LA CITA CON CARLOS FUE OTRA COSA…

1340 Palabras
¡Estoy hambrienta! Se escuchó una ronda de vítores en el chat y sonreí triunfante. Desafortunadamente, la emoción no duró mucho y parecía que las alitas y el baile toda la noche tendrían que esperar. Antes de poder guardar mi teléfono en mi bolso, sonó en mis manos. Respondí al primer timbre: —¿Llamas para saber cómo estoy?— —Sí —respondió mamá sin tapujos—. ¿Cómo ha ido la cita hasta ahora? ¿No te parece guapo? Te gusta, ¿no? ¡Oh, sabía que te gustaría! —dijo casi con entusiasmo y no pude evitar reírme de sus payasadas emocionadas, más aún cuando oí a papá reír de fondo. —Todavía no ha llegado —dije, disfrutando enormemente de haberle reventado la burbuja. Tal vez ella relajaría el trato de las diez citas a ciegas al mes al menos por un tiempo si se sentía mal porque Carlos me había dejado plantada. Era una ilusión, pero yo seguía teniendo esperanzas. Tomé nota mental de espaciar las fechas el próximo mes. Tal vez entonces no me resultarían tan agotadoras mentalmente. —¿Cómo que todavía no ha llegado? —Pude oír el ceño fruncido en su voz—. Sus padres nos dijeron que ha estado muy emocionado por esta fecha toda la semana. Me niego a creer que llegara tarde. Me resultó difícil creerlo, pero no me atreví a expresar mis pensamientos en voz alta. —Emocionado o no, estoy sentada en el bar de The Ivy y él no está aquí—. —¿Está segura?— —¿Cómo que si estoy segura? —Fruncí los labios—. Llevo aquí quince minutos y no hay nadie que quiera una cita a ciegas. —Tal vez se perdió —su voz se fue apagando, no sonando muy segura de sí misma. —Tal vez, pero no me voy a quedar para descubrirlo. —Creo que deberías esperar un poco más, Carl —dijo, intentando convencerme—. Sé que Carlos no te dejaría plantada. Probablemente sólo esté un poco retrasado. —¿Cómo puedes estar seguro? —pregunté con la voz cargada de sospecha—. ¿Qué sabes tú que yo no sepa? —Ya que me has torcido el brazo, está bien —suspiró dramáticamente—. Lo llamé hace unos minutos para... —¿Qué hiciste? —grité en voz baja al teléfono, con los ojos muy abiertos por la vergüenza. —Lo llamé para asegurarme de que él…— —Espera. Cambié de opinión —gruñí y me tapé la boca con la mano—. No quiero saberlo —gruñí de nuevo y me detuve para tomar un gran trago de vino—. He tenido una semana muy larga en el trabajo. Es viernes por la noche y todos mis amigos están de fiesta. En lugar de pasar el rato con ellos, ¿quieres que espere a alguien que tal vez ni siquiera aparezca? —Sí, pero seguro que se va a notar. Dale un poco de tiempo. —Mamá se mantuvo firme—. Carlos es tu alma gemela, Carl. Puedo sentirlo. Estoy segura de que puedes dedicarle a tu alma gemela unos veinte minutos más o menos. —Me gustaría pensar que mi alma gemela tendría la decencia de no llegar tarde a nuestra primera cita —resoplé. —No seas tan dura con él, Carl. Sólo llegó un poco tarde. Lo mínimo que puedes hacer es escucharlo. —No, lo mínimo que puedo hacer es no hacer nada. —Bebí el resto de mi vino y deslicé mi tarjeta de crédito por la barra, indicándole al camarero que sería mi último trago—. Mira, mamá. Sé que a ti y a papá les preocupa que me quede sola toda la vida, bla-bla-bla, pero ¿no te parece que concertarme todas estas citas a ciegas es un poco excesivo? ¿Diez al mes? ¿Por qué no reducimos esa cifra? ¿Quizás a cinco? Yo diría que cinco citas a ciegas al mes son más que razonables. —No —negó mamá sin pensárselo dos veces—. Porque un día, dentro de dos o tres años, será el día de tu boda y, en tus votos matrimoniales, nos agradecerás a tu padre y a mí por haberte organizado todas esas citas a ciegas porque así fue como conociste al amor de tu vida. Si aún no quedó claro, estoy hablando de Carlos. —Aún no he conocido al hombre y ya estás planeando nuestra boda. Es un poco exagerado, ¿no crees?