Damián percibió la anomalía antes de identificarla. No fue una imagen concreta, sino una alteración en el ritmo del lugar. La cafetería seguía siendo la misma: luz cálida, mesas de madera gastada, el murmullo bajo de la radio. Teresa estaba detrás del mostrador, en su posición habitual, ejecutando su trabajo con la precisión silenciosa de siempre. Pero algo no encajaba. Florence no estaba sola. Vivian ocupaba la silla frente a ella con una comodidad que no pedía permiso. Llevaba el abrigo abierto, la placa parcialmente visible en el cinturón, como si no necesitara exhibirla del todo para que se supiera que pertenecía ahí. Tenía una carpeta sobre la mesa. Papeles del caso. Eso, al menos, era correcto. Damián se detuvo apenas cruzó la puerta. No por sorpresa. Por evaluación. Vivian a

