteo? —¡Solo te pido que quites aquella mancha de la alfombra! —escucho el grito de mi suegra a lo lejos—. ¿Me escuchaste, niña? ¡Esa alfombra cuesta más que tu propia vida! Suelto la mano del abogado y entonces retrocedo un paso, pues por algun motivo sentía que estaba haciendo algo malo al conversar con aquel hombre, y no quería que mamá Greta me retara frente a él. —Fue un gusto verlo nuevamente, pero tengo que irme —me excuso. —Sí, claro —asiente con la cabeza—. Me imagino que tiene una agenda muy ocupada. “Sí, lavando platos y armando camas”, pienso en mis adentros. —Totalmente —respondo casi con una risotada, pero me controlo y luego simplemente salgo de la sala de reuniones, cerrando la puerta tras de mí, sin mirar atrás. Camino a paso rápido hasta la cocina, para dejar la bandeja en el lavado, pero antes de lograr mi cometido, soy interceptada por mi querida suegra, quien alcanza a agarrarme con fuerza del brazo para detener mi paso. —Te advierto que si esa mancha de café no se quita de la alfombra, tendrás que limpiarla con tu propia lengua —murmura entre dientes al darme una mirada cargada de odio. Me trago todo lo que quisiera responderle a esa mujer, y simplemente asiento con la cabeza. —Lo lamento, mamá Greta, yo solo… —intento decir algo a mi favor, pero ella solo me gruñe, como si quisiera arrancarme la cabeza. —Eres una inútil, Ema. Ella me suelta de su agarre y luego se da media vuelta para caminar en dirección a la sala de juntas, donde la esperaba el abogado Derek Smith, quien había logrado subirme un poco el ánimo con su amabilidad y buen trato, tanto así, que las palabras de mi suegra no me interesaban para nada, pues hoy, alguien había sido amable conmigo sin un interés de por medio, lo que me había recordado tiempos pasados, donde solía ser una mujer casi feliz.
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