— —Sólo me preocupo por ti, cariño. Eso es todo. —Sé que te preocupas por mí, mamá, pero no hay de qué preocuparse. Lo encontraré cuando lo encuentre —intenté asegurarle, pero fue inútil. Mamá y yo hablábamos de mi inexistente vida amorosa casi todas las semanas, así que ella ya sabía todo lo que había que saber. —Y todas estas citas a ciegas son una buena manera de darte a conocer—. Aunque mamá tenía razón, todas esas citas terribles empezaban a resultarme demasiado pesadas. Mi único consuelo era que esa sería mi última cita del mes. —Esperaré otros diez minutos, y si Carlos no aparece para entonces, me iré, ¿de acuerdo? —ofrecí porque sabía que ella no cedería tan fácilmente. —Estoy segura de que puedes dedicarle veinte minutos, Carl —intentó negociar. Me detuve en seco cuando sentí que alguien me tocaba el hombro. El pozo sin fondo de terror que empezó a burbujear en el fondo de mi estómago me indicó exactamente quién era la persona que estaba detrás de mí. —Mamá, te llamo más tarde, ¿vale? —susurré al teléfono con los ojos muy abiertos por el miedo. Me di cuenta de que esa persona me estaba mirando fijamente, esperando pacientemente a que me diera vuelta y la reconociera. —¿Ha llegado Carlos? —preguntó mamá, ansiosa y emocionada—. ¡Por supuesto que sí! ¡Sabía que era un chico demasiado dulce como para dejar plantada a una mujer! La persona a la que mamá se refería como un niño no podría estar más lejos de ser un niño si lo intentara. Cuando me di la vuelta, me encontré con un ser que solo podría describir como un hombre pecaminosamente atractivo. El sexo con piernas no estaba lejos. Era el mismo hombre pecaminosamente guapo que casi me había derribado hace menos de veinte minutos afuera de este mismo establecimiento. Inmediatamente mi expresión se hundió y terminé la llamada sin decir adiós. —Hola —chillé. Se rió de mi expresión. —Normalmente me disculparía por llegar tarde, pero ambos sabemos que no te gustan las disculpas. Sin embargo, tengo curiosidad por ver si me vuelves a disparar el dedo—. —¿Cuánto has oído de eso? —pregunté en voz baja, intentando contener el rubor que amenazaba con extenderse por mis mejillas y delatarme. Solo esperaba que el corrector que me había aplicado esta mañana fuera suficiente para ocultar el vergonzoso tono rojo. —Casi todo —se rió entre dientes y se metió las manos en los bolsillos. Sus profundos ojos verdes eran hipnóticos y me costaba apartar la mirada—. Te he estado apoyando desde que decidiste descartarme como tu alma gemela. Debo admitir que eso me hirió un poco. Fue un poco duro. Ni siquiera me conoces todavía. ¿Cómo sabes que no soy tu alma gemela? —No se suponía que escucharas eso —respondí tímidamente, pero él solo sonrió con sorna. —¿Qué? ¿Por qué me sonríes? —Nada —dijo riendo y encogiéndose de hombros, pero su mirada permaneció firme—. Fuiste bastante insolente cuando yo estaba trotando. ¿Qué ha cambiado ahora? ¿Te comió la lengua el gato? —¿Qué quieres que te diga? —Fruncí los labios y mi humor se apagó ante su tono condescendiente.
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