Enzo PoV. Verla de esa manera… rota, llorosa, tan vulnerable. Mi corazón se compunge solo con observar las grandes ojeras que se asomaban debajo de sus hermosos ojos achocolatados. Esa mujer que tanto amaba estaba rota y todo era culpa mía. Mi dulce muñequita entra a la oficina y deambula por el consultorio hasta sentarse en el alfeizar. Se encoge y, abrazando sus rodillas, se dedica a observar el exterior. — ¿Cass? —Pregunto, mi voz sonó ronca y quebrada. Mis ojos no la abandonan en ningún momento, "Oh, Dios, Cass esté mal… muy mal". Ella suelta el aire que había estado conteniendo y me dedica una mirada. Parece observarme detenidamente por primera vez, frunce el ceño, como si tratase de reconocerme. — ¿Le conozco? —Pregunta. Una sonrisa comienza a tirar de la comisura de sus labio